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Días de fuego

Summary:

El torneo de KOFXV está por dar inicio, hay peligros en cada esquina y para colmo, Iori y Kyo están compartiendo equipo otra vez. Pero nada es lo que parece ni como lo aparentan.

Notes:

Este fic forma parte de un intercambio que hice con @Miauneko derivado de un prompt. Acordamos cada una escribir acerca de la historia de los Tres Tesoros Sagrados en el juego de KOF XV. La idea general era enfocarse en la relación de Iori y Kyo siguiendo el canon, rellenando los detalles acerca de cómo pudo haber transcurrido el torneo desde la perspectiva de ellos y los posibles retos que enfrentaron al formar equipo.

Ella escribió algo también siguiendo las mismas pautas y es increíble, me emociona mucho que lo lean! Pueden encontrarlo en el siguiente enlace: Significados donde no los hay

Esta es la primera vez que me esfuerzo tanto por captar la esencia de Iori y Kyo en una historia, al ser una pareja tan popular, espero que haya podido hacerles justicia. Quedaron quince escenas para una historia de KOF XV x) Las iba contando como campanadas de año nuevo, celebrando la progresión de estos dos a cada retumbar.

Gracias por leer y a Miau por aportar la idea que dio pie a que todo esto se escribiera :)

Work Text:

I

Chizuru atraviesa los largos pasillos y las amplias salas del aeropuerto de Southtown como una profesional, arrastrando su maleta y pasando indiferente frente a los aparadores de pequeñas tiendas y restaurantes. Está abarrotado de turistas, ser reconocida aún sin ser popular podría comenzar una peligrosa reacción en cadena, pero sus gafas obscuras y su vestimenta cómoda le permiten pasar desapercibida. Con su mano libre, blande su teléfono móvil verificando que la señal funcione. Ya tiene un mensaje esperando en su bandeja de entrada, de uno de los sirvientes del templo Kagura. Es un breve recado de rutina en donde, salvo el avistamiento de algunos empresarios sospechosos en la zona, no hay ninguna perturbación adicional del nuevo sello de Orochi que algunos elementos de su clan vigilan en Aggtelek. El alivio que siente al leer esas palabras es tan sólo momentáneo.

El calor tropical de South Town junto al ruido de las bocinas de los coches, las ruedas de las maletas y el bullicio de la gente la golpearon como una roca en cuanto atravesó la salida. Chizuru se sintió aliviada cuando por fin localizó el vehículo alquilado para su equipo por el personal del torneo y se dirigió hacia él a paso ligero, abriéndose camino entre todos los turistas y fanáticos de la lucha que esperaban su transporte, los culpables de que el aeropuerto pareciera más pequeño de lo que en realidad es.

Tras saludar a su chofer e identificarse, las puertas de la camioneta se abren y el sofocado calor se reemplaza de inmediato por un muy bienvenido aire acondicionado. El chófer toma su maleta mientras Chizuru se acomoda en el asiento trasero, sacando su computadora portátil de la bolsa que llevaba colgada al hombro para continuar con el trabajo que dejó pendiente en el avión, gestión de finanzas. Algunos de los transeúntes se asoman con curiosidad por las ventanillas del coche, afortunadamente polarizadas. La extroversión americana es habitual, pero Chizuru deja escapar un suspiro algo cansado, reconociendo la cruda realidad de la situación.

Civiles inocentes y familias enteras habían venido de todas partes para asistir a la ceremonia de apertura, pese al peligro que les acechaba. Los aficionados se visten con las camisetas de sus equipos, apostando con ilusión por el campeón mientras se arman con cámaras para capturar cualquier cosa que puedan compartir en las redes sociales. Su entusiasmo es tan grande como su ignorancia y terquedad. A nadie parece importarle que las circunstancias puedan llevarles a sufrir un accidente o algo peor, se dirigen a ver el torneo como corderos al matadero. La sobreventa y la falsificación de entradas ya hasta han provocado un escándalo en las noticias. Es bien sabido que los accesos para la ceremonia de clausura están agotados desde hace meses, pese a que es casi seguro que ocurrirá algo malo igual que en años posteriores.

Una vez más, la preocupación se ha apoderado de su mente, como ocurre decenas de veces a lo largo del día. Chizuru acepta la derrota mientras vuelve a mirar su portátil, sabiendo que es imposible que pueda concentrarse ahora en los números y tablas de datos frente a ella. ¿Y qué otra cosa podría sentir? Tres de los reyes celestiales habían aparecido en la lista de participantes del torneo y se les había permitido participar como si no fuera la gran cosa. Esto sólo se sumaba a las perturbaciones que había sentido desde que Verse había sido derrotado, los vestigios de Orochi que habían aparecido de la nada y quién sabe cuántas otras amenazas desconocidas fuera de su alcance. 

En momentos como éste, la idea de sentarse en su despacho a firmar papeles y atender llamadas se siente tan tentadora como distante. Si las cosas fueran distintas quizás ella estaría ahí en su oficina, o quizás en Aggtelek, supervisando las operaciones del clan. No se imagina que Maki permitiera que ambas se distrajeran con el torneo, ni aunque eso significara que tuvieran que estar separadas durante algún tiempo. Chizuru vuelve a suspirar, entre la melancolía y el tedio, pensando en los largos días que le esperan, en los que estará lejos de todo lo que le es familiar: su hogar, su trabajo y el Templo Kagura. Maki ya no estaba, ahora era su deber asegurar que las cosas se mantuvieran bajo control como en años anteriores. Si lo hubiera dejado todo en manos de los otros dos clanes que supuestamente habían jurado proteger el mundo, éste habría sido destruido mucho antes.

—Disculpa, ¿está ocupado este asiento? 

La voz, que por el tono no está disculpándose ni tampoco pidiendo permiso, hace que Chizuru gire la cabeza. Sorprendida, abre ligeramente la boca y se baja las gafas oscuras para ver mejor al hombre que se sienta en el espacio vacío a su lado. No es ningún espejismo provocado por el calor, Kyo Kusanagi realmente ha subido a la camioneta que transportaría a su equipo desde el aeropuerto hasta el hotel donde se van a hospedar previo a la ceremonia de apertura.

Kyo termina de acomodarse en el espacio libre junto a ella, pasando los dedos por su cabello para acomodarlo alrededor de su bandana mientras el conductor cierra la puerta trasera y se dirige a la cajuela, encargándose de su maleta. Ni siquiera se digna a mirarla, su vista permanece fija en la ventana como si a un hombre de ciudad como él le preocupara que las multitudes fueran a tragárselo vivo o como si no hubiera visto un aeropuerto repleto antes. Chizuru tiene un mal presentimiento, el reflejo de su cara angustiada en el vidrio no pasa desapercibido para Kyo y él responde con una sonrisa cómplice.

—¿Tanto te asombra verme aquí, Kagura?

La pregunta queda suspendida en el aire durante un momento hasta que Chizuru toma aire y aprieta los labios, relajando el rostro pero dejándose las gafas colgando del puente de la nariz para no perderse ningún detalle.

—Tu plan era llegar después de que terminara la ceremonia.

La respuesta de Chizuru hace que Kyo se sonría orgulloso, como si hubiera estado esperando que lo dijera. Kyo hace un gesto hacia su sien y se la golpea un par de veces con la punta de dos dedos, luego guiña un ojo, todo ante la mirada completamente indiferente de su compañera.

—Eso era una pequeña distracción —declara sin más.

El castaño luce una mirada aburrida mientras observa y después apaga la pantalla de su teléfono, evitando deliberadamente los mensajes que no ha respondido. Su avión aterrizó hace menos de una hora, no hay ninguna razón por la que tengan tanta prisa por contactarlo, aunque su improvisada partida un día antes seguramente encendió unos cuantos focos rojos. Para su familia, el heredero del clan se había esfumado sin decir palabra antes de lo previsto, dejando la responsabilidad de Shun’ei y Meintenkun a Benimaru, que para este punto ya tendría que haberle dado las malas noticias a su padre. Para Yuki, su querido novio había dejado de responder los mensajes por más de un día. Pero para Kyo, decidir por cuenta propia cuándo y cómo encargarse de las cosas que tenía que hacer por obligación le daba al menos un poco de satisfacción, una pequeña libertad en tiempos de guerra. Al ver que la mirada extrañada de Chizuru permanecía, Kyo prosiguió con la siguiente parte de su críptica explicación.

—Si pude engañarte a ti, entonces logré lo que quería.

Las cejas de Chizuru se alzan y sus ojos se agrandan, igual que el ego de Kyo al pensar que ella se mostraba impresionada por su inteligencia. La sonrisa orgullosa del castaño se desvanece por completo cuando nota que las pupilas de ella se mueven hacia un lado, enfocándose en otra cosa. Sólo entonces, aquella familiar presencia que ha estado siguiéndole a distancia se hace más notoria y el espacio del copiloto en la parte delantera es ocupado silenciosamente por Iori apenas un instante después.

Kyo y Chizuru intercambian una mirada de circunstancias en completo silencio.

Su aparición no es ninguna sorpresa para Kyo. Se había acostumbrado tanto a la presencia de Iori a lo largo de los años que podía detectarla incluso cuando no buscaba hacerlo. Kyo tenía la certeza de que Iori estaba cerca desde que llegó al aeropuerto de Narita para tomar su vuelo a South Town. El pelirrojo se las había arreglado para escabullirse entre la multitud y subir al avión sin ser visto, pero Kyo aún podía sentir débilmente su energía cuando estaban bien arriba en el cielo.

Al principio pensó que Iori lo seguía desde una distancia prudencial, aún si esto iba en contra de sus métodos habituales. Pensó divertido que quizás Iori estaba tomándose lo de la tregua en serio, por una vez, aunque el hecho de que estuviera siguiéndolo ya le aseguraba problemas. El resto del vuelo lo había pasado preguntándose qué tan lejos iría Iori con tal de no perderlo de vista y se había entretenido con la posibilidad de que el pelirrojo accediera a pasar el trayecto al hotel en el mismo transporte, cosa que terminó ocurriendo. ¿También se sentaría junto a él en la ceremonia de apertura? ¿Lo seguiría al mismo hotel, en la misma habitación? Contrario a ocasiones pasadas, en una época en la que la presencia de Iori aún resultaba impertinente e irritante, Kyo ahora contaba con ello. No, quizás era peor que eso, Kyo estaba esperando enfrentarlo con ganas.

Pero tenerlo delante después de… — ¿semanas? ¿meses? — sin verlo fue un duro golpe de realidad. Kyo sabía que algo no iba bien porque aunque lo tenía cerca, su energía era distante y apagada, un débil eco de lo que había visto la última vez que se habían cruzado, cuando sellaron los restos de Orochi que habían despertado gracias a Verse en Aggtelek.

Sus ojos se movieron hacia Chizuru, que observaba a Iori con calculada cautela. Seguro ella era consciente también de lo débil que parecía su energía y de lo peligroso que resultaría tenerlo en el equipo, tomando en cuenta que algunos de los antiguos sirvientes de Orochi habían regresado. 

La confusión se tornó en preocupación. ¿Qué había cambiado? Iori jamás apagaría su energía a propósito. Nunca había sido de su interés pasar desapercibido, muy al contrario, le gustaba lucirse abiertamente. Parecía contento cada que manifestaba su cercanía y más cuando esto lograba sacar a Kyo de sus casillas. Y si no se contenía por voluntad propia, era seguro asumir que el pelirrojo no estaba en buenas condiciones.

El silencio de Iori, la falta de su acostumbrada actitud, señales inequívocas de que la influencia de Orochi estaba causando estragos en él. Lo más seguro era que Iori estuviera sufriendo ya los achaques y la mejor manera que Kyo tenía de comprobarlo era mantenerse cerca suyo. Recurrir a su fuego como había hecho en ocasiones anteriores era siempre una buena opción para enfrentarlo, pero había una más, algo que podría prevenir que el disturbio ocurriera y así evitar un enfrentamiento en circunstancias poco idóneas. 

Con una cara seria y las gafas de regreso en su sitio, Chizuru observa cómo Kyo se hunde en su asiento, dejando escapar un profundo suspiro de algo que parece ser hartazgo. A pesar de esto, ella es capaz de notar que su exagerada molestia está acompañada de algo más; una pequeña chispa en los ojos de Kyo, luego una ligera sonrisa que vence al puchero casi infantil en sus labios, como si acabara de pensar en su siguiente gran idea. Lo cual es verdad.

Con las rodillas apoyadas en el respaldo, Kyo aplica un fuerte impulso hacia delante y bosteza ruidosamente. La visión del flequillo de Iori agitándose por la sacudida hace que Chizuru se estremezca al compás. Lo que sigue es un gruñido bajo y gutural, como el de una bestia. Kyo lo contesta con un bufido de satisfacción y una amplía sonrisa, la más auténtica que ha mostrado hasta el momento.

—Perdón, perdón —dice Kyo, sin una nota de pesadumbre en la voz—, el viaje en avión me dejó un tanto entumecido, ¿a ti no, Yagami?

Chizuru cerró el portátil de un manotazo y resopló mientras salía por la puerta de su lado antes de que se pusieran en marcha. « Y pensar que estos eran los herederos de sus clanes, increíble » . Luego de rodear la camioneta por la parte delantera, abrió la puerta trasera del lado opuesto para obligar a Kyo, mediante empujones, a sentarse donde ella había estado antes. El castaño obedeció sin mucha resistencia, manteniendo el contacto visual con Iori, que ahora le dirigía una mirada recelosa a través del espejo retrovisor.

—Yagami —dijo ella entre un suspiro que le servía para serenarse—, no pensé que te molestarías en usar el medio de transporte designado.

« De haber sabido que vendrían ambos, habría tomado un taxi », pensó Chizuru. Aunque tal vez esto era lo mejor. Dejar al pobre conductor a merced de esos dos sería cruel.

—Da igual —responde Iori con voz estoica—. ¿Por fin vas a enfrentarme?

Chizuru se da cuenta de que Iori ya no se dirige a ella por el repentino cambio en su voz, de la irritación a algo parecido a la burla. En el espejo retrovisor, se libra lo que bien podría ser el preámbulo de dicho enfrentamiento, miradas hostiles e intensas siendo intercambiadas en lugar de golpes. La molestia de Chizuru no hace más que aumentar, fue muy clara con ambos acerca de que debían mantener la paz hasta que sus deberes como tesoros sagrados estuvieran resueltos y eso todavía estaba lejos de ocurrir. 

—Tenemos una tregua, ¿recuerdas? —dice Kyo, obviando por completo el hecho de que las provocaciones comenzaron por su culpa—, quizás deberías consultar con mi agente si me queda tiempo después del torneo.

—No necesito el permiso de nadie.

—La falta de consentimiento te puede llevar a problemas legales, ¿has pensado en eso?

—No permitiré que te escapes de lo nuestro, Kyo.

Con los ojos entrecerrados, Iori se vuelve hacia él y le advierte en un tono que empieza siendo amenazante y finaliza con una pizca de entusiasmo al pronunciar su nombre, su paciencia agotada a la menor de las provocaciones. 

Aunque su semblante no es el mismo de siempre, una renovada determinación brilla en su mirada ante el prospecto de ganar esa batalla que Kyo ni siquiera estaba buscando evitar. Bien , era exactamente lo que había estado esperando encontrar. La satisfacción Kyo se esfuerza por ocultar, brilla a través de su sonrisa imperturbable. Sí, ése es el Yagami que conoce. 

El conductor aprovecha el silencio incómodo para girar la llave y arrancar la camioneta. El motor ruge y los cuatro se agitan ligeramente bajo su ronroneo. La tensión en el ambiente parece disiparse mientras todos se distraen ajustando sus cinturones de seguridad. Tras unos minutos de trayecto por el estacionamiento, Iori se coloca unos audífonos sobre las orejas mientras que Kyo se cruza de brazos y cierra los ojos, apoyándose en la ventana. El resto de la tensión quedó sobre Chizuru que no pudo volver a concentrarse en sus documentos, ni en nada, por el resto del viaje.

 

II

Se había acostumbrado tanto al educado comportamiento japonés que por un momento había olvidado que las mismas reglas no aplicaban en South Town y no era necesario contenerse hasta ahora. Por fin había llegado al hotel tras el largo viaje en avión y después en coche, seguido de una improvisada parada a una tienda de conveniencia donde esperaba armarse de cigarrillos y algo de beber. Lo primero, lo había conseguido con facilidad pero lo segundo no. La variedad de bebidas norteamericanas, que en su mayoría eran azúcar con agua más que otra cosa, dejaba mucho que desear y ni siquiera podía encontrar un buen café enlatado que no tuviera que preparar en un mísero vaso de cartón y una máquina que se limpiaba con poca frecuencia. Las bebidas alcohólicas eran más de lo mismo y los licores estaban ocultos tras el mostrador, resguardadas por un empleado con el que no quería tratar más de lo necesario. 

Al menos la logística del torneo estaba bien organizada, no tuvo que hacer ninguna parada por la recepción puesto que la tarjeta magnética de la habitación estaba ya en su poder. Tras un viaje corto por el ascensor y a la mitad de un largo pasillo con puertas, le esperaba una habitación convenientemente etiquetada como apta para fumadores. Apenas llegar, los ojos de Iori se desviaron hacia una silla de madera cercana a una ventana y se acomodó rápidamente en ella, dejando su maleta a un lado para sacar el paquete de cigarrillos del bolsillo de su chaqueta con inusual impaciencia. 

Con un gesto de la mano, una llama púrpura cobró vida en el otro extremo del cigarrillo que colgaba de sus labios mientras daba una calada rápida para asegurarse de que el tabaco ardiera. La segunda calada fue más profunda y pudo sentir cómo la nicotina lo llenaba de a poco. Sus labios temblaron al exhalar y sus dedos sujetaron el cigarrillo con un ligero estremecimiento. El cuerpo de Iori se relajó, hundiéndose en la silla mientras aspiraba para que el humo llenara sus pulmones otra vez. Cerró los ojos, disfrutando de la sensación y soltó un suspiro de puro placer, deleitándose en el momento.

—Oh… ¿Interrumpo algo?

Sabía de antemano que no estaba solo, reconocía esa voz juguetona a juego con el comentario, de quién hoy parecía estar de buen humor para molestarlo. Iori no respondió, pero enderezó la cabeza y la siguiente bocanada se vió interrumpida por la vista frente a él. Kyo había salido de la ducha, silencioso como un gato pero anunciando su presencia con la misma felina soberbia. Tenía una toalla sobre la cabeza con la cual secaba su cabello todavía húmedo y que ocultaba parcialmente su rostro, pero que aún dejaba a entrever una sonrisa traviesa. Iori permaneció en silencio y se dió el lujo de mirar la camiseta abierta de Kyo, los músculos de su abdomen y pecho que se asomaban insolentes por entre la abertura, como si fueran una especie de burla sucesiva. La siguiente calada, más larga y profunda que las anteriores, le pegó diferente.

