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Season of Memories

Summary:

"Cada estación trae consigo un recuerdo memorable. Otoño le arrebato una amistad, invierno le dejo una herida, primavera le mostro el deseo... y el verano, su única tregua, termino por romperle el alma."

Notes:

Los personajes no me pertenecen, derechos a su respectivo autor.
*Esta historia tiene relaciones M/M sino te gusta este género, te recomiendo saltarte la historia y evitar malos comentarios a la misma.

Holaa, esto es una historia torpe, de yo teniendo ganas de crear un romance trágico sin final feliz. Así que no esperen gran cosa, es mucha narración poética y tragedia romántica jaja. Igual espero y le den una oportunidad:)

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Severus siempre ha