Habría sido más sencillo, y menos molesto, reservar una habitación propia en cualquier otro sitio. Ni siquiera era tan difícil, se elegían los lugares y se avisaba a los luchadores con antelación, mucho antes que a todos los turistas, la prensa y el personal. De todas formas Iori había elegido no hacerlo. No había razón para ello, Kyo no movería un dedo para hacerlo él mismo, así que acceder a las habitaciones reservadas para los equipos le aseguraría tenerlo cerca.

Dió una última calada a su cigarrillo antes de apagarlo en el cenicero de la mesa, donde había estado dejando las cenizas. Observó cómo Kyo dejaba caer la toalla húmeda al suelo y se dirigía hacia su maleta abierta que descansaba sobre la cama más cercana a la ventana, la cual sin duda había reclamado como suya. Iori encendió otro cigarrillo y reprimió una sonrisa que se tornó en indignación cuando el castaño le dio la espalda para abrocharse la camisa. ¿Qué necesidad había de darse la vuelta luego de mostrarse así? No se lo preguntaría, pero le pareció que este gesto era deliberado.

Mientras, Kyo rebuscaba entre sus cosas en completa tranquilidad, Iori bien podría no haber estado allí. Quizá aquello le hubiese molestado en otras circunstancias, igual que el hecho de estar fumando tranquilamente en lugar de atacarlo. La idea había cruzado su mente al casi tropezar con los zapatos que Kyo había dejado dispersos de mal modo en el genkan inexistente de la habitación. Al menos no era el único que tenía problemas para adaptarse a las costumbres extranjeras.

Iori dio otra calada más corta. No necesitaba otro cigarrillo, fumar en cadena no hacía más que marearlo y empeorar el dolor de cabeza que tenía algunos días acompañándolo. Pero el ritual de encenderlos era reconfortante y aquello una rareza en medio de sus malestares. Dejó que el cigarrillo ardiera entre sus dedos, observando cómo el humo se disipaba en el aire.

Un año, había pasado casi un año desde la última vez que se había encontrado a Kyo de frente, desde aquella vez en Aggtelek. Las cosas sólo habían ido de mal en peor desde entonces. Los ataques, cada vez más frecuentes, y su poder, exigía más de sí mismo conforme pasaba el tiempo. Hubo un incidente especialmente alarmante en el que las molestías no le permitieron dormir durante varios días seguidos y el departamento en Tokyo que solía usar para dormir, se volvió su prisión. De la cama al baño y de regreso, así había pasado sus días. En ocasiones perdiendo el conocimiento a medio camino, despertando bañado en sudor, con restos de sangre sobre sí mismo y a su alrededor.

A esto se sumaron los episodios de furia, los dolores, los susurros... era como si una sombra oscura lo siguiera a donde fuera. Cada día era una lucha contra sí mismo, contra el poder que residía dentro de él, amenazando con desbordarse y consumirlo por completo. En medio de ese caos, había una constante: Kyo.

La música, su banda, los entrenamientos en soledad, por más que había intentado enfocarse en otras cosas, esos pensamientos — esa necesidad insaciable — seguía ahí. Quemar a Kyo hasta que su camisa se fundiera dolorosamente contra su piel bajo el calor de las llamas púrpuras. Estamparle contra la pared o el suelo, tomarlo entre sus manos por la cara o el cuello, someterlo con toda la potencia de su poder Yagami.

Y aunque seguía pensando en borrar aquella sonrisa arrogante con una llamarada o dejar las marcas de sus uñas en la carne de su torso, quería responder a los impulsos a voluntad, no sólo porque su sangre se lo ordenaba. Ceder de vez en cuando era sencillo y le brindaba la saciedad que necesitaba para mantenerse enfocado. Pero por primera vez en mucho tiempo, no había podido encontrar a Kyo inmediatamente para enfrentarlo en alguno de los sitios en los que solía frecuentar. Ni en el dojo de sus padres, ni los lugares populares del distrito de Shibuya o en el recinto universitario al que todavía se aferraba a asistir. Había llegado tan lejos como para incluso contactar a Chizuru en busca de su paradero, pero lo único que había conseguido era enterarse que los siervos de Orochi habían regresado y que los tres clanes tendrían que formar equipo nuevamente para enfrentar las posibles consecuencias que todo aquello pudiera traer consigo. Por lo menos eso le aseguraría tener a Kyo, tarde o temprano.

—Esperaba tener la habitación para mí solo. ¿No vas a asistir a la ceremonia?

Iori levantó una ceja, no totalmente sorprendido por el comentario, pero sí molesto por la ligereza con la que Kyo lo pronunciaba.

—Esta también es mi habitación —respondió mientras expulsaba el humo hacia el interior del cuarto a modo de protesta, ignorando la ventana abierta. 

El castaño soltó un suspiro más resignado que enfadado antes de volver al baño, una reacción que, de alguna manera, irritaba a Iori aún más. Aquello llevó al pelirrojo a su siguiente pensamiento, uno que le había estado molestando y para el que no tenía todavía una respuesta concreta.

¿Es que a Kyo no le molestaba tenerlo ahí?

« Se lo estaba tomando sospechosamente bien », pensó. Sus reacciones habían dejado de ser completamente genuinas hace tiempo, siendo reemplazadas por ese calculado fastidio que Iori sólo lograba incitar genuinamente en ocasiones raras, cuando se dejaba llevar completamente por ese deseo incontrolable de hacerle daño. Una fachada tras la que buscaba esconder, ¿qué exactamente? 

Los motivos de Iori eran cristalinos y claros, esperados incluso. Ni siquiera el mismo Kyo se sorprendía demasiado al verlo aparecer en su camino sin invitación, por mucho falso alarde que hiciera de su molestia. Aunque habían compartido habitación antes, los recuerdos de Iori en ese entonces eran escasos. Había pasado casi todo el torneo bajo la influencia de los achaques del disturbio y cegado por un odio intenso que ni él mismo podía racionalizar, en una época que ahora parecía lejana. Kyo se había quejado con frecuencia de que Iori lo atacaba por las noches, aunque el pelirrojo no tenía memoria alguna del suceso. A Iori le parecía tan gracioso como lamentable. 

Pero en la actualidad, Kyo no parecía tener ningún problema o queja, todo lo contrario. Ahora se paseaba con completa tranquilidad por la habitación, como si fuera una ocurrencia cotidiana.

—Un poco de paz antes de la ceremonia no es mucho pedir, ¿o sí?

Justo a tiempo Kyo apareció en el umbral del baño, peinándose el cabello tan campante. Había algo en la despreocupación de Kyo que lo indignaba profundamente, fuera de lugar en medio de la tensión que siempre había existido entre ambos.

—Paz, dice —se burló Iori.

—Sí, paz. Esa cosa que pareces no comprender —contestó al instante con una sonrisa torcida y lo decía en serio—, por ejemplo: mi idea de paz es poder estar en un lugar sin tener que preocuparme de que alguien intente matarme a cada segundo.

Iori dejó salir una risa seca y sin humor.

—Pues estás en el lugar equivocado —dijo, dejando el cigarrillo que se había consumido entre sus dedos dentro del cenicero—. No habrá paz mientras yo esté cerca.

Iori se puso de pie y avanzó lentamente, con la mirada fija en Kyo, sus ojos rojos mostrándose ardientes como brasas. Esperaba incitar alguna reacción de parte de Kyo y se colocó a una distancia incómoda, con la cual consiguió que Kyo hiciera una pausa para encararlo. En lugar de encontrar al menos un pequeño indicio de desafío en sus ojos, lo que vio reflejado en ellos fue algo inesperado que coincidía con lo que salió de su boca.

—Si ya terminaste de ahumar la habitación, considera dormir un poco. Te ves terrible.

Iori frunció el ceño, su mandíbula tensándose. No era su propio aspecto lo que le preocupaba, sino que el comentario insinuaba que Kyo podía preocuparse por su bienestar y esa premisa era inaceptable, aún a modo de burla.

—No necesito tu compasión —replicó Iori, su voz baja pero cargada de veneno.

Con todo y su enojo, con todo y su actitud, para Kyo era fácil notar cómo le afectaba: esas ojeras bajo sus ojos, la excesiva palidez de su piel, sus rasgos afilados atenuados por el cansancio. El heredero del clan Yagami, aunque orgulloso y desafiante, parecía inusualmente debilitado.

—No es compasión —mintió Kyo en tono más suave—. Es sólo una observación.

Kyo está tan cerca y el cuerpo de Iori reacciona a su presencia de forma automática e involuntaria, tan consciente ahora de la energía de su reliquia como de los verdaderos sentimientos tras sus burlas. La presencia de Kyo, clara y destellante como el sol de mediodía, probaba ser un remedio infalible contra sus malestares. Ese insolente tenía suerte de que el viaje lo hubiera cansado tanto, no estaba ahora en situación de enfrentarlo todavía a pesar de que le sobraban las ganas. Iori se apartó con brusquedad hacia la ventana y cerró los ojos, no sabiendo si buscando un respiro o a modo de penitencia, esos pensamientos eran igual de ridículos como la preocupación que Kyo se esforzaba por disimular.

—Tampoco necesito tus observaciones.

Kyo se encogió de hombros, la conversación estaba yendo en círculos y no había mucho más que hacer. Antes de salir se detuvo un momento y echó una fugaz mirada hacia atrás, confirmando con una sonrisa que el pelirrojo se había dado vuelta para verlo antes de que se marchara. Eso era una buena señal, mantenerlo motivado funcionaba.

—Hey, intenta no destrozar la habitación mientras no estoy.

Iori permaneció en obstinado silencio hasta que Kyo cerró la puerta tras de sí, momento tal que se dejó caer el borde de la ventana incapaz de continuar con la fachada de fortaleza. La ironía era fuerte y cerró los ojos, tratando de ignorar el consejo. Esa constante lucha interna con su propio poder estaba empezando a pasarle factura, era verdad. Kyo estaba en lo cierto y eso, más que cualquier otra cosa, lo hacía rabiar.

 

III

El palco, que era uno de los lugares con mejor vista, se encontraba reservado para los peleadores pero a Iori no le interesaba estar ahí, aunque había pasado de refilón para aprovecharse de las bebidas gratis que habían servido en pequeñas copas. Se bebió una de golpe sin cuestionarse el contenido y tomó otra más antes de retirarse, abriéndose camino hacia un espacio más abajo, con la vista al escenario obstruida por los equipos de sonido, pero cerrado al público, desde donde podía observar a una distancia sin ser molestado. Las peleas de exhibición, la ceremonia de apertura o lo que sea que estuviera ocurriendo ahí enfrente le tenía sin cuidado. Su vista paseaba inquieta hacia aquél palco en particular, en donde Kyo saludaba e interactuaba con diversos peladores y la prensa, dando entrevistas, estrechando manos y exhibiendo sonrisas fingidas que de vez en cuando se mostraban en las enormes pantallas repartidas por el estadio.

A pesar de estar tan cerca de los altavoces, el volumen no era problema. La música elegida como tema de ese año no era lo suyo pero al menos era más decente que el del año anterior. Estar entre los parlantes le hacía sentir extrañamente acogido, quizás era el retumbar de los graves o la distorsión del sonido. Viajar con su bajo era inconveniente, pero el deseo de sentarse y practicar conectado a uno de los amplificadores, con su música llenando el estadio a través de las bocinas reservadas para el evento, era fuerte.

De la nada una opresión le oprimió el pecho, una sensación que reconoció al instante y que le causó un malestar instantáneo, lo suficiente para escudriñar a su alrededor tratando de localizar el origen. Unos cuantos espacios más abajo pasaron caminando algunas figuras encubiertas con capas y túnicas, desentonando totalmente en el ambiente. Sorprendentemente, nadie pareció reparar en su presencia, nadie excepto él. La última e imponente silueta se detuvo justo delante de Iori, haciendo que su sangre se agitara con una intensidad inconfundible una vez que se descubrió la cabeza, revelando un corte casi al ras de color blanco intenso y una cara conocida.

—Hola, pelirrojo.

Iori sabía que algo no andaba bien, su malestar no había hecho más que ir en aumento apenas había puesto pie en South Town. Pensó, torpemente, que lo que necesitaba habían sido unos cuantos cigarros, un poco de descanso o algo de beber. Nada de eso había sido suficiente y las cosas sólo seguían poniéndose peores conforme avanzaba hacia el estadio. Pero al estar ahí, en presencia de esos tres, al ver a Yashiro sonriéndole con completa tranquilidad, algo se removió en su interior y no era sólo ira. La misma desagradable sensación que lo atosigaba de vez en vez ahora luchaba por apoderarse de su cuerpo, de su mente. Iori se puso de pie, inquieto y enfadado a partes iguales, pero no dijo nada. El alto hombre esbozó una sonrisa confiada y se despidió con un gesto de dos dedos desde su frente y al aire antes de continuar su camino. Iori apretó los puños y los dientes, hasta que sus afiladas uñas comenzaron a enterrarse en sus palmas. 

 

Bajó de las gradas apresurado, su mente atribulada con pensamientos confusos pero que conocía. Voces, sonidos, murmullos indistintos y distorsionados. La cabeza comenzó a darle vueltas mientras recorría los amplios pasillos de servicio y al llegar a la salida tuvo que detenerse de súbito, recargándose en una pared para evitar perder el equilibrio. Cerró los ojos, intentando enfocarse en algo más, en pensamientos que fueran propios y no provenientes de esa otra entidad que habitaba en su interior. 

Mientras intentaba evocar la sensación de tocar el bajo, su mente permanecía frustrantemente en blanco, desprovista de cualquier sensación táctil o auditiva. La música, su única otra gran pasión, no era más que un recuerdo lejano fuera de su alcance. Soltó una maldición por entre sus dientes apretados por el fastidio, ahora con su ancha espalda posada en la pared a modo de apoyo mientras sus rodillas amenazaban con ceder. Se apretó los dedos contra el puente de la nariz bajo el flequillo, intentando contrarrestar la sensación de vértigo. Arrugó las cejas e intentó evocar un recuerdo diferente, uno que le diera la fuerza que necesitaba. 

La sonrisa burlona de Kyo después de la ducha, rebosante de confianza, pasó fugaz por su mente. Su pecho expuesto como pieza central en la bandeja de plata que era la habitación que compartían, listo para ser…

—Yagami… ¡Yagami!

Los pensamientos y las voces enmudecieron de golpe hasta que sólo quedó el sonido de su respiración acelerada. Al notar que Chizuru le había tomado del brazo, instintivamente lo apartó, parpadeando sorprendido por la repentina claridad.

Los labios de Chizuru se entreabrieron, pero la pregunta que colgaba de ellos se negó a salir. Iori captó un claro destello de duda en sus ojos al darle una mirada de reojo.

—Estoy bien —dijo mientras negaba con la cabeza, contradiciéndose de forma inconsciente.

Intentó marcharse en ese momento, pero su cuerpo entero se negó a cooperar, obligándolo a apoyarse contra la pared nuevamente. Dejó escapar un profundo suspiro, dándose cuenta de que estaba atrapado ahí con Chizuru hasta que recobrara algo de fuerza.

—¿Qué quieres?

Chizuru hizo una pausa incómoda, escogiendo sus palabras.

—Goenitz estaba con ellos, los vi.

Iori hizo una mueca de desagrado y soltó una maldición por lo bajo que Chizuru no alcanzó a escuchar. El rostro de Iori era un reflejo de todo menos bienestar; sus cejas fruncidas y sus ojos abatidos lo delataban.

—Es la influencia de Orochi, ¿verdad? 

Ella esperaba una negativa o quizás otro mal intento de hacerse el fuerte, pero Iori guardó silencio y bajó la cabeza. Su falta de respuesta era mucho más alarmante. La posibilidad de Iori cayendo presa del disturbio de la sangre era algo de cuidado. Por desgracia, era posible que necesitaran de él, de su magatama, para terminar de sellar a Orochi o lo que quedaba de él. Enfrentar a sus lacayos era otra de las posibles cosas de las que tendrían que encargarse juntos. Iori era fuerte, pero con la intervención de Goenitz, ¿podría resistirse?

Chizuru sacudió la cabeza, especular era inútil y una pérdida de tiempo, ya lidiarían con ese problema en caso de que se presentara. De momento, lo único que estaba en sus manos era vigilar mantener a esos tres vigilados y asegurarse de que Iori se mantuviera tan lejos de ellos como fuera posible. Por suerte, lo segundo estaba ocurriendo por cuenta propia. Ella se dio la vuelta para volver al estadio, darle a Iori espacio sería la mejor forma de ayudarlo, pero algo la detuvo. Un pensamiento fugaz, quizás tonto, de que debía decir algo antes de retirarse. ¿Pero que iba a decirle? «Que la maldición mortal de tu clan que te hace enloquecer mejore pronto». No había palabras que pudieran servir como ánimo o consuelo y de todas formas, Iori no las aceptaría.

Aunque…

Quizás no necesitaba palabras de ánimo, sino de motivación. Algo a lo que pudiera aferrarse cuando todo se perdiera en la tiniebla del disturbio, una luz al final del túnel. Y Chizuru sabía perfectamente lo que tenía que decir.

—Yagami, no olvides porqué estamos aquí —Iori bufó con desdén y Chizuru agradeció que estuviera demasiado agotado como para discutir, porque así pudo completar su frase sin interrupciones—, cuando todo esto termine, Kyo peleará contigo.

Iori resopló de nueva cuenta, el atrevimiento de esa mujer no conocía límites.

—Peleará lo quiera o no.

 

IV

Agotado de tanta atención y buscando algo con lo que entretenerse mientras todo esto acababa, Kyo se recarga en el riel a su lado para tomar un respiro. Frente a él miles de butacas ocupadas casi en su totalidad por una muchedumbre de gente, personas que habían venido a verlo a él y a muchos otros más. Kyo tenía un club de fans en occidente, Yuki se había encargado de ponerlo al tanto. Ella parecía especialmente interesada en esto, incapaz de comprender los niveles de fama y alcance que el torneo tenía en otras partes del mundo, con genuina curiosidad por momentos, y otras veces, con un sospechoso interés. Pero Kyo la dejaba manejar la correspondencia con sus fans a modo de no tener que hacerse cargo él mismo. Era algo simple de manejar: ella leía los mensajes y Kyo respondía preguntas de vez en cuando. En ocasiones sus citas giraban en torno a eso y le venía bien, era al menos un poco más entretenido que ir de compras o ser sometido a horas y horas de k-pop en algún karaoke de Shibuya.

Pero Kyo no estaba ahí para verse con sus fans. Tampoco había venido a ganar el torneo pese a que su equipo era fuerte, llegarían a ser finalistas sin mucho esfuerzo. La fama, los premios y la gloria habían pasado a segundo plano. Había accedido a participar con una sóla condición, una que había comunicado a Chizuru con la misma expresa urgencia con la que ella había solicitado su colaboración. Dicho motivo se veía amenazado por el peligro que Orochi y sus descerebrados seguidores suponían ahora, pero el asunto quedaría resuelto al final del torneo, por las buenas o por las malas.

Kyo se volvió hacia el palco, observando las figuras de sus camaradas y rivales, caras nuevas y conocidas, los mismos a los que habría de enfrentarse pronto por obligación. Cerró los ojos un momento, concentrándose. Era difícil distinguir entre tantas fuentes de energía distintas concentradas en un sólo lugar, pero aquello que buscaba era tan familiar para él que no requería mucho esfuerzo. Los abrió tan pronto sintió la presencia del magatama débilmente, no había rastro del pelirrojo en su campo de visión y según lo que había visto al llegar, era imposible distinguir si lo tenía cerca o lejos.

—¿Disfrutando de la fama?

La pregunta, similar a una que le había hecho Iori muchas lunas atrás previo a uno de sus clásicos enfrentamientos le generó algo de molestia involuntaria. 

—Un poco de sana competencia no te matará, Benimaru.

—Cuando dije que te cubriría, supuse que tenías algo importante entre manos, pero... ¿Yagami? ¿En serio?

Kyo se encoge de hombros y mira a la distancia nuevamente, evitando la mirada acusadora de Benimaru y preguntándose si el pelirrojo estará observándolo en ese momento. La posibilidad es descartada casi de inmediato y una sonrisa diminuta le da paso a la certeza. Por supuesto que lo estaba.

—Más vale un rival conocido que un par de novatos por conocer.

Es una burla a medias, pero en el fondo, Kyo está hablando en serio. Por inconveniente que sea, ya tiene una idea de lo que esperar al hacer equipo con Yagami, preparado inclusive para lidiar con los aspectos impredecibles de su presencia: los arrebatos violentos, las conversaciones que pueden tornarse en golpes, hasta el disturbio de la sangre, algo que Kyo ha estado enfrentando por años.

—Esos chicos realmente querían participar contigo, ¿sabes? En especial Shun-chan. Esperaban aprender algo de ti.

Kyo se encoge de hombros con indiferencia, sin ocultar lo poco que esas tontas expectativas le importan en realidad.

—Nada que el viejo Tung no pueda enseñarles —la molestia de Kyo se hace visible al cruzarse de brazos y dejarse caer sobre el riel a su espalda—, yo no soy su maestro.

—No me importa ser su niñera pero no puedo ser también la tuya, Kyo —Benimaru se inclina en su dirección, para mirarlo de esa forma condescendiente que Kyo no soporta. El comentario que le sigue es predecible—, deberías haber informado a tu padre de tus planes.

Un gruñido de fastidio sale de la boca de Kyo mientras su rubio amigo bebe un ligero sorbo de la copa en su mano, a manera de ignorar su reacción. Una parte de Kyo se maldice de no haber ido por otra bebida que le ayudara a soportar está conversación que parece ir de mal a peor con cada agonizante segundo.

—Beni… —Kyo se pasa una mano por la cara, en un intento por guardar la compostura—, déjame decirte algo sobre cómo tratar con mi padre: Aprende a no hacerlo.

El rubio puso los ojos en blanco, para nada convencido.

—Ignorar mis responsabilidades no es lo mío. 

—Y por eso sabía que podía confiar en ti para manejar esto, ¿o no?

Benimaru suelta una risa, encantadora y ensayada, que Kyo contesta con una sonrisa débil. Apelar al ego de su amigo nunca falla. Pero Kyo pierde la alegría enseguida, cuando Benimaru se le acerca para rodearle los hombros con un brazo, con esa confianza fraternal con la que Kyo no ha terminado de sentirse cómodo. Menos mal que es bueno para ocultar el fastidio que en realidad siente o Benimaru hubiera dejado de ser su amigo desde hace bastante.

—Tampoco te des demasiado crédito, ¿eh? A las mujeres les encantan los hombres maduros que actúan como mentores de los más jóvenes. Las encuestas no mienten.

Si hay una manera de hacer que Kyo pierda completo interés en la conversación, es esta.

—Y no lo dudo…

—Deberías intentarlo la próxima vez, quizás te funcione, ¿aún sigues con Yuki?

Afortunadamente un fotógrafo se acerca para capturar su interacción antes de que Kyo pueda contestar y los dos chicos sonríen para la cámara, en una pequeña tregua mutua. Pero Kyo se sacude el brazo de Benimaru de encima para cortar todo de golpe tan pronto como la cámara termina de enfocarse en ellos.

—Y hablando de mujeres, ¿has visto donde se ha escondido la señorita Kagura? Me parece que estaba tratando de evitarme a propósito.

Kyo se vuelve hacia Benimaru, que está distraído buscando entre la multitud al fondo y acomodando su cabello, que hoy está cayendo sobre sus hombros. Parece la oportunidad perfecta para huir, por lo que coloca una mano en el hombro del rubio para dar un par de palmadas de algo que podría ser ánimo a modo de despedida.

—Ni idea, pero es toda tuya.

—Hey, ¿te veo en la final?

Kyo suspiró silenciosamente y ofreció a Benimaru su sonrisa más confiada mientras asiente un instante y se aleja al siguiente.

 

V

Chizuru es una mujer de pocas palabras, Iori no mostró su cara en todo el día, caso tal que la responsabilidad de lidiar con la prensa recayó sobre Kyo, a quien han decidido tomar como el líder del equipo de manera aleatoria. La única manera de encontrar mil formas ingeniosas de responder a la misma pregunta sin prenderle fuego a nadie fue a través de algo de beber y esa tarde Kyo había bebido bastante. 

¿Porque había formado equipo con Yagami otra vez?

Al final incluso se había divertido inventando respuestas diferentes a cada reportero —y peleador amigo suyo— que intentaba emboscarlo a solas para llevarse la exclusiva. No esperaba que los demás comprendieran sus motivos. La única otra persona que tenía porque entender ese asunto ya lo comprendía a la perfección. O algo así. Poner “Iori” y "comprensión” en la misma oración no tenía ningún sentido y a su vez se sentía adecuado, igual que el hecho de que estuvieran compartiendo habitación una vez más en un torneo, como si no fuera el deseo de ambos enfrentarse en cuanto tales obligaciones se terminaran. Quizás era el alcohol haciendo efecto, pero a Kyo se le antojó reírse mientras caminaba tambaleándose por el pasillo del hotel, desabrochando la corbata de aquel estúpido traje que había tomado prestado sin permiso de la habitación de sus padres.

Las luces estaban apagadas y en la habitación se respiraba un completo silencio, situación ideal para meterse en su propia cama sin necesidad de ningún roce innecesario con su rival, que estaba tumbado en su lugar sin moverse. 

—Yagami idiota, mis almohadas están empapadas…

Kyo se queja en voz alta, arrastrando las palabras debido al alcohol que todavía corre por sus venas. No sabe cómo es que una toalla mojada acabó entre las almohadas de su cama pero ahí dentro solo está Iori y entre eso, el cansancio del viaje, el fastidio de las entrevistas y las copas que lleva encima, hacen que sea sencillo culparlo de lo evidente, es el único que está ahí después de todo. Iori no reacciona ante el comentario, con lo cual es seguro asumir que está durmiendo. Antes de buscar otro lugar adecuado donde abandonarse al cansancio, Kyo hace una rápida parada en el baño y al encender las luces, lo que encuentra ahí dentro lo hace desembriagarse de golpe.

Sangre.

En el piso, el lavamanos, en los azulejos de la pared y también salpicada cerca de la taza del baño. Hay algunos pobres intentos por limpiar el desorden en forma de papeles ensangrentados en la cesta de basura y marcas de dedos en la cerámica. Es obvio que Yagami estuvo luchando con algo ahí dentro, algo a lo que Kyo no sabe si pudo vencer o no.

Lo más prudente sería guardar su distancia pero Kyo sale del baño y se le acerca lentamente de todas formas, sin saber lo que va a encontrarse ahí. Del lado de la cama de Iori hay más sangre en forma de gotas, formando un camino iluminado por la luz del baño. Una toalla teñida de rojo yace en el suelo y luego está Iori, encogido en sí mismo, viéndose indefenso y respirando pausadamente. 

No hay razón para despertarlo, menos cuando parece dormir tan profundamente y Kyo se sentó al borde opuesto de la cama para mirarlo mientras decidía qué hacer. Verlo en ese estado hace que sienta una irritación inexplicable, como si le molestara haber pasado tanto tiempo allá afuera con ese montón de gente con la que ni siquiera quería estar en primer lugar en vez de… « ¿De qué? ¿De hacerte cargo de tu supuesto peor enemigo? ». El pensamiento es ilógico, otra de esas cosas que nadie más puede comprender, pero la culpa no se siente menos fuerte. Kyo sabría — hubiera sabido — qué hacer. Podría distraerlo o por lo menos regresarlo a la normalidad, aunque eso significara dejar la habitación hecha un estropicio de muebles rotos y manchas de hollín. 

Podía imaginarlo perfectamente, los movimientos antinaturales que Iori solía hacer en ese estado, la rapidez y ferocidad de sus ataques con los que lo había hecho caer en el hospital más de una vez. Sus gritos asalvajados con los que clamaba su nombre para pedirle paz o como una macabra promesa de muerte, con esos ojos desprovistos de cualquier indicio del hombre que juraba siempre matarlo pero que nunca lo llevaba a término. Obscuros y fríos, inyectados de un carmesí tan intenso como su cabello y tan brillantes como su sangre, la que salía de su boca, manchando sus manos y sus uñas con las que había rajado la ropa de Kyo y la carne debajo. No habría otra opción más que resistir, luchar una batalla que estaría perdida eventualmente como no encontraste un espacio para golpearlo de lleno con un Orochinagi a máxima potencia.

—¡Yagami...!

Debió quedarse dormido en algún momento, porque Kyo despertó de un sobresalto justo cuando veía como Iori saltaba hacia él, evadiendo su fuego y yendo directo a matar. Se le heló la sangre al no encontrarlo en el lugar donde había estado antes y le volvió el alma al cuerpo al darse cuenta que Iori ahora estaba sentado al borde de la cama. El grito había llamado su atención y miraba en su dirección, con un cigarro encendido en la punta de sus labios y una ceja alzada, igual de incriminante como de interrogante. No había manera de salir bien librado de una situación así y Kyo se quedó callado en silencioso fastidio.

Iori sólo se mueve cuando es momento de apagar su cigarrillo en el cenicero, aprovechando la ocasión para tomar su gabardina guinda que reposa sobre una silla y que se coloca encima, preparándose para salir. Sin embargo, después de girar la perilla y abrir la puerta , el pelirrojo da un último vistazo hacia atrás y sin ningún tipo de expresión en el rostro hace una sencilla pregunta.

—¿Sueñas conmigo?

Las luces estaban apagadas, lo que le evitó a Kyo la vergüenza de que notara que su cara se pusiera roja hasta las orejas. Rojo de la ira, por supuesto.

—Maldito Yagami, ¡ya lárgate de una vez…!

La almohada lanzada con fuerza falla por poco, golpeando contra la pared y haciendo un sonido seco al caer al suelo.

 

VI

El acceso a ese lugar en el dojo de sus padres donde aún resguardaban algunas de las pocas reliquias familiares no fue sencillo. Fueron semanas de fingir un comportamiento medianamente ejemplar tras el cual no levantaría ninguna sospecha. Entre tantas de esas cosas, habían escritos. Libros, pergaminos, inscripciones resguardadas por generaciones y que habían quedado obsoletas o eran simple conocimiento antiguo, memorias de su clan a través de los tiempos. No estaba seguro de qué estaba buscando esa tarde, pero la última vez que había estado ahí la curiosidad había dado sus frutos, al comprender entre pasajes que su energía podía tener otros usos y utilidades que jamás habría aprendido de otro modo. Resulta que el fuego de los Kusanagi podía purificar de otras maneras que nada tenían que ver con acabar con dioses milenarios y aunque sus experimentos con esa energía habían sido escasos, los miembros más viejos del clan no aprobarían el uso de algo así en tiempos modernos. Era su pequeño secreto, el que se llevaría a la tumba de ser necesario.

Entre aquellos textos antiguos pudo confirmar aquello que ya conocía: El conflicto con el clan Yagami que se extendía generación tras generación pasada. Pero hubo un tiempo en el que los clanes convivieron en relativa tranquilidad, sin viejas rencillas o traiciones absurdas, una época en la que los Yagami —entonces Yasakani— blandían un fuego escarlata al igual que los Kusanagi. Pero estas eran noticias viejas para Kyo.

La información perteneciente al clan Yasakani en los registros de su familia era escasa y esto no podía ser casualidad, la enemistad era mutua después de todo. Pero Kyo encontró pequeños destellos en el lugar menos esperado, en las memorias de quién alguna vez fue la esposa de algún líder de los Kusanagi en la antigüedad. Ahí, entre pasajes cotidianos de la vida de antaño y recetas de cocina antiguas, se mencionaba el apellido Yasakani en varias ocasiones aunque de forma breve. Una hoja doblada por la mitad resbaló por entre las páginas del libro una vez que intentó ponerlo de regreso en su lugar y el descubrimiento de lo que había ahí dentro despertó su interés.

Era una bitácora de duelos amistosos entre el líder Kusanagi y el líder Yasakani de aquél entonces. 

Kyo podía intuir que eran amistosos porque en los bordes, junto a las fechas descritas por temporadas del año y nombres de animales, habían unas pequeñas notas. Frases simples, como que el líder Yasakani mostraba una mejoría notable o que ambos líderes habían intercambiado técnicas nuevas. Hubo una observación en particular que llamó su atención: 

“Para sacar lo mejor de ambos se enfrentan como lo peor, diferentes pero iguales a la vez”. Kyo levantó las cejas, aquello casi parecía poesía.

Sin pensar en la fragilidad de aquella hoja, Kyo la había metido en el bolsillo delantero de su chaqueta, nadie iba a echarla de menos de todas maneras. Y esa misma noche, emprendió el viaje, uno que se extendería por varios meses. Entrenar a solas era un lujo que ya no podía darse a menudo, siempre había alguna responsabilidad asignada por su padre o por algún miembro del clan de la cuál tenía que encargarse. Grande y aburrida como estar sentado durante horas para preceder una ceremonia aparentemente importante, o pequeña pero significativa, como compartir alguna de sus técnicas básicas de combate con los miembros más jóvenes.

¿Su destino? El norte de Japón, tan lejos como la brisa gélida y los caminos peligrosos repletos de curvas y hielo habían permitido a su motocicleta avanzar. No hay ninguna evidencia qué le sirva de prueba, pero en su experiencia el frío parecía disminuir la eficacia de su fuego, haciendo que este adquiriera resistencia y potencia al utilizarlo en circunstancias más normales. El clima es extremo y atroz, que en conjunto por su conocida pereza no hacen sencilla la tarea de salir de la cama para adentrarse a entrenar en alguna pradera solitaria a mitad de un bosque congelado. La ropa invernal no era precisamente cómoda, pero la inclemencia del frío disminuye una vez entrado en calor. 

Habían pasado varios días aclimatándose cuando por fin se dio el lujo de contestar una de las llamadas de Saisyu, que para este punto estaba histérico, preguntando por su paradero y las responsabilidades pendientes que había dejado por hacer. Kyo disfrutaba de un bento barato comprando en un negocio local del pueblo en el que se había detenido. Mientras comía, los regaños de su padre entraban por uno de sus oídos y salían por el otro, completamente indiferente, esperando su oportunidad para defenderse. Y al ser exigida una explicación, Kyo había dado una bastante convincente que sabía que su padre no lograría refutar fácilmente.

—Voy a enfrentarme a Yagami al finalizar el torneo, necesito prepararme.

Luego había colgado sin más, sabiendo el rumbo que tomaría la conversación después de rebelarse contra la autoridad de su padre. Por supuesto, las llamadas no hicieron más que aumentar al igual que la indiferencia de Kyo, que no tenía tiempo que perder. La soledad le había permitido fortalecer su habilidad para controlar su fuego bajo condiciones extremas, ahora estaba más seguro de que podría alcanzar un nuevo nivel de poder, uno que le permitiera cumplir con su propósito. Saisyu solía presumir que el fuego era algo natural para Kyo, que las técnicas las había dominado por su cuenta y casi sin esfuerzo. Ahora tendría que confiar en la decisión que había tomado por la fuerza, a fin y al cabo, enfrentar a Iori era parte de sus obligaciones como heredero de la reliquia de su clan y todos lo sabían.

Su rivalidad con lori había sido intensa y llena de altibajos, siempre destacando por aquellos enfrentamientos que iban más allá de simple competencia. Para Kyo, enfrentar a lori no era sólo una cuestión de ganar el torneo o demostrar quién era el mejor. Tampoco tenía mucho que ver con esa rivalidad ancestral que había trascendido generaciones. La llama de sus fuegos y la intensidad de sus combates eran reflejos claros de la pasión que existía entre ellos por superarse. Sin un Iori pisándole los talones, Kyo jamás podría haber llegado a su máximo potencial, algo que al castaño le había tomado un largo tiempo comprender y un tiempo aún más largo aceptar. Hasta el pelirrojo parecía haberlo comprendido antes que él, no es algo que hubiesen conversado ni conversarían nunca, pero Kyo no tenía que preguntar para saberlo. Iori se lo dejaba bien claro con su impetuosa exigencia por enfrentarlo a cada oportunidad sin llegar a matarlo.

¿Y qué sería de Iori, quitando a Kyo de su vida?

El castaño se hundió bajo el agua termal en la que descansaba después de otro día de entrenamiento, en un intento fallido de ahogar el pensamiento. Conocía la respuesta, pero no era algo en lo que le gustara reparar. Las últimas burbujas de aire escaparon de entre sus labios, obligándolo a volver a la superficie y como un sutil recordatorio de que ser rivales era algo tan necesario como el aire que respiraban.

Al salir Kyo notó que su teléfono estaba sonando, moviéndose por el agua para buscarlo entre la ropa que había dejado a la orilla. Su intuición le decía que esta vez no era su padre, pues ahora estaba en la cuarta o quinta etapa del típico berrinche Saisyu Kusanagi: La ley del hielo, decidido o quizás resignado a confiar en él. Esta vez la llamada proviene de su madre.

La conversación es breve y tranquila, a ella sólo le interesa saber que está bien y cuando volverá, preguntas que Kyo contesta a sabiendas de que la información llegará a oídos de su padre tarde que temprano. Después de aquella llamada, Kyo se permitió unos días más de tranquilidad en el pueblo antes de decidir que era tiempo de regresar con una actitud renovada, pero tanto entrenamiento poco le habría servido para enfrentar los problemas que le esperaban al volver.

Justo un momento antes, Chizuru había abandonado el solitario parque de las afueras de la ciudad donde habían acordado encontrarse, dejando a Kyo atrás en un banco vacío y con un aura de tensión alrededor suyo. La conversación fue breve, concisa y sin sorpresas. Ella no tenía ningúna razón para querer verle a menos que fuera por asuntos relacionados con los clanes. Y eso había sido: para ocuparse de las amenazas que giraban en torno al torneo, tendrían que formar equipo los tres una vez más, posponiendo temporalmente su deseo de enfrentarse al pelirrojo.

En medio de sus pensamientos, el teléfono de su bolsillo vibró, devolviéndole a la realidad de sus otros deberes como Kusanagi. Era Saisyu, compartiendo ansiosamente los detalles del vuelo para su próximo viaje a reunirse con los discípulos del maestro Tung. Su padre lo había forzado a tener a los dos jóvenes estudiantes como compañeros de equipo, en una conversación en la que él ni siquiera había tenido voz ni voto. Tal vez porque de haber tenido la opción, los habría rechazado a la primera.

—Bueno, ¿y ahora qué se supone que haré con este dolor de cabeza?

Con un suspiro, Kyo se puso en pie, el relajante sonido del agua de la fuente que servía como decoración central del parque contrastando al frenético desplazamiento por los contactos de su teléfono. Estaba claro que Daimon no tendría tiempo de abandonar sus propias obligaciones. Hacer de cuidador para un par de alumnos novatos en un torneo no sonaba muy diferente a su día a día en el dojo. La siguiente opción es obvia, pero pedir un favor a alguien así va a requerir un nivel extra de carisma y persuasión... y quizás unas cuantas mentiras. Cuatro timbres después, una voz al otro lado del auricular contesta por fin, intentando sonar seria pero fingiendo desconocer la identidad de la persona que le llama.

—¿Sí? Aquí Benimaru Nikaido.

 

VII

Kyo caminaba tranquilo, había salido del hotel hacía unos minutos y devoraba una especie de sándwich de desayuno que había sido servido en los comedores. Su combate era a media mañana pero sobrepasarse la noche anterior le había hecho imposible la tarea de despertar más temprano. No tenía resaca y su sueño había sido reparador, incluso después de aquél incidente con Iori. 

Por la mañana, cuando había abierto los ojos, lo único que permanecía era el hueco que el pelirrojo había dejado en la cama. El baño estaba completamente limpio y el espejo empañado ligeramente. Bajar la guardia de ese modo no era algo que hubiera estado en sus planes, pero quizás sus años de experiencia tratando con Iori le decían que esa noche no iba a ser atacado.

Una vez dentro de la arena encontró a Chizuru esperando de pie, de cara al campo de batalla y de brazos cruzados, inamovible. No pareció inmutarse una vez que Kyo se colocó a su lado y ni siquiera se mostraba molesta por los minutos de tardanza, su vista fija al frente.

Una vez Kyo siguió la mirada de su compañera, comprendió el porqué.

Iori estaba parado a lo lejos, dentro de la duela instalada como escenario, con las manos en los bolsillos. Su alta y esbelta silueta era iluminada por la luz del sol que se filtraba de la abertura del techo. Kyo tenía completa seguridad de que el pelirrojo se había percatado de su presencia: había girado la cabeza hacia atrás, hacia donde estaban y Kyo estaba seguro de que lo miraba a él, aun si el cuello de su gabardina y los largos mechones de cabello carmesí le impedían confirmarlo a la vista.

Hubo entonces un rugido ensordecedor proveniente de la multitud enardecida. En las gradas del fondo, las personas diminutas agitándose como copos en un globo de nieve, coloridas como una lluvia de confeti, gritando o aplaudiendo, quizás ambas.

El corazón de Kyo latió con fuerza y tras parpadear un par de veces, la sorpresa fue reemplazada casi de inmediato por una sonrisa divertida. Aunque no podía verlo, estaba seguro que este pequeño despliegue de insolencia molestaría un poco a Iori, el cual solamente volvió la vista para hacerle frente al oponente que habían llamado a la arena.

Kyo dejó salir un suspiro entretenido al ver las llamas púrpuras encenderse en las manos de Iori.

—Parece que alguien se despertó motivado.

Sólo entonces Chizuru se giró en su dirección para darle una de esas miradas inquisitivas, pero los ojos de Kyo jamás se encontrarían con los suyos. El castaño no podía despegar los ojos de la arena, esperando a ver lo que Iori haría, con curiosidad y quizás también con algo de preocupación, en caso de que las cosas se tornaran mal y tuviera que intervenir.

Pero si Iori se sentía mal en aquel momento, nunca lo dejó entrever. Muy al contrario, su victoria fue contundente contra los tres participantes del equipo de Antonov que no representaron ninguna amenaza ante su fuego, su velocidad o sus incesantes ataques. Y para Kyo ese fue un gran alivio, una garantía inequívoca de que sus provocaciones estaban logrando el objetivo de mantenerlo enfocado. 

Sin esperar a que el animador le declarase como ganador, Iori se dio la media vuelta y dejó atrás la arena para incorporarse de regreso con extraña prisa, sus ojos completamente ocultos bajo la sombra que proyectaba su flequillo y acentuada por la luz exterior que caía encima de ellos. Aquella ostentosa demostración de fuerza no había sido al azar, ni siquiera con el propósito de hacer avanzar a su equipo por el lado de los ganadores. Aquello había sido una amenaza, no, más bien una forma de demostrar su superioridad frente a Kyo, de restregarle en la cara su poder, una manera muy Yagami de imponerse sin romper con la tregua. Y Kyo no iba a quedarse de brazos cruzados, por supuesto que no.

—Oye, Yagami, deja algo para los demá-

Sin previo aviso, la frase de Kyo se vio interrumpida por un repentino torbellino de llamas púrpuras yendo a golpearle directo al pecho, con una velocidad que lo tomó desprevenido. Gracias a sus rápidos reflejos y con una rápida voltereta hacia atrás, Kyo consiguió ganar espacio, y luego utilizó su propio fuego para neutralizar las llamas de Iori antes de que pudieran alcanzarlo. El pelirrojo avanzó hacia él, rápido y sin advertencia, desafiando al cansancio propio de quién ha derrotado a tres oponentes seguidos. Kyo se anticipó a un salto y lanzó una patada preventiva. Con un giro defensivo, Iori retrocedió, manteniéndose en guardia. Kyo hizo lo mismo, apagando la llama de su mano con un rápido apretón del puño y una flexión del codo.

Los intentos de Chizuru por disuadirles de pelear se vieron ahogados por los estridentes vitoreos de la multitud. De un momento a otro, la atención se había fijado en ellos, en ese recoveco interior por el que sólo accedían los luchadores y el personal. Las pantallas parpadeaban mostrando imágenes de ambos, la voz del locutor llenaba la arena, rebosante de entusiasmo ante la posibilidad de un combate amistoso entre compañeros. Como si estuvieran montando un espectáculo para que el mundo lo viera, como si eso fuera todo lo que significaba, un combate superficial y sin sentido. Tal vez eso venía bien, pensó Iori para sus adentros, él sólo necesitaba la atención de Kyo y que no olvidara de que se trataba todo esto. Todos los demás podían irse al diablo.

El ruido alrededor de Iori se convirtió en un rugido sordo y rápidamente perdió el interés; ya había conseguido lo que quería, reemplazar ese exceso de confianza con la expresión seria en el rostro de Kyo. Sin tontas lástimas o fantasías de peleas entre sueños, esto era real. Relajó su postura entonces y se metió las manos en los bolsillos con indiferencia, dando por entendido que no pensaba continuar en estas circunstancias y dejándolo a medias, de paso. El pensamiento le hizo sonreír, repleto de confianza.

Aunque Kyo pensó en detenerlo y obligarlo a terminar lo que empezó, hasta él podía entender que no era la mejor de las ideas. No por ahora.

 

VIII

El resto de la tarde había transcurrido con una dolorosa lentitud. 

Su equipo había terminado con el único duelo planeado en South Town pero el vuelo que los llevaría a su siguiente destino no estaba programado hasta dentro de un par de días más. Aunque hubiera podido regresar a su habitación a continuar durmiendo, cuando por fin se dio el tiempo de mirar los mensajes a gritos de sus padres, se había encontrado con la noticia de que Shingo iba a participar individualmente y había llegado a South Town la noche anterior. Aunque no estaba muy entusiasmado por verlo pelear, sentía una pequeña — muy pequeña — responsabilidad hacia Shingo. En caso de que saliera perdiendo tendría que echarle una mano, ya que no tendría a nadie más que viera por él y Benimaru estaría ocupado con sus propios compañeros. 

Su padre había hecho hincapié en qué su arreglo con Tung aún no estaría saldado hasta que Kyo se dignase al menos a tener una pelea amistosa con aquellos chicos que a Kyo no le interesaban en lo más mínimo. En todo caso, vería sus peleas para familiarizarse con sus técnicas y poder abordarlos con facilidad más adelante, no había nada mejor que hacer de todas formas. 

Y nada le aseguraba que Yagami no estaría en la habitación durmiendo, fumando, planeando su siguiente ataque sorpresa o escupiendo sangre en el piso mientras fantaseaba con matarlo. Era cruel pensar de esa forma pero luego de lo bien que se veía hoy y las ganas que aparentemente tenía de romper con la alianza pacífica, Kyo confirmó aquello que ya sabía: Había que esperar lo inesperado en cuanto a Iori se trataba. Había sido imprudente confiarse.

La participación del que sería conocido como el equipo de China había sido, por falta de un mejor calificativo para describirla, predecible. Lo habían hecho bien, derrotando a sus rivales con gracia pero sin mostrarse terriblemente aplastantes del modo que Yagami había hecho. Cualquiera de los tres era un rival digno y gracias a la experiencia y carisma de Benimaru, las cosas fueron relativamente sencillas para los dos muchachos que experimentaban por primera vez los nervios y la satisfacción propios de un torneo. 

Se habían mostrado reticentes al principio, pero sus mismos oponentes no los dejaban titubear: Todos estaban ahí para pelear en serio, sin vacilar. Y Kyo sabía mejor que nadie que no había nada mejor que un buen rival para empujarte a dar lo mejor de sí. Ni toda la amabilidad del mundo ni todos los aliados posibles serían capaces de llevarte al límite como un enemigo poderoso. El pensamiento lo llevó irremediablemente hacia aquella hoja antigua resguardada en su chaqueta y a Iori, por supuesto, a esa rivalidad que el destino había intentado forzar en ellos pero que ahora mantenían bajo sus propios términos. 

Hubieron un par de combates más antes de que llegara el turno de Shingo, el organizador del torneo había permitido la inscripción de equipos nuevos de último momento así como de algunas invitaciones que fueron extendidas de manera individual y que se manejaría a través de un bracket por separado, como una adición al evento principal. « Buena forma de alargar el sufrimiento para todos » , pensó Kyo, « para todo el que no fuera un espectador ». El público disfrutaba con gusto de los combates desde las gradas y pese a que ya habían pasado bastantes horas, las multitudes no se habían desplazado ni un poco. No tenían de qué preocuparse, podían acceder a todo tipo de comida que ofrecían vendedores directamente hasta sus asientos. Lo mismo no se podía decir de los peleadores, y llegados a este punto, ya hacía bastante hambre. De no ser porque Shingo pelearía pronto, Kyo ya se hubiese retirado a buscar algún sitio en dónde aplacar su apetito, había localizado un par de sitios donde poder comer algo que fuera de su agrado, algo japonés. Estaba harto del exceso de comida chatarra que, aunque apetitosa, lo dejaba aún más perezoso hasta que terminara de digerirse. 

Chizuru estaba ahí todavía, aparentemente concentrada en su computadora. Conociéndola, seguro tenía algún motivo adicional para no haberse retirado todavía pero Kyo no entabló conversación, consciente de que el intercambio podía terminar en un reclamo más acerca de sus decisiones cuando Iori estaba cerca. El sol brillaba en todo su apogeo y Kyo se sintió aliviado de no tener que librar ningún combate a esta hora, las nubes brillaban por su ausencia y el calor infernal apenas era sosegado por una brisa constante y bienvenida.

El anunciador llamó al primer combate y la cara de Shingo apareció en las enormes pantallas distribuidas por todo el estadio, junto a su nombre que retumbaba en los parlantes. El chico salió con entusiasmo y torpeza, levantando los brazos de primeras y luego apretandolos a los costados de su cuerpo e inclinándose a modo de respeto. Kyo tuvo que aguantar la vergüenza de escucharlo proclamarse como "su discípulo estrella número uno" al primer segundo que le dieron el micrófono aún si la frase llevaba algo de razón: Era el único y el último discípulo que Kyo iba a permitirse jamás. 

Llevaba además aquella chaqueta que había presumido a Kyo meses atrás, con un infantil juego de palabras con su nombre bordado en la espalda que el castaño estaba seguro que ningún americano comprendería, de un color azul intenso que se había vuelto su marca personal en los torneos. A Kyo le parecía una tontería que semejante vanidad fuera reservada para algo tan soso como el torneo, pero aunque se lo había dicho, Shingo no había desistido de usarla. Ni tampoco los guantes que le había dado antes en algún momento que tampoco recordaba o la bandana con la que buscaba imitarlo como un molesto hermano menor. El símbolo Kusanagi bordado sobre la tela negra era mostrado en todas las pantallas, seguido de la sonrisa torpe a la que Kyo ya se había resignado a ver casi a diario. El castaño no veía la hora de que todo esto acabara.

El público enmudeció de pronto ante el anuncio del que sería el rival de Shingo, a quien no habían revelado todavía. O quizás si, Kyo no estaba prestando atención, sopesando sus opciones de comida nuevamente. No muy lejos de ahí había un bar de sushi que realmente tenía aspecto japonés y donde muy seguramente encontraría algo que fuera de su agrado. Miró las fotos y se relamió los labios ante la vista del sashimi fresco y los cuencos de arroz. Las fotografías dejaron de aparecer de repente y Kyo se dio cuenta que se había quedado sin señal, maldiciendo la poca fiabilidad de su plan telefónico en un momento tan importante. Suspiró exasperado y una fuerte corriente de aire agitó su cabello y después su cuerpo entero. Tuvo que cubrirse la cara, el viento se había erguido de repente y tan sólo el ominoso silbido de una corriente potente era escuchado, junto al cuero de su chaqueta revoloteando contra su cuerpo en respuesta. Cuando pudo apartar el brazo de su rostro, se dio cuenta que el ambiente había cambiado de repente, el cielo se había ensombrecido… No, había algo abarcando el techo abierto del estadio en su totalidad.

—Ya se había tardado en aparecer —dijo en voz alta, para nadie en particular. 

Era casi una vieja tradición del torneo que la entidad sobrenatural de turno que buscaba propagar el caos se manifestara. Era todo muy ridículo, como si fuera parte de un guión preparado para darle gusto a la audiencia. Como si el caos, la destrucción o las vidas que estuvieran en peligro no fueran más que un macabro juego. Este año no era la excepción, claramente.

Tras luchar contra la tempestad para levantarse de su asiento, Kyo dio unos pasos lentos, con los antebrazos frente a él formando una especie de escudo que le permitiera avanzar. Su vista continuaba fija en el cielo, intentando encontrarle sentido a lo que estaba viendo. No eran nubes, lo que sea que estaba allá arriba giraba a gran velocidad, como un montón de avispas embravecidas. « ¿Era eso? ¿Una plaga? ». La idea de una entidad ancestral que controlara a los insectos a voluntad le hizo gracia, algo que sólo las personas que han estado en su misma posición tantas veces encontrarían divertido. 

El gusto le duró poco, porque lo que sucedió después le llenó el hueco que tenía en el estómago de pura angustia. 

Desde arriba descendió un torrente de viento a gran velocidad, cayendo en el espacio donde estaba la arena de combate. El mismo lugar donde Shingo había estado realizando estiramientos antes quedó aislada por un remolino de viento que actuaba como una barrera. 

Era viento. 

Lo que Kyo había estado viendo era aire, corriendo a velocidades tan altas que parecía una entidad con vida propia. Para cuando comprendió lo que ocurría ya era demasiado tarde y una risa siniestra resonó por encima de las rafagas huracanadas, burlandose. Provocándolo.

Kyo echó a correr de golpe, tan rápido como sus piernas y la contracorriente se lo permitieron. Gritó el nombre de Shingo pero ni siquiera pudo escuchar el sonido de su propia voz.

Se detuvo ante el torbellino que acaparaba el espacio donde había estado —« donde estaba aún , maldita sea » se corrigió al instante— Shingo y ese detestable oponente con el que ahora estaba encerrado. El viento soplaba con fuerza, amenazando el poder de las llamas que se moría por invocar. « ¿ Pero cómo? ¿En dónde? ». Tenía que haber algún espacio, un hueco por dónde su fuego pudiera abrirle un camino. Parecía una enorme casualidad que el entrenamiento al que se había sometido semanas antes le hubiera preparado para este momento, pero aunque fuera capaz de hacerse una brecha, enfrentar a Goenitz requería algo más que esfuerzo de su parte. Maldita la hora en la que Yagami había decidido desaparecer del recinto, quizás combinando sus llamas ambos podrían…

« No »

Si Iori hubiera estado aquí, con ése sujeto, no había garantía alguna de que hubiera podido prestarle una mano. La frustración se apoderó de Kyo y también el horror de entender que los achaques de Iori tenían una muy buena razón para estar ocurriendo.

Y de pronto, entre la ventisca… una luz. Un haz proyectado en un punto específico, cerca de donde Kyo estaba parado. Y con él, la inequívoca certeza de que si concentraba el suficiente poder en ese sitio, lograría atravesar la barrera fácilmente. Kyo se dio la vuelta y nunca sintió tal alivio de ver a Chizuru detrás de él, canalizando la luz que marcaba el camino, una determinación abrumadora labrada en su rostro siempre serio, algo que no había visto en ella desde hacía tiempo. Kyo lo comprendía a la perfección, no era la única persona que buscaba enfrentarse con aquel al que ya habían dado por muerto una vez.

Kyo utilizó una de las técnicas que había estado practicando, un poderoso puñetazo flameante que lanzó con la suficiente potencia como para superar las corrientes de viento y atravesarlas en el proceso. Al atravesar la cortina, trastabilló un poco por el súbito cambio de presión, pero no perdió tiempo y se acercó corriendo hacia el lugar donde estaba el culpable de semejante escándalo. Con su toga ondeando al viento y un pequeño libro de páginas revoloteantes en la mano, no parecía preocupado en lo absoluto de que Kyo se le acercara por la espalda a toda marcha con la intención de acabar con él. La paciencia de Kyo llegó a su fin antes y se decidió a tirar un ataque flamígero desde la distancia, que fue bloqueado sin esfuerzo por un torbellino igual de veloz.

Shingo estaba inmóvil en el suelo y Kyo no tenía duda alguna de que había intentado enfrentarlo, porque eso es lo que Shingo haría, y porque no estaba verdaderamente consciente del peligro que el sacerdote representaba. Pero Kyo lo conocía de cerca, era quizás la derrota más vergonzosa que había sufrido y eso que Iori en medio del disturbio le había propinado una paliza hacía años. 

—Hm —el sacerdote se sonrió ligeramente una vez Kyo estuvo lo suficientemente cerca, dirigiéndole apenas una mirada fría—. Esperaba que te hubieras vuelto al menos un poco más fuerte después de la última vez que nos vimos, espada.

—Cállate…

Kyo gruñó por lo bajo y las llamas escarlata brotaron de sus dos puños, apretados con fuerza a los costados de su cuerpo. 

—Y por si fuera poco también produces discípulos tan lamentables. Es tan conmovedor como deprimente, en verdad.

—¡Cállate, maldita sea!

Sin pensarlo dos veces Kyo atacó de manera impulsiva, avanzando hacia el sacerdote que lo recibió con una sonrisa casi dulce en sus labios, como si el ataque lo enterneciera en lugar de mortificarlo. 

Cada puño, codazo y embestida imbuida en llamas fue fácilmente evitada por Goenitz que se movía a velocidad sobrehumana sin esfuerzo alguno, dejando en su lugar un remolino de viento junto a un comentario burlón a manera de continuar con las provocaciones.

—Que patético… 

Apenas una fracción de segundo fue todo lo que el castaño tuvo para reaccionar por mera inercia ante el primer contraataque de Goenitz, un corte certero a su costado que pudo bloquear gracias a su guardia y un giro del cuerpo, pero que aún así le sacó el aire. Al pensar de sus rápidos reflejos el castaño se mantuvo alerta, pues después de ese, seguro vendrían más.

—¿Buscabas esto?

Kyo reaccionó a la voz y pudo girar lo suficientemente rápido como para alzar los brazos y comenzar a bloquear la ráfaga de ataques que le venían por la espalda. El patrón de ataque resultaba dolorosamente familiar, o quizás agradecidamente, pues los enfrentamientos con cierto pelirrojo hacían más fácil saber qué esperar. 

Los impactos lo hicieron deslizarse sobre el suelo de piedra, sin importar que tuviera los dos pies bien plantados en el suelo. La pausa antes del golpe final le permitió ganar buena distancia con una voltereta hacia atrás y de ese modo preparar un contraataque. Pero su fuego no alcanzó a golpear a Goenitz, este volvió a desaparecer en medio de una corriente de aire con una risa condescendiente.

—¿Dónde has dejado al sucio heredero del magatama? Ni siquiera tienes la fortaleza para derrotar a un esclavo de Orochi, ¿qué oportunidad tendrías contra uno de sus siervos más fervientes?

« Está tratando de provocarme otra vez », Kyo pensó para sí mismo. Se mantuvo en guardia, recobrando el aliento y buscando el lugar de donde provenía la voz para anticiparse al siguiente ataque, pero el sacerdote no se lo estaba poniendo nada fácil. 

La voz de Goenitz era envolvente, como si estuviera en todas partes y en ningún sitio al mismo tiempo, el rítmico silbido del viento entorpecía más la tarea de detectarlo. Iba a ser imposible atraparlo así y atacar en todas direcciónes no sería más que un desperdicio de energía.

—Eres débil, Kusanagi. Tu fuerza de voluntad flaquea aún más que la física. ¿Y así pretendes detenerme?

La respiración del castaño se aceleró y sus niveles de frustración aumentaron al mismo ritmo, pero antes de que pudiera actuar por mero impulso, una serie de copias idénticas de Chizuru comenzaron a aparecer en un semicírculo frente suyo. Cada una canalizaba un proyectil de energía circular color esmeralda que salieron disparados en varias direcciones, atacando la barrera a manera de revelar a Goenitz por fuerza bruta. Todos y cada uno de los proyectiles fueron a parar contra la barrera de viento, haciendo una ligera explosión en el lugar del impacto que no pareció lograr más que provocar una risa de parte de Goenitz seguida de más provocaciones.

—Te diré algo, acabaré yo con su sufrimiento. Si nuestra presencia no ha despertado ya el regalo de Orochi, yo me encargaré de que se manifieste de nuevo. Para siempre.

La última frase hizo eco entre las paredes del torbellino que parecían hacerse cada vez más pequeñas, cerniéndose sobre Kyo, Chizuru y Shingo, que todavía se encontraba en el suelo. Kyo se arrodilló con dificultad a su lado, peleando en contra de la fuerte corriente en un último intento por proteger a ese joven que apenas unos instantes atrás era motivo de fastidio. Para su sorpresa, Chizuru permaneció de pie, impasible como era su costumbre y extendiendo los brazos a los lados con increíble facilidad. Su imagen se dividió, en tres copias exactas, formando un círculo en torno a los dos hombres en el suelo y haciendo uso de su poder combinado, formaron una barrera para sellar los vientos de Goenitz en torno a ellos. El último desesperado intento para que los tres tuvieran las mejores probabilidades de salir bien librados de ahí.

 

IX

A Kyo le dolía la cabeza por el sobreesfuerzo. Para cuando Goenitz se había marchado, el estadio estaba casi vacío, sólo permanecían los que seguramente eran los miembros más valientes de todo el staff y algunos peleadores empáticos. Entre Chizuru y él habían cargado el cuerpo de Shingo, que afortunadamente sólo estaba inconsciente, hasta acercarlo a donde estaban los demás. La ayuda estaba en camino y los primeros auxilios ya le eran practicados en sitio. 

Nadie cuestionó la decisión de Kyo de irse en cuanto se aseguró que Shingo estaba a salvo, aunque al menos Benimaru y Chizuru habían tomado nota de su partida. La verdad es que no podía importarle menos, las heridas de Shingo, aunque preocupantes, difícilmente le matarían. Lo que ocupaba cada espacio de su mente era encontrar a Iori, temiendo que la presencia de Goenitz hubiera desencadenado algo más preocupante que lo que había enfrentado en la arena. No se permitía relajar el paso, trotando para salir del estadio y llegar al hotel lo antes posible, a cada paso maldiciendose mentalmente una y mil veces por dejar que las palabras de ese detestable sujeto se repitieran en su mente como un eco.

« Para siempre » .

Aun si sus clanes lo sabían casi todo acerca de Orochi, habían detalles muy específicos que se les escapaban. ¿Sería posible que la influencia de Goenitz sobre Yagami fuera tan poderosa que nunca volviera a ser el de antes? ¿Y entonces qué? El paso de Kyo se aceleró aún más, como si intentara huir de sus propios pensamientos, cada nueva posibilidad más aterradora que la anterior. Aquella inevitable pregunta atormentaba su mente: ¿Se atrevería a poner fin a su sufrimiento, aunque eso significara quitarle la vida? Y de ser así, ¿tendría Iori conciencia de la situación o ya no sentiría nada? Kyo no se imaginaba un final más humillante para su rival. Haciendo caso omiso del ascensor, subió las escaleras a toda velocidad, dos escalones a cada paso. Las piernas le temblaban de cansancio, pero la urgencia por llegar eclipsaba cualquier dolor. 

La mente de Kyo divagaba mientras avanzaba por el pasillo, imaginando el peor de los desenlaces, como el que había visto en un sueño una noche antes. Ese no era Iori, pero era difícil recordar ese detalle cuando el monstruo en el que se convertía estaba dispuesto a aplastarle el cuello sin vacilar. Pero Kyo sabía que pelear con todo su poder no haría más que lastimarlo innecesariamente, podría poner en peligro su vida una vez que el disturbio cediera. Por eso no podía contar con la ayuda de nadie, ni siquiera estaba seguro de que Chizuru se tentaría el corazón. Nadie en su sano juicio limitaría su poder con tal de preservar la vida de alguien como Iori, con el disturbio o incluso sin él. 

« Nadie excepto yo »

Su mano se posó en la perilla y esta simple acción aceleró el ritmo de su corazón ya desbocado. La última vez que se había enfrentado a Iori bajo los efectos del disturbio, Kyo había terminado en el hospital y hasta el mismo Yagami se había encargado de reclamarle después por no haber acabado con su vida en esa ocasión, de no haber hecho uso de toda su fuerza al enfrentarlo. « Vaya hipócrita » . Como si Kyo tuviera la obligación de matar a Iori en caso de que algo así ocurriera pero Iori tuviera la opción de seguir inventando excusas para no hacerlo. « Ah no » , ni siquiera el mismo Yagami tenía derecho alguno de decirle de qué forma abordar las cosas entre ambos. Kyo haría lo que tenía que hacer por sus propios medios, aunque tuviera que hacerlo solo. 

Lentamente, giró la perilla y al abrir la puerta, lo que le aguardaba del otro lado fue inesperado. La lámpara que colgaba sobre la mesa proporcionaba la única luz, resaltando los pocos objetos colocados sobre la superficie: cajas de comida a medio abrir, unos cuantos cubiertos y un sencillo vaso con hielos. Iori, sentado en una de las sillas, sostenía un par de palillos sobre su mano dominante y un cuenco rebosante de carne roja en la otra. Su mirada pareció enfriarse sutilmente por la intromisión a mitad de un bocado o quizás por algo más. 

Kyo se adentró en la habitación, la energía del magatama era clara, pero sus niveles de energía eran tan bajos como lo habían sido en el aeropuerto, puede que incluso un tanto más. Recordó que como Iori había peleado antes, combatir sin descanso contra tres oponentes seguidos mientras se encontraba en un estado tan deplorable tenía que haberle costado bastante. Invocar el poder de las llamas púrpura tenía un efecto desgastante en el cuerpo ya cansado de Iori, Kyo lo sabía.

Parecía estar bien, lo cual era un alivio, pero Kyo sintió como una oleada de frustración lo golpeaba de súbito. Con brusquedad, se deshizo de su chaqueta, tirándola al suelo como si fueran un par de calcetines sucios al final del día. A ella se sumaron sus guantes, casi arrancados de su mano por sus dientes. La debilidad de Iori estaba directamente relacionada con todo lo que él detestaba: Goenitz, la maldición de su clan y la obstinada insistencia de Iori en utilizar de forma imprudente ese poder que sólo le traía perjuicios. Kyo se acercó hacia donde estaba y arrastró la silla frente a Iori sin cuidado.

—Sigues vivo, menos mal —Kyo le sostuvo la mirada con sus ojos avellana mientras tomaba asiento, su rostro reflejaba una seriedad poco característica que disimuló casi de inmediato en una sonrisa y un nuevo comentario sagaz—, Chizuru iba a matarme si algo te ocurría en mi guardia.

Ahí está de nuevo, la falsedad deliberada, un intento por esconder lo que Iori puede leer claramente en su mirada, una preocupación que intenta torpemente no tornarse en lástima. Su tono es de burla pero el sentimiento subyacente reflejado en sus pupilas hace que Iori se sienta igual de torpe. Quizás esa misma frustración, el cansancio en su cuerpo o la sorpresa, pero Iori ni se inmuta cuando Kyo, usando las manos, toma una pieza de los rollos de sushi estilo americano que por suerte aún no había comenzado a comer. Su falta de respuesta ante tal atrevimiento es un motivo adicional para que Iori se sienta patético y molesto. 

—No si yo lo hago primero —le contestó sin rodeos. 

Ante la provocación, Kyo intentó reír pero solo pudo esbozar una sonrisa triste. 

—Sigues con eso… —el castaño hizo una mueca de dolor mientras se acomodaba mejor en su asiento, buscando aliviar un dolor en su costado que no había sentido hasta ese momento—, aunque no lo quieras ver, estamos del mismo lado… de momento.

Iori no contestó a eso, sus pupilas estaban fijas sobre el rostro de Kyo tras percibir aquellos siseos y muecas que delataban un dolor contenido. 

Sin mediar palabra, interceptó la mano de Kyo cuando este estaba por tomar otra pieza de sushi. La tomó entre las suyas y la acercó a su rostro, tanto que Kyo podía sentir su aliento en cada surco y coyuntura. 

Era imposible descifrar su rostro, su mirada quedaba ensombrecida por la poca luz y por los molestos mechones de cabello que actuaban de cortina. Debajo del flequillo la mirada de Iori observaba atenta los rasguños y golpes en sus nudillos, algunos moretones y cortadas defensivas extendiéndose por el largo de sus antebrazos, los cuales también acarició con firmeza. 

—¿Qué haces? —preguntó Kyo, pero sin apartarse, sintiendo el tacto de las yemas de Iori extendiendose por la piel maltratada, recorriendo las heridas que Goenitz le había dejado, un recuerdo amargo y frustrante de la batalla anterior.

El pelirrojo ya se había encargado del combate del día, se había contenido en ese cruce que habían tenido momentos atrás, no había tenido verdadera intención de enfrentarlo todavía, sólo quería darle un mensaje. ¿Y por qué Kyo estaba herido? El resto de la tarde la había pasado dentro de la habitación, recuperándose. Pero esta no sería la primera vez que le hiciera daño a Kyo sin poder recordar.

—¿Quién te ha hecho esto?

—¿Importa? —las yemas de Iori se apretaron contra sus heridas y Kyo dejó salir un quejido de dolor, que provocó que Iori se lamiera los labios de manera inconsciente, despertando en él aquél deseo incontrolable de lastimarlo—, eres un hijo de…

—Responde.

El pelirrojo soltó la mano de Kyo con mucho menos cuidado una vez que Kyo se decidió a hablar y escuchó en silencio mientras el castaño contaba su versión de los eventos. Él y Chizuru se habían puesto en peligro con tal de defender al torpe amiguito de Kyo, al que seguía protegiendo sin importar que fuera un estorbo más que otra cosa. Su irritación aumentó al saber que Chizuru había estado en lo correcto, Goenitz había regresado también y por lo visto, tenía sus propios planes de interferir con el torneo, entorpeciendo aún más las cosas.

—¿A qué has venido? —cuatro trocitos de sushi después, Iori habló de nuevo, con la voz baja y teñida de un matiz de algo que Kyo no alcanzaba a descifrar—. Esas heridas… 

Kyo se quedó mudo, esperando que Iori completara la frase, cosa que no ocurrió. En su lugar se quedó mirando nuevamente aquellas heridas menores con una intensidad que rozaba el desdén.

—Soy tu compañero de cuarto, ¿recuerdas? —respondió Kyo burlón, recargando su peso hacia el respaldo de la silla—, y a propósito de eso, ¿sabes contra quién nos enfrentaremos después de esto?

Iori apartó la mirada, saliendo de su trance.

—No me interesa.

—Debería. Si los tres charlatanes de Orochi deciden invocarlo como su ridícula salida triunfal, habrías deseado ahorrar energías.

Kyo ya se había encargado de hacer su propia investigación al respecto, una de las mil cosas que el aburrimiento de esperar a que Shingo peleara le había permitido hacer. Sus oponentes no eran otros sino el equipo Orochi. Perfecto, está parecía una excelente oportunidad para que las cosas se salieran de control. Estarían en Japón, enfrentándose a sus rivales predestinados y con la amenaza de Goenitz cerniéndose en el horizonte. Absolutamente perfecto.

Seguramente esos idiotas se traían algo entre manos, Kyo estaba convencido de ello. Quizás ya habían encontrado su siguiente gran manera de traer a Orochi de vuelta para el cierre del torneo, como una absurda broma que no hacía más que forzar esas ridículas formalidades de los clanes de las que Kyo tanto renegaba. Quizás los vestigios de Orochi que supuestamente habían sellado en Aggtelek eran una distracción y el golpe vendría por la espalda, en el momento menos esperado. Cada que las cosas parecían calmarse, siempre había algo que…

—Nada va a cambiar —la vista de Iori se había desviado a la ventana y se mantuvo distante. Su tono era firme y certero, como si estuviera bien seguro de que lo que decía iba a cumplirse—, y nadie se va a interponer. Ni tú.

Kyo dejó salir un sonido frustrado, la aparente indiferencia de Iori hacia la gravedad de la situación acababa con la tolerancia que podía tener a sus amenazas. Ni la aparente dureza que demostraba podía servirle de escondite para Kyo, quién lo había encarado más que ninguna otra persona. No era la primera vez que Iori sacrificaría su propio bienestar con tal de preservar el… lo que sea que había entre ambos. 

—No eres precisamente la persona más fácil de cuidar, ¿sabes? —admitió Kyo, su propia sinceridad tomándolo tan desprevenido como a Iori.

—Puedo arreglármelas solo —replicó Iori sin titubear, su voz fría y afilada como un cuchillo una vez que su atención volvió a las heridas de Kyo—. Tú por otro lado…

—¿Qué? ¿Vas a cuidarme?

La silla chirrió ruidosamente en protesta cuando Iori se puso de pie, recargando las manos en los costados de la mesa que fungía como única barrera entre él y Kyo. El vaso con la bebida se agitó violentamente, derramando un poco de su contenido y la tensión entre ambos se hizo palpable de repente. El pelirrojo se había encorvado lo suficiente como para que su cara estuviera a centímetros de la de Kyo, que se tensó en anticipación a cualquier cosa que pudiera ocurrir, menos al comentario de Iori.

—Tu vida me pertenece, nadie puede tomarla sin pasar sobre mi.

Kyo frunció el ceño y le costó sostenerle la mirada. Detestaba que las palabras de Iori tuvieran el poder de desestabilizarlo de ese modo, de hacerle cuestionar los límites de su rivalidad. Por momentos la intensidad de Iori, su extraña posesividad que rozaba la comedia, le inquietaban profundamente. Al mismo tiempo, una parte de él encontraba consuelo en ello, una retorcida seguridad de que no estaría solo en las batallas que quedaban por librar. Para bien o para mal, Iori siempre estaría ahí. La magnitud de la obsesión de Iori no era nada nuevo, pero oírlo expresar aquello con tanta crudeza nunca dejaba de ser desconcertante cuando menos.

—Eres un maldito lunático…

—No soy yo quien ha venido hasta aquí para verme, ¿qué dice eso de ti?

El ardor de las palabras de Iori, el de su mirada curiosa y aguda por igual, era peor que el de sus flamas púrpuras. Kyo hubiera preferido eso, se comunicaban mejor en medio de un combate, donde sus puños y el fuego decían más que cualquier palabra. Pero ahora, heridos y cansados, ninguno de los dos estaba dispuesto a retroceder, como de costumbre. Y esta especie de batalla emocional estaba sacando a la superficie aquellas cosas en las que Kyo no había querido reparar el día anterior.

¿Por qué había formado equipo con Iori?

¿Por qué se preocupaba por él?

¿Por qué insistían tanto el uno en el otro?

Pensándolo bien, pasar la noche en el hospital junto a Shingo y el resto, comenzaba a sonar más y más tentador, cualquier excusa para no pasar un minuto más rodeado de esas emociones inexpresables que no quería lidiar sonaba bien.

—Tengo que irme.

Aún encorvado, Iori lo siguió con la mirada hasta que azotó la puerta sin cuidado. La atención de Iori se posó después en la chaqueta que había dejado varada en el suelo, como el único testimonio de su tonta debilidad, de la de ambos en realidad. 

Iori se dejó caer en su asiento y encendió un cigarrillo que sentía que necesitaba de pronto. Ahora se cuestionaba si él mismo estaba cambiando también. Si acaso la intensidad de su odio hacia Kyo había perdido el filo con el paso de los años, dejando espacio para esa peculiar convivencia, que si bien contenía tensión, también permitía esos momentos una extraña normalidad compartida. Nuevamente inaceptable.

 

X

Al salir de los baños públicos del aeropuerto, Iori todavía se sentía un poco desorientado. Se había visto forzado a hacer una parada ahí tras un episodio de tos que le había llenado la boca de sangre. Por fortuna había pocas personas en esa ala del aeropuerto por dónde solamente despegaban los vuelos privados y no había tenido que compartir el baño con nadie mientras limpiaba las manchas de sangre de sus labios y manos. El mareo había cedido un poco, pero no ayudaba en nada que se hubiera esforzado tanto en la primera ronda del torneo y el cansancio de su cuerpo hacía que los achaques fueran más difíciles de sobrellevar. Lo único que le había hecho sentir con fuerza, irónicamente, había sido esa extraña convivencia con Kyo la noche anterior, por las cosas que le había escuchado decir.

Cuando Iori había sentido la presencia de Orochi más fuerte que nunca, incluso después de que habían completado el segundo sello, los motivos eran preocupantes. No había sido hasta su visita improvisada con Chizuru en busca del paradero de Kyo cuando la sacerdotisa le había dado la noticia de que el equipo Orochi había hecho acto de presencia, andando libres por la calle como si nada nunca hubiera sucedido, otra de esas consecuencias de la derrota de Verse. Pero tanto él como Chizuru intuían que esto no podía ser todo. Los tres reyes eran fuertes, si, pero no tanto como para causar una perturbación de tal calibre. Iori lo sentía en su sangre, en su cuerpo, mientras que Chizuru podía percibirlo por medio de sus poderes. Se avecinaba algo grande, algo que había resultado ser una tempestad. 

« Eso no cambia nada », era lo que pensaba Iori. Su promesa disfrazada de amenaza seguía siendo tan decisiva como la noche anterior. Si Orochi, Goenitz, o lo que fuera intentaba realmente entrometerse entre él y sus planes, no le quedaba de otra más que encargarse de esos estúpidos asuntos él mismo. Lo último que necesitaba era la molesta intervención de Kyo en un asunto que a él no le incumbía. La supuesta alianza que ahora mantenían no era más que una fachada y Kyo no tenía porqué meter las narices en donde no le incumbía. Había pasado la mayor parte de su vida solo en esto y eso no iba a cambiar ahora, sin importar que tan complicadas fueran las cosas.

—¿Solo?

—Actúas como si no estuviéramos aquí todavía. 

Iori se detuvo de golpe frente a la enorme puerta, delante de los aviones y las pistas. Y justo cuando una mano se posó de forma casi cándida para acariciar el hombro de su gabardina, la sacudió con una violencia desproporcionada.

—¿Otra vez haciéndote el difícil?

—Aunque no lo quieras, nosotras siempre estaremos aquí.

Iori soltó un gruñido y apretó un puño, tratando inútilmente de contener la rabia en su interior que incrementaba a cada segundo.

—Apártense…

La intervención de esas dos, al igual que la de Kyo, esa lástima disfrazada de solidaridad o lo que sea que quisieran ofrecerle no eran más que patrañas baratas. Espejismos disfrazados de bondad qué escondían un interés específico en hacerle ver cuán débil era en realidad. Un inconveniente y nada más.

—Si tanto quieres deshacerte de ese chico, podrías haberte hecho ya de la suficiente fuerza para acabar con él.

Ja , Iori bufó sin esbozar ninguna sonrisa ante el comentario de Vice. No ocupaba el poder de ningún dios para lograr su cometido. Nadie tenía por qué entrometerse en ese asunto que sólo él mismo podía atender.

—O podríamos ayudarte, ¿sabes lo fácil que sería para los tres el acabar con su patética existencia en un parpadeo?

« ¿Fácil para quien? ». Si las cosas fueran tan simples, no habría necesidad de que ellas estuvieran aquí. « Fáciles para sus propósitos, eso seguro » . Iori era consciente de que buscaban destruirlo tanto cómo al resto de la humanidad. Servir como marioneta para cumplir con los deseos de una deidad qué ni siquiera podía liberarse a sí misma de un sello en una piedra no estaba en sus planes. No iba a cumplir los designios de nadie, ni los de Orochi, ni los de su clan. Esto era entre él y Kyo, y nadie más.

—Podríamos distraerlos… Una se concentra en Yata…

—Y la otra en Kusanagi.

La poca paciencia que Iori podía ejercer en una situación así estaba acercándose peligrosamente a su límite.

—No…

El tono de Iori se hizo más serio y bajo al ver como ellas jugaban su propio juego, su atención pasándose en Kyo que estaba de pie en la distancia. Esto no era asunto de nadie, Iori se encargaría personalmente de que nadie se entrometiera y ellas parecieron detectar sus intenciones, aún si todo lo que Iori había hecho era tensar el cuerpo.

Mature cerró los ojos y se volvió hasta Iori, sonriendo despectivamente.

—No te sientas mal, todavía te dejaríamos darle el golpe de gracia…

—¡Desaparezcan!

Iori invocó su fuego y atacó, pero aquellas figuras femeninas le obedecieron una vez para variar, apartándose del camino en menos de un segundo y evadiendo el ataque mientras se disolvían en una sombra negra que pareció evaporarse cual cortina de humo. Tan sólo sus risas burlonas permanecieron y el proyectil flamígero que Iori había tirado en su dirección, jamás les conectó.

 

XI

Chizuru y Kyo se abrieron camino por un largo pasillo después de haber sido recibidos por los empleados del aeropuerto y que estos comprobaron sus identidades. Al llegar al final del camino, se encontraron con el campo abierto en su mayoría asfaltado, que conformaba las múltiples pistas de aterrizaje y despegue. Kyo se detuvo un momento, respirando hondo y sintiéndose fastidiado y agotado por igual. La noche en el hospital no había sido para nada agradable, necesitaba un descanso. Y si lo que había dicho Chizuru era verdad, no sabían con exactitud la magnitud de la amenaza que estarían por enfrentar ni cuándo, así que bajar la guardia no era posible. 

Una indeseable interrupción llegó en forma de un golpe fuerte y seco a su cabeza al que el castaño no pudo anticiparse. Kyo se agachó por si venía un segundo ataque pero la confusión se apoderó de él al notar que Iori no estaba ahí y tanto él como Chizuru, se giraron a mirar a sus espaldas, igual de sorprendidos.

—Uy, perdón.

Kyo frunció el ceño al ver a Billy Kane, uno de los lacayos de Geese, volverse hacia él y encogerse de hombros, para nada afligido de haberlo golpeado accidentalmente con el sansetsukon que llevaba extendido sobre su hombro.

Billy continuó caminando, lanzando una mirada poco amistosa hacia Kyo y cambiando hacia una más afable una vez que se acercó hacia donde estaba su compañera, que lo miró con su usual inexpresión.

—Hola, Chizuru.

Ella se cruzó de brazos y su respuesta fue tajante.

—No tengo nada que discutir con él.

La mirada de Kyo paso de Billy a Chizuru y de regreso al rubio, no comprendía lo que ocurría pero se podía intuir cierta familiaridad a través de la conversación, como si no fuera la primera vez que esos dos cruzaban palabras. Sin dejar de sonreír, Billy se encogió de hombros.

—Mi jefe no opina lo mismo. Está esperándote en nuestro jet —dijo y señaló junto con el sansetsukon hacia otro avión a cierta distancia, donde un par de hombres entrajados resguardaban las escaleras de acceso—. Ya que vamos al mismo destino, quizás quieras aprovechar la oportunidad.

Chizuru negó con la cabeza, volviéndose hacia el avión frente a ellos.

—No es necesario, ya tenemos nuestro propio transporte y…

Sin siquiera permitir que su compañera terminara de explicarse, Kyo se interpone entre ambos para encarar a Billy.

—¿Que no sabes entender una indirecta? 

Billy ni siquiera hace el esfuerzo por voltear a ver a Kyo o reaccionar ante su pobre intento por sonar amenazante, su mirada sigue enfocada en Chizuru que solamente se masajea una sien. 

No tiene por costumbre volver a su jefe con las manos vacías, mucho menos cuando convencer a Chizuru ha sido una orden directa, pero se imaginaba que alguno de los dos idiotas que tenía como compañeros se interpondría en su camino. Tenía suerte de que sólo hubiera sido Kyo, eso le facilitaba las cosas. Es así que Billy decide que es momento de poner la siguiente parte de su plan en marcha.

—This is strictly a business meeting, ¿yeah? My boss is a big fan of Japanese culture, he's been meaning to invest in a temple for a while.

Sin un titubeo, Chizuru responde al acento británico de Billy con un perfecto inglés americanizado propio.

—I’m not here to discuss business, surely this can wait after the tournament.

—Aggtelek. ¿Does it ring any bells?

Kyo y Chizuru permanecen en silencio, sorprendidos por la mención de ese sitio que conocían bien. A Billy en cambio se le ilumina el rostro, con la macabra satisfacción de quien sabe que ha conseguido el efecto deseado. No conoce a profundidad los detalles de Aggtelek, pero Geese le ha sugerido que use el nombre como ficha de cambio y su jefe es el mejor negociante que conoce.

Antes de que Chizuru pueda dar su siguiente negativa hay un destello por su vista periférica y en menos de un segundo, un proyectil púrpura está viajando a toda velocidad en su dirección. No tiene problema para esquivarlo, de no ser porque algo tira de ella, haciéndola retroceder. El instinto de Billy había entrado en acción y rápidamente se encargó de escudarla tras de sí, enfrentando al proyectil con su arma, girándola rápida velocidad frente a él para absorber las llamas y dejando solamente un ligero humo. Del otro lado cerca de las puertas está Iori, parado tranquilamente con su maleta en el suelo. Los tres lo miran expectantes y Billy aprieta el agarre en su arma, preparado para lo peor.

—Oye, oye… ¡Yagami! 

Chizuru le dedicó una mirada cautelosa a Kyo que ahora estaba yendo en dirección a Iori, el cual ni siquiera parece reaccionar a sus protestas. El pelirrojo recoge su maleta del suelo y camina decididamente a abordar el avión, a grandes zancadas, ignorándolos.

—¿Are you really going to spend ten hours on a plane with those two?

Odia admitirlo, pero Billy tiene razón. El viaje a Japón es largo y la interacción que acaba de suceder, más todo lo que ha visto a lo largo de los días en South Town, parece suficiente motivo para ceder. No es como si esos dos fueran a hacer estallar el avión que los transportaría, ¿verdad? Por un momento duda, insegura de si esa fue una aseveración o un pobre intento por convencerse de que todo estará bien. 

En todo caso, si lo hicieran estallar, ella podría darse el lujo de no estar ahí para verlo o sufrir las consecuencias. No sólo eso, si Geese y sus secuaces sabían algo sobre Aggtelek, algo que ella podría haber pasado por alto y que pusiera en peligro las operaciones de su clan en una zona tan remota, quería saberlo. 

—Very well. I’ll speak with your boss.

Billy exhibe una sonrisa satisfecha y triunfal, el resultado de un trabajo bien ejecutado.

—This way please…

—¿Se te zafó un tornillo, Kagura? ¿A dónde vas?

El reclamo viene de Kyo, por supuesto. Por lo visto Iori no ha sido suficiente distracción cómo  para salirse con la suya. Tras hacer una pausa y darle una mirada de medio lado, Chizuru se prepara para cortar de tajo con la ancestral ira Kusanagi.

—Hablaremos de nuevo en Japón, disfruten de su viaje a solas.

Kyo luce perdido una vez que Chizuru le da la espalda, pero es incapaz de ir tras ella pues el sansetsukon choca contra su pecho apenas tiene la intención de dar un paso. Su mirada de desprecio no significa nada para Billy, quien con sólo una mueca arrogante en el rostro parece decirle “yo no intentaría nada si fuera tú”.

 

XII

Para ser un avión que sólo compartirían unas pocas personas, realmente no habían escatimado en gastos. Por dentro era bastante grande, algo así como una casa de tamaño más o menos decente en la ciudad. Habían al menos unas cinco azafatas a bordo que le saludaron en la entrada, y que para el alivio de Kyo también hablaban japonés. Ofrecieron una bolsa con regalos de bienvenida y una bebida de cortesía que Kyo no buscó esquivar, una especie de agua tónica o champagne. 

Pasó unos minutos charlando con todas ellas para conocer las amenidades, aparentemente había una sala de estar de asientos con amplio espacio, un bar y una cocina con un chef a bordo, incluso una habitación privada con agua caliente en la ducha. Le vendría de lujo luego de la espantosa noche que había pasado en el hospital sin regaderas y durmiendo en una silla incómoda, pero lo que Kyo realmente quería saber era el paradero del otro malhumorado pasajero que había entrado antes de él. Las azafatas se miraron y murmuraron entre sí, luego apuntaron hacia el área común, con amplios asientos divididos en dos hileras de dos. Sin embargo, el avión comenzó a moverse antes de que pudiera llegar hasta el pelirrojo y Kyo no tuvo de otra que sentarse, siguiendo el protocolo.

« Disfruten de su viaje a solas. Qué graciosa » , Kyo refunfuña en silencio haciendo gestos mientras se abrochaba el cinturón. Chizuru tenía que haber hecho esto a propósito, forzarlos a pasar horas encerrados juntos como si de ese modo pudiera obligarlos a llevarse bien. Además, no imaginaba que clase de interés podría tener Geese Howard por Aggtelek ni la clase de cosas que Billy le podría haber dicho para convencerla de irse con ellos. Kyo había distinguido algunas palabras sueltas: negocios, templo… Aggtelek… pero nada que fuera de mucha ayuda. Había hecho mal en no tomar las materias optativas de inglés cuando había tenido la oportunidad. Tendría que averiguar lo que Chizuru se traía entre manos la próxima vez que se vieran.

Ahora tenía otras cosas más inmediatas en las que concentrar su frustración, por ejemplo, los mechones de cabello rojizo que sobresalían por encima del respaldo de un asiento unos cuantos espacios frente al suyo. El culpable de que Chizuru no estuviera ahí y la razón por la que no iba a seguir mostrándose amable ni un segundo más. Suficiente había hecho ya, ¿y para qué? Todo a costa de su propia tranquilidad y sin ningún beneficio de por medio. 

Y además, ¿por qué no seguían avanzando? Tras un forcejeo innecesario sacó el teléfono celular del bolsillo de su pantalón para ver la hora, el cinturón de seguridad abrochado a su cintura acentuando aún más su desesperación. Aquello de poco le sirvió ya que se había quedado sin batería y tampoco era como si tuviera alguna idea de la hora exacta a la que habían abordado, parecía una eternidad. El piloto anunció desde la cabina qué habría un pequeño retraso en el despegue y Kyo soltó una maldición en voz alta. Se entretuvo mientras con la pantalla frente a él, mirando las opciones en el menú a bordo. Tal vez un cuenco de arroz y un pescado frito le subirían el ánimo. « No, que sean dos » .  

Una vez que el avión se deslizaba lentamente por el aire pensó que quizás debía hacer lo mismo que Iori, parecía estar dormitando y no se había movido mucho en todo el rato que Kyo le había estado observando. La tensión que sentía era demasiada como para abandonarse al sueño y Kyo se levantó en cuanto la señal de abrocharse los cinturones se apagó, acompañada de un tono que le recordó un poco al metro de Tokyo.

—¿Estarás contento ahora, no Yagami? —preguntó Kyo en voz muy alta y con tono acusador mientras pasaba por donde Iori se había ido a sentar, sin importarle si aún estaba dormido o despierto.

—No hasta que acabe contigo. 

Iori se había puesto cómodo en su lugar. Ya se había quitado el cinturón y su gabardina descansaba en el espacio a su lado que daba al pasillo. Encima de ella, algunos papeles que miraba con interés mientras jugaba con un cigarro sin encender en sus manos, como si fuera un lápiz. Parecía tan despreocupado en contraste a Kyo, que llevaba encima su fastidio como una prenda demasiado pequeña, incómoda a más no poder. Estaba acostumbrado pero ya no tenía ni el tiempo ni él aguante para sus tontos juegos. Si Yagami quería que no le diera tregua, eso sería exactamente lo que obtendría.

—¿Es que no piensas en otra maldita cosa, eh?

—Sólo en maneras de acabar contigo —cuando Iori levantó la vista del silencio sepulcral, lo hace con una sonrisa burlona ante lo que sea que veía en el rostro de Kyo.

Aquello fue suficiente para hacer que Kyo estuviera a punto de prenderle fuego al avión entero. Lo único fuerte como para cortar con la súbita tensión fue la dolorosa punzada que Iori sintió en su cabeza, obligándolo a cerrar los ojos y sostenerse las sienes. El mareo y la pérdida del equilibrio duraron apenas unos segundos, los suficientes para que el pelirrojo acabara hecho una bola sobre sí mismo, con una mano en el pecho y la otra sobre su garganta. Durante algunos segundos, Kyo se quedó anclado en su sitio, incapaz de reaccionar ante la escena frente a él. 

Tendría que haberlo dejado ahí solo en lugar de mover las hojas y la gabardina al suelo para tomar asiento a su lado. Podría estar tomando una ducha o durmiendo a sus anchas sin siquiera dedicarle un pensamiento a esto, y en su lugar, Kyo hizo un ademán para acercar una mano. Pero Iori lo alejó al instante, rechazando cualquier tipo de contacto. Cuando el pelirrojo abrió la boca para soltar una protesta, lo único que emana de ella fue una tos incontrolable.

—Ya, ya, no hables.

En medio de un suspiro resignado, Kyo alzó la cabeza al techo y se levantó con prisa a accionar las rejillas del aire acondicionado para que apuntaran al sitio donde estaba Iori. Escuchó cada quejido, tosido y ronca respiración, los espasmos de Iori a su lado hacían bailar algunos de los mechones qué caían en su rostro y los segundos parecían minutos en el medio de tanta angustia. Todo aquello le perforaba el pecho como agujas afiladas. 

Estaba hambriento, cansado y molesto, harto de la forma en la que todos parecían tratarlo como si fuera un gran estúpido. Y quizás si lo era, porque la única cosa en la que podía pensar ahora era en el malestar de Iori y en la impotencia que sentía al no poder impedir que aquello ocurriera. Pensó en pedir algo de agua o unas toallas a las azafatas, pero involucrarlas sería peligroso. En uno de los asientos de al lado había una manta sobrante de las que habían repartido al inicio y Kyo la acercó a Iori con insistencia, el cual la hizo puño con una de sus manos, acercándola a su boca. Eso era un comienzo. Se atrevió a colocar una mano en su espalda un instante después a modo de confort y esta vez no fue apartado.

Los minutos hasta que Iori se recompuso de su fingido ataque fueron largos, pero Kyo se había quedado ahí a su lado, haciendo lo que podía. Sin que lo supiera, la molestia de Iori no había hecho más que incrementarse. Cuando bajó las manos, descubriendo la parte inferior de su rostro, sus labios se torcieron hacia abajo en una clara mueca disgustada. Ese maldito necio no había entendido nada o quizás Iori no había sido lo suficientemente directo en su mensaje. La manta resbaló del regazo de Iori cuando se puso de pie y Kyo junto con él, con los brazos flotando cerca de su cuerpo por si caía de repente. Ni siquiera se dió cuenta de que no habían restos de sangre en la manta o en su cara, pese a que era obvio que estaba buscando leer su rostro. Iori alzó la cabeza por fin y por una vez Kyo no estaba haciendo un esfuerzo en ocultar la preocupación que denotaba su cara, entremezclada con una lástima que puso a Iori furioso.

—No te levantes, aún no estás… —Kyo se quedó a media frase y comenzó a retroceder bajo el peso de la mirada que el pelirrojo había clavado de repente sobre él. Algo estaba mal—, ¿Yagami?

—Eres débil —dijo Iori sin detenerse hasta que ambos estuvieron en el pasillo.

A Kyo se le cortó la respiración de golpe, entre sorpresa e indignación mientras intentaba encontrarle sentido a lo que estaba ocurriendo. La frase iba tintada de un claro tono despectivo y guardaba un parecido macabro con una que Goenitz le había dicho también.

Sin darle más tiempo a que reaccionara, Iori se lanzó hacia él para embestirlo de frente sin reparos, en un movimiento impredecible. Aun con lo inesperado, el castaño logró cubrirse y trastabilló en reversa, con Iori yendo tras sus huellas. No había manera de que alguno pudiera usar su fuego aquí a menos que quisieran causar un caos a tantos metros de altura y morir en el proceso. Aun así ambos forcejearon por un rato hasta que Iori logró propinarle un codazo en la nariz, con lo cual consiguió ventaja. Kyo se vio forzado a cerrar los ojos por el dolor pero sintió como su espalda dio con una de las paredes que daban a la sala continúa. Los abrió en cuanto sus dedos sujetaron con fuerza las muñecas de Iori, prendidas de su cuello, impidiendo que le estrangulara. Por la expresión vívida de sus ojos, era inconfundible que el pelirrojo actuaba con total consciencia, sin que Orochi ni ninguna otra fuerza le afectaran. « Tendría que haberlo dejado solo », reflexionó Kyo atrapado en medio de esa compleja situación.

—Siempre haciéndote el héroe… ¿Crees que puedes salvar a todo el mundo?

Kyo negó obstinadamente con la cabeza, misma que Iori azotó sin piedad contra la pared, que se sacudió con el peso de ambos.

—Sigue subestimándome y va a costarte caro. ¿Quieres sentirte útil? Mantente fuera de mi camino.

Sabiendo que no había otra alternativa, Kyo tuvo que asumir un riesgo para superar la situación, aunque pareciera una locura. Soltó las manos de Iori para tener mayor movilidad y esto le ayudó a torcer el cuerpo y apoyarse mejor en la pared con la espalda para mantener el equilibrio con uno solo de sus pies. El otro pie fue elevado lo suficiente para golpear a Iori justo en el pecho haciendo uso de toda la fuerza que podía, enviándolo tambaleándose hacia atrás. Aprovechando la oportunidad, Kyo propinó a Iori un par de golpes en la boca y la mejilla, suficientes para terminar de hacerlo perder el equilibrio hasta golpear el suelo.

Ahora Iori tenía una buena razón para sujetarse el pecho, el impacto le había dejado el aire y jadeando. Por su parte Kyo no había logrado recuperar el aliento todavía, pero eso no le impidió cernirse encima de Iori y sujetarlo por el cuello de su ropa, con intenciones de continuar.

—Si tengo que dejarte inconsciente, lo haré —sentenció Kyo, hincado en el suelo y blandiendo uno de sus puños al aire, dispuesto a cumplir la amenaza a golpes, ya que la tregua se había roto. 

Iori esbozó una sonrisa arrogante de aprobación, complacido con la expresión endurecida en el rostro de Kyo. Sus ojos eran obscuros y decididos, incendiados completamente. Una gota de sangre fue bajando lentamente por su nariz y hasta sus labios, sus cejas estaban fruncidas. 

Sentía una mezcla de placer y anticipación ante el prospecto de ver cómo sus ojos se iluminaban con el reflejo de las llamas carmesí a mitad de un combate, aunque el enfrentamiento tan largamente esperado no podría suceder ahí. Pero la vista era mejor de lo que cualquier otra experiencia le podría haber ofrecido, se deleitó incluso con la expresión confusa que hizo ante la risa que invadió al pelirrojo de repente.

—¿Cuál es tu maldito problema?

A Iori no se le ocurrió mejor cosa que responder con la verdad.

—Te has ablandado.

—Ja, ¿ablandarme yo? No seas ridículo —Kyo lo sacudió una vez y después lo soltó para que golpeara el suelo nuevamente.

—Entonces demuéstralo.

Apoyándose en un asiento cercano para mantener el equilibrio, Iori se levantó y se dirigió rengueando hacia su anterior asiento, arrastrando una de sus piernas por el suelo, como si nada hubiera ocurrido. Mientras Kyo le observaba moverse lentamente lejos de su alcance, su confusión le tenía en ascuas sin saber qué esperar, pero ahí no ocurrió nada más. Ni un ataque, ni un grito, ni siquiera hubo otra mirada por parte de Iori.

Mediante una patada brusca abrió la puerta más cercana a él y Kyo desapareció detrás de ella, buscando el baño a paso acelerado. Llevaba la nariz pinchada entre sus dedos y la cabeza alzada ligeramente para impedir el paso de la sangre, estaba tan tenso como un arco, tanto que estaba apretando con demasiada fuerza y haciéndose daño innecesariamente. 

Estuvo a nada de estrellarse contra una azafata que no había notado, detenida en mitad de su camino. Ambos intercambiaron miradas de perplejidad, cada uno por la súbita presencia del otro. Sin mediar palabra, ella le entregó a Kyo una pequeña caja de comida, con sus temblorosas manos extendidas hacia él para crear cierta distancia. Era claro que estaba asustada y el castaño se forzó a actuar lo más normal posible para facilitarles las cosas a los dos. Sin embargo, en cuanto le dio las gracias, la mujer desapareció rápidamente por la misma puerta por la que había entrado Kyo. Tal vez debería haberle advertido, aunque era muy poco probable que Iori supusiera ningún peligro para una persona inocente o… « Al diablo con eso », pensó para sí. De todas formas, ¿qué sabía él de Iori? Kyo soltó un suspiro y la fachada de normalidad al mismo tiempo. 

Al observar a su alrededor se dio cuenta que había llegado hasta el bar y que este se encontraba completamente vacío. Parecía un buen refugio temporal en medio del caos que acababa de pasar.

Al dejarse caer en un taburete, deslizó el plato de comida por la barra, manteniéndolo deliberadamente fuera de su alcance. Tras comprobar que su nariz había dejado de sangrar, se frotó la sien con una mano mientras intentaba poner algo de orden en sus pensamientos. ¿Acaso Iori había perdido la maldita cabeza? ¿Qué pretendía con todo eso? La ira sin sentido de Iori más o menos habitual, pero esta vez tenía un matiz distinto. 

Había una sensación de desesperación en sus acciones, como si estuviera luchando por algo más que sus frustraciones habituales, sin mencionar que ese achaque parecía haber sido sólo una treta. ¿Qué sentido tenía todo aquello? Si lo que quería era un conflicto, ¿no habría sido más sencillo pelear desde un inicio? Su mente daba vueltas a las preguntas, sin tener respuestas claras todavía.

La adrenalina comenzaba a disiparse, abriéndole el paso a una oleada de agotamiento. Cada músculo de su cuerpo parecía estar gritando en protesta por el esfuerzo reciente, pero salvo el golpe de la nariz y las marcas que pronto serían visibles en su cuello, Kyo se encontraba bien. No era habitual que los encuentros entre ambos acabaran así a menos que hubiera una buena razón y razón era de lo que más carecía este asunto. Iori había roto la tregua pero aquello no resultó en nada, algo que se le estaba escapando, alguna verdad oculta tras aquella agresión.

Respirando lenta y largamente, Kyo trató de tranquilizarse. El clima en el bar era fresco y servía de respiro contra su cansancio físico, mas no el emocional. La palabra " débil " resonaba en su mente, un eco del desprecio de Goenitz que por alguna razón calaba más hondo en boca de su rival. ¿Iori realmente creía que él se había ablandado? 

Mientras meditaba sobre esto, su mirada se desvió hacia el espejo detrás de la barra frente a él. Su reflejo revelaba ojos cansados, rastros de sangre en la nariz y una expresión de desconcierto que le parecía ajena. Era como si estuviera mirando a un desconocido. Las palabras de Iori comenzaron a hacerle algo de sentido ahora, ¿Podría ser que hubiera perdido algo de su carácter al haberse preocupado de más?

De repente, la respuesta que parecía haber estado buscando cruzó su mente. ¿Y si la agresión de Iori era una forma retorcida de ponerlo a prueba? De desafiarlo a demostrar que no había perdido su esencia. La idea era completamente absurda, pero con Iori y su afición por actuar de manera impredecible, nada podía descartarse. 

De ser así, tenía algo en mente para probarle cuan equivocado estaba, pero para eso tenían que llegar a Tokyo todavía. No pelearían inmediatamente, tendría al menos un día completo para reponerse y por suerte podría pasar el siguiente resto de horas descansando. Tras levantarse con decisión para buscar la habitación donde pudiera relajarse, el plato de comida que había hecho a un lado llamó su atención y el estómago le rugió de repente. Kyo suspiró, también tendría que comer.

 

XIII

—¿De qué tanto hablaste con Geese?

Kyo cae a su lado de forma repentina, sosteniendo un jugo de naranja en la mano recién exprimido de algún combini. Chizuru le lanza una mirada fulminante arqueando una ceja, en parte molesta por la intromisión, en parte porque lo que sea que haya discutido con Geese, no es asunto de Kyo. Quizás en son de paz, Kyo coloca un vaso sellado con jugo al lado de ella, esperando que el gesto fuerce a que Chizuru se preste un poco más a la conversación. Al ver que ella picó el anzuelo al tomar su ofrecimiento de buena gana, Kyo escondió una sonrisilla de contento tras un trago de su bebida.

—Nada resaltable. Negocios.

Nada resaltable… 

Tan sólo por el tono recriminante Chizuru puede intuir que Kyo no le cree en lo más mínimo, aunque esté diciéndole la verdad. A modo de agradecer el inesperado regalo, Chizuru decide ahondar un poco más. Sólo un poco.

—Estaba interesado en adquirir algunos de los terrenos de los Kagura, cerca del cráter.

—Ese maldito… —las amenazas de Kyo se ahogan en un trago corto de su bebida tras el cual se endereza de golpe de su asiento, cayendo en cuenta de algo. El berrinche le ha durado poco—, espera, ¿tienen terrenos cerca del cráter?

—¿Y de qué otra forma íbamos a poder acercarnos sino?

Kyo parece haber sido tomado desprevenido ante esa revelación, pero la sorpresa es sustituida al momento por otro de sus clásicos reproches.

—¿No le cediste nada a ese infeliz, verdad?

Chizuru gira la cabeza para darle una de esas miradas irritadas que más bien serían propias de Yagami, insultada ante semejante acusación.

—Por supuesto que no. Pero le convencí de donar algunos tooris para el templo.

Esta vez Kyo ni siquiera alcanza a dar su trago en paz y de su boca emana un sonido de amarga sorpresa.

—¿¡Qué!? ¿Con el dinero de ese sujeto?

—No espero que lo entiendas.

Kyo hace una mueca de desaprobación pero Chizuru ni se inmuta. En lugar de eso, se distrae mirando la bandita adhesiva color piel que Kyo he colocado en el puente de su nariz y que no recuerda haber visto antes.

—¿Qué tal estuvo el viaje?

Kyo se quedó de boca abierta y con un dedo acusador que de puro milagro no blandía una flama apuntando a Chizuru, pero el reproche que estaba a punto de soltar quedó ahogado por la voz del anunciador del torneo que se sobrepuso por encima de su conversación y del bramido de los espectadores. Tanto Kyo como Chizuru enfocan su vista hacia el escenario, hoy adornado con piedras emulando un paraje de ruinas abandonadas en medio del desierto. La sede esta vez es el estadio nacional de Japón, en el barrio de Shinjuku. Es una de esas mega estructuras reservadas para eventos olímpicos y atléticos de diversa índole, colmado hasta más no poder de personas que han venido a ver el espectáculo. 

A lo lejos, Chris, Yashiro y Shermie habían hecho su entrada al mismo tiempo, portando instrumentos musicales y micrófonos, preparados para lo que parecía más una actuación que un combate serio, ante la mirada atónita de todos. Algunos fuegos pirotécnicos volaron por los aires y el vibrante chirrido de una guitarra comenzando una canción, hicieron a la audiencia enloquecer.

Al escuchar un claro sonido despectivo a su espalda, Kyo echó una mirada fugaz hacia Iori, que se había aparecido de repente. El pelirrojo tenía la vista al frente, interesado en la actuación de sus rivales por enfrentar. El interés pronto se transformó en desprecio.

—Qué pérdida de tiempo.

Iori se cruzó de brazos y movió la cabeza a un lado con los ojos cerrados.

—Vaya, nunca creí que estaríamos de acuerdo en algo —dijo Kyo, poniéndose de pie para estirarse perezosamente de cuerpo completo—, por cierto: yo pelearé primero.

Iori abrió los ojos y le miró sin expresión alguna, Chizuru también hizo lo mismo pero con algo de angustia. Sabía que Kyo era impulsivo y obstinado, lo que menos necesitaban en un momento como éste era tomar decisiones precipitadas 

—Tal vez deberíamos…

—Ni lo sueñes, Kagura —mientras Kyo niega rotundamente, acomoda la bandana con firmeza sobre su cabeza, preparándose—, ¿qué? ¿nerviosa? Tampoco espero que lo entiendas.

—Kyo, esto no es un juego…

—Oh, sí que lo es. Va a ser pan comido.

Discutir iba a ser inutil. Kyo no era de los que se detenían ante un desafío, especialmente cuando se trataba de demostrar su habilidad frente a su eterno rival, que con las manos en los bolsillos y un cambio de peso en las piernas, había adoptado una postura arrogante. Como si no le importara el peligro que representaba, Kyo acortó la distancia entre ambos mientras se ajustaba los guantes.

—Espero que no te aburra calentar la banca por el resto del día, Yagami.

—Ya veremos.

Hubo una pausa que ni siquiera Chizuru se atrevió a interrumpir. El intercambio de miradas fue breve pero intenso, suficiente para hacer que una ardiente determinación se encendiera en los ojos de Kyo, haciendo a los de Iori destellar en consecuencia. No habían mediado palabra alguna desde el viaje en avión pero tampoco había necesidad de ello, no mientras hubiera algo de lo que encargarse primero.

A paso casual, Kyo caminó hacia el centro del ring. Le recibieron los ánimos del público, que pasaron desapercibidos para él. A lo lejos, los tres oponentes se giraron al unísono para evaluarlo y fue Chris, con una sonrisa inocente y las manos detrás de la espalda, quién se abrió camino al frente. Mientras, Yashiro y Shermie adoptaron una postura relajada.

—¿Empezamos? 

—Espero que hacerte el inocente se te de tan bien como pelear.

Al momento en que había visto a Chris, Yashiro y Shermie dar la cara al público con ese bochornoso espectáculo musical, Iori supo que algo raro pasaba. Ninguno de ellos portaba el aura oscura y siniestra de Orochi que él conocía tan bien y su actitud era… diferente. Parecían genuinamente animados por estar ahí, sin ninguna influencia externa o aparentes pretensiones ocultas. Su sangre maldita hoy estaba inusualmente contenida también, la presencia de esos tres no generó ningún tipo de malestar. 

Desde donde estaba, Iori observaba el combate con su habitual expresión de desdén, sus ojos rojos centelleaban con silenciosa expectativa mientras seguía cada movimiento en el escenario. Pese a que Chris superaba a Kyo en agilidad y velocidad, el castaño se mostraba enfocado, un paso por delante de su oponente en todo momento. Cada movimiento estaba calculado, cada golpe, certero, una estrategia diseñada para no desperdiciar energía pero que le costaría algo de aguante al bloquear y esquivar más de lo que atacaba. 

Pero le funcionaba. Cada que abría una brecha en su defensa, Kyo la aprovechaba para atacar con su fuego y tras unos cuantos intercambios, era claro que Chris estaba comenzando a agotarse. Fue ahí cuando Kyo tomó la ofensiva con una combinación de patadas y golpes que fue esquivada por poco, seguidas de una muy clara finta que Chris no pudo prever. Cayó en la trampa y Kyo reunió todo su poder en uno de sus puños, lanzando un estallido de llamas que envolvió a Chris hasta quedar inmóvi en el suelo.

Kyo, con algo de sudor corriendo por su frente y la respiración acelerada, asintió para sí mismo y la audiencia celebró su triunfo con aplausos y gritos de euforia. Dio un vistazo a su alrededor y su mirada encontró a Iori por inercia, observando fijamente. Parecía no haberse movido en todo el rato y eso era motivo de más para seguir.

—El heredero del clan Kusanagi, ¿eh? —Yashiro se golpeó el puño contra la palma abierta de su mano varias veces mientras se acercaba a tomar su puesto y la atención de Kyo se centró en él—, ¿no será una exageración para alguien de tu calibre?

—Hablando de exagerar, ¿siempre son así de ridículos en sus entradas o eso es un nuevo don de Orochi? —respondió Kyo con una media sonrisa incrédula.

La mención a Orochi hizo que la sonrisa de Yashiro se ensanchara aún más.

—Pareces estar ansioso por perder.

—Por perderte de vista nada más.

Yashiró soltó un pisotón que hizo retumbar ligeramente la tierra bajo los pies de Kyo y ambos adoptaron sus posturas de combate. La colisión inicial fue brutal, creando una onda de choque que resonó fuertemente por todo el estadio. Los puños de Yashiro eran tan fuertes como rocas, pero Kyo no sólo los resistió, sino que los igualó gracias a la potencia misma de su fuego. La audiencia observaba atónita ahogando gritos de asombro, era todo un espectáculo. Los golpes y patadas de Kyo parecían imbuidos de una intensidad y determinación férreos, no solo para derrotar a su oponente, sino también para superar cualquier expectativa.

El combate alcanzó la cúspide cuando Kyo desató un remolino de fuego impulsado por su mismo cuerpo, las llamas carmesí envolvieron a Yashiro por completo, haciendo que retrocediera. Con un último gran esfuerzo, Kyo lo tomó con la guardia abierta para conectar el golpe final que envió a Yashiro directo al suelo, incapaz de continuar. 

Esta vez Kyo no se volteó hacia atrás, en cambio se quitó la chaqueta, lanzándola hacia un lado. Luego simplemente se dejó caer sentado en el suelo para recobrar el aliento durante el cambio de oponente, detalle que le valió las risas de casi todos los presentes. 

Iori no le vió la gracia. 

—¿Por qué desperdiciar tanto esfuerzo en estos payasos? —murmuró para sí mismo, sus palabras cargadas de irritación, aunque nadie fuera a oirlas.

Pocas había visto a Kyo tan decidido, tan centrado en superar cualquier obstáculo que se interpusiera en su camino. No podía evitar sentirse frustrado al ver a Kyo tan dispuesto a lanzarse a una pelea que no fuera la que ambos tenían pendiente, sintiendo que algo que le pertenecía sólo a él le estaba siendo arrebatado. Ese idiota realmente pretendía enfrentarlos a todos el solo, desafiando las posibilidades de salir bien librado de un encuentro tan crítico y, en cierto modo, desafiándo a Iori también.

—¿Quién sigue? 

Kyo se puso de pié con dificultad aunque su grito fue potente. Sacudió la tierra de sus ropas y la audiencia chilló de nuevo, esta vez por la presencia de su siguiente y último oponente. El contoneo de sus caderas al andar y la vestimenta atrevida arrancaron toda clase de suspiros y gritos en las gradas, los cuales Shermie incitó aún más cuando se dio la vuelta y lanzó besos al aire.

—Te ves adorable cuando estás cansado, minino —como Kyo no supo qué responder a esto, alzó los dos puños a la altura de su pecho y se plantó bien al suelo, su rostro reflejando seriedad—, y cuando estás molesto también. ¿Firmarías mi revista después que acabe contigo?

Esta vez Kyo se desenvolvió en combate con mucha más agilidad, muy al contrario de lo que habían sido sus primeros combates. Desató su poder en rápidos ataques envueltos en llamas, la mayoría de ellos haciendo uso de las piernas, con una pericia que impresionó incluso a sus compañeros de equipo. Pero no era casualidad, Iori estaba al tanto. 

Su rapidez le permitía esquivar los agarres con mayor facilidad mientras que con las piernas contrarrestaría la fuerza de las de ella. Todo lo que bastaría para terminar con el combate fue encontrar el momento perfecto, justo antes de que el cansancio se sobrepusiera. Ella conectó un golpe en su cara, con el que pretendía saltar sobre él e inmovilizarlo con las piernas. Quizás le hubiera funcionado de no haber estado buscando conectar el mismo movimiento varias veces antes, sin éxito. Kyo se agachó justo a tiempo haciendo que el salto fallara y ella cayera al suelo, donde estaba vulnerable al fuego de Kyo y de ahí, no pudo volver a incorporarse.

En cuestión de minutos, Kyo había derrotado a Chris, Yashiro y Shermie por su cuenta, dejando a la audiencia y los anunciadores en un estado de asombro total. La multitud estalló en vítores, pero Kyo no se dejó llevar por la misma euforia. En su mente, esto no era más que un preludio para algo mucho más grande. Algo más importante.

Kyo asintió frente al micrófono que habían puesto frente a él, sin que esperaran a que retomara el aliento. Su respiración entrecortada resonó por el estadio, los aplausos se hicieron cada vez más débiles, con todo el mundo expectante de lo que Kyo estuviera por decir.

Se tomó su tiempo, el sudor que ya había empapado su bandana escurriéndose por su frente, por los costados de su cabeza y su espalda. Sus ojos escudriñaron a la multitud, seguro que más de uno se dio por aludido de tener su atención por al menos un momento. Tras unos segundos ubico aquella figura desgarbada, envuelta en la gabardina guinda y con esos mechones rojizos inconfundibles que se encaminaba con lentitud por entre un costado para ir en dirección a la salida. Sólo entonces, Kyo habló, esbozando una sonrisa juguetona al ver como la figura se detenía al sonido de su voz.

—Fue un buen calentamiento… para la pelea final.

El público aplaudió el alarde entre risas y entusiasmo, ajenos al hecho de que Kyo ni estaba hablando del torneo siquiera. 

Por más que Iori intentaba guardar las apariencias, no podía negar que algo dentro de él había cambiado esa tarde. Se sentía extrañamente satisfecho luego de lo que había visto en la arena pero no permitió que el sentimiento le desviara de su objetivo principal. 

El torneo continuó su curso, pero para ambos, la batalla más importante de todas no sucedería hasta que todo hubiera concluido, lejos de las cámaras y el ojo público.

 

XIV

Conforme el sol comienza a ponerse, multitud de destellos flameantes de colores púrpura y carmesí brillan a lo lejos, ofreciendo un espectáculo casi pirotécnico que jamás se había observado en las praderas montañosas de Aggtelek. Algunos de los miembros del clan Kagura se toman un momento para detenerse a observar con curiosidad antes de continuar con sus tareas habituales. La única que mantiene la vista fija es Chizuru, que haciendo uso de unos binoculares, vigila que el sello no se vea perturbado por la improvisada pelea que sucede a unos pasos de distancia. 

A estas alturas, verlos atacarse con semejante rudeza y determinación ya son noticias viejas, otro de tantos enfrentamientos sin sentido para los que ese par viven. Es seguro asumir que ninguno morirá ese día, tan seguro como que no será la última vez que se enfrenten, pero eso no lo hace menos preocupante. A sabiendas de que el nuevo sello está tan cerca de ellos, el poder de sus ataques sólo parece aumentar al segundo, cada técnica usada haciéndose más fuerte que la anterior. Algunos de los miembros de su clan se le habían acercado anteriormente para preguntar si era seguro que todo eso estuviera ocurriendo a una distancia tan corta del lugar que se suponía estaban protegiendo. 

Era seguro… probablemente

Chizuru no tuvo más remedio que contestar con un sí, no habría poder humano que pudiera intervenir de todas formas. Para la propia seguridad de los demás, Chizuru había recurrido a una mentira piadosa, alegando que la pelea no era más que un ritual entre clanes que debía ocurrir a toda costa. Pensándolo fríamente, no estaba mintiendo del todo.

—¿Señorita Kagura, ha pedido verme?

Uno de sus hombres de confianza y al que ha colocado como líder de la pequeña expedición que se quedaría en Hungría se le acerca por la espalda y se detiene a una distancia respetuosa. Chizuru baja sus binoculares y los pone en una mesita exterior cerca de ella para poder encararlo.

—¿Está todo bien?

—Todo en orden —dice Chizuru, y como si estuviera ensayado para hacerle perder credibilidad, una colorida explosión de fuego brilla a sus espaldas y en los ojos de su hombre de confianza, que se limita a tragar saliva. Ella suspira—, hagan preparativos para recibir visitas esta noche.

La preocupación en el rostro del hombre no vacila, se intensifica una vez que sus ojos hacen un rápido vistazo a la pelea que está ocurriendo en el horizonte y de vuelta hacia el rostro de Chizuru, que permanece imperturbable, como si nada malo estuviera ocurriendo.

—¿Dos habitaciones con futones serían suficientes…?

Chizuru se da la vuelta al mismo tiempo que un par de gritos a coro se oyen en el fondo, acompañados de algunos destellos más. Dos columnas de fuego que parecen serpentear la una sobre la otra culminan en una nube de fuego que luego se consume a gran altura. Una sonrisa pequeña aparece en el rostro de Chizuru como preámbulo a su respuesta.

—Dos futones y una sola habitación.

 

XV

El sol está terminando de ocultarse por entre las montañas, tiñendo de un degradado rojo y rosado el cielo despejado. Algunas flamas dispersas prenden el césped alrededor de ambos, consumido casi en su totalidad en una circunferencia considerable. El frío se da a notar en el vaho que emana de la boca de ambos, la pelea se ha extendido más que de costumbre, las inclemencias del clima pasaron a segundo plano hace bastante.

—¿Ya tuviste suficiente por hoy?

Palabras audaces de quién acaba de lanzar uno de sus ataques más fuertes y ahora tiene dificultades para mantenerse de pie. Pero obtener sólo un ceño fruncido de Iori es la única respuesta que Kyo necesita, es obvio que está tan agotado cómo él. Y aún así ninguno de los dos parece estar interesado en detenerse o ceder.

Iori se lanza hacia él, tan rápido como sus piernas cansadas se lo permiten. Los desgarros que tira siguen siendo fuertes y peligrosos, rodeados de fuego que amenaza con conectar incluso a la distancia. Debería ser tarea fácil esquivarlos pero a Kyo le cuesta ganar el suficiente espacio, presa del mismo agotamiento. 

Contrarrestar un ataque con otro parece el camino más efectivo, pero la sincronización es quizás demasiado perfecta y con un sonido agudo el puño envuelto en llamas de Kyo es detenido por la palma abierta de Iori que buscaba desgarrar con un potente rasguño.

A los dos les toma desprevenidos y sus miradas se cruzan fugazmente. La sorpresa en el rostro de Kyo es más notoria y hace que Iori se sonría en excesiva confianza y con decisión, de una manera que hace que Kyo se sienta repentinamente insultado. Y de pronto hay un acuerdo implícito entre ambos, como si el que saliera mejor parado de aquél agarre fuera también el ganador del enfrentamiento. Quizás esto hace que Kyo empuje más fuerte, las llamas en su mano cobrando tanta fuerza que su antebrazo se pierde completamente entre el fuego.

—¿Qué pasa Yagami, tu cuerpo está débil?

Otra provocación que tras la que Iori permanece en silencio pero su cuerpo tampoco se vence, el empuje es respondido con la misma fuerza, sus llamas púrpuras se intensifican al momento y por el largo de la manga de su saco. Una llamarada larga y avivada danza por sobre la unión en las manos de ambos. Los dos son demasiado obstinados para apartarse y cuando Kyo se mueve para empujar con todo el peso de su cuerpo, Iori es la fuerza opuesta que lo contrarresta. 

El resultado es más o menos esperado. La combinación de sus fuegos culmina en una explosión de mediana intensidad, justo antes de que el dolor se volviera insoportable. Los dos son empujados hacia atrás y las suelas de sus zapatos derrapan ruidosamente por entre la tierra y el césped chamuscado.

Kyo inspecciona su brazo enseguida, la manga de su traje ha desaparecido casi por completo, dejando un harapo de tela y cuero que despide un olor a quemado junto a un pequeño humo. Quizás lo más preocupante es ver la quemadura, una gran zona de su brazo ha sido afectada y continuar peleando así podría provocar daños irreparables. 

Esto le lleva a alzar la vista hacia Iori que, luciendo con heridas similares en su brazo opuesto, tiene los ojos fijos en los suyos. Ni siquiera parece consciente del daño que ha recibido él mismo o quizás no le importa, está sonriendo complacido, una sonrisa lúgubre de la cual comienza a emanar un muy ligero hilo de sangre unos segundos después. 

Es ahí cuando Kyo decide que la pelea ha llegado a su fin, pero llevarla a término es una tarea mucho más compleja que simplemente decidirlo por su cuenta. 

Su siguiente movimiento le merece la mirada atónita de Iori que, aún al sentir el sabor cobrizo de su propia sangre en la boca, se queda perplejo cuando lo ve bajar los brazos y caminar hacia una zona que no hubiera sido quemada por las llamas del combate. Completamente despreocupado, como si un descanso hubiera estado pactado. El castaño negó con la cabeza y se sonrió también al notar que Iori había bajado los brazos, comenzando a acercarse con dificultad hacia donde estaba.

—Deja de jugar —entre jadeos, Iori se detiene cerca de la enorme roca que ahora funge como sello—, no vas a regalarme una victoria.

—Dijiste que lo único que te importaba era matarme, ¿verdad? —Kyo se relame el cabello húmedo por el sudor hacia atrás y encuentra la mirada de Iori al terminar. Cuando el pelirrojo entrecierra los ojos, los de Kyo lo imitan de manera inconsciente—, si aún sigo vivo, no has ganado todavía.

—Entonces cállate y pelea —ordenó con voz grave y peligrosa.

La amenaza es real, pero Kyo hace oídos sordos para tumbarse en el césped, con los brazos extendidos y los ojos cerrados, su pecho subiendo y bajando al compás de su respiración.

—He aprendido a elegir mis batallas, Yagami. Y ahora mismo, esta no es una de ellas.

—Tú no decides cuando parar.

—¿Vas a decirme que podemos continuar así? —Kyo levantó su brazo herido como carnada y la expresión en el rostro de Iori cambió de golpe, absorto en las heridas que Kyo luce girando su brazo sobre su eje. Con la misma mano, hizo un ademán hacia el de Iori, que por primera vez notó el daño en su propio brazo y el ardor que el aire ejercía sobre su lastimada piel. Ambas heridas eran idénticas—, ninguno va a acabar con el otro así. Si no atendemos esto, no podremos enfrentarnos de la misma manera la próxima vez, ¿no crees?

« La próxima vez… ».

Iori supuso que había algo de razón en sus palabras.

Kyo apenas puede ocultar su asombro cuando lo ve tomar asiento al lado suyo. La energía de su rival es ahora tan fuerte como nunca, resonando en armonía con la de su propia reliquia y provocándole un cosquilleo interno que solo los encuentros con el pelirrojo le hacen sentir. Era una sensación placentera.

La noche les había caído de repente, trayendo consigo un cielo obscuro salpicado de estrellas, algo que Kyo no había podido disfrutar desde los meses de entrenamiento entre las montañas. Estaba solo en ese entonces, ahora Iori estaba a su lado, sentado y quieto, con las piernas flexionadas y los codos en las rodillas, su vista perdida en el horizonte mientras recobraba el aliento. Kyo aspiró profundamente el aire fresco de Aggtelek, salpicado de un olor a quemado al que estaba acostumbrado y sintió de pronto como una satisfacción tranquila lo embargaba. De alguna u otra forma, las cosas habían caído en su lugar.

—¿No piensas acabar conmigo nunca, verdad? —dice Kyo de repente, con seriedad.

—Lo haré cuando me dé la gana —el castaño hace un sonido interrogante como respuesta a eso y la perezosa inflexión hace que Iori resople fastidiado—, no hagas que me arrepienta de haberte dejado vivir.

El tono de Iori es severo y serio al responder, podría intimidar a cualquiera que no estuviera acostumbrado a escuchar la misma amenaza durante más de una decena de años. La energía del magatama reverbera con cada burla sin importar cuán obvia sea y Kyo pareció entender de repente por qué Iori había pasado todos estos años provocándolo a propósito. Dios, quizás sin querer ambos habían adquirido cosas el uno del otro. Parece todo tan absurdo que Kyo se echa a reír, ante la mirada atenta de Iori que sigue cuidadosamente cada uno de sus gestos.

—No te lo pondré fácil —murmuró Kyo después de un rato, era un desafío y una promesa a la vez.

Volvió el rostro hacia Iori, una chispa retadora se mantenía viva en sus pupilas. Por fin los ojos de Kyo reflejaban aquello que tanto ansiaba ver, una mentalidad seria y comprometida, no una simpatía humillante, ni una lástima tras el velo de una burla. Era una sensación placentera.

—Bien.

Los labios de Iori esbozaron una media sonrisa, había una muy ligera calidez suavizando las duras líneas de su rostro. Aquella era una rara muestra de algo que casi se parecía a la camaradería, pensamiento que llevó a Kyo a buscar la hoja antigua de bitácoras que había guardado en su chaqueta… sólo para descubrir que el bolsillo había sido arrancado, y la hoja, reducida a cenizas negras. 

Acto seguido, hurgó entre sus pantalones, buscando algo más: Una pequeña libreta arrugada que escondía un lápiz entre el resorte de metal, la que ocasionalmente usaba para anotar alguna buena idea. Ahí, hizo un espacio al final para anotar la fecha y escribió: 

“Frente a frente, como el día y la noche. Lado a lado, más cómo el cielo infinito”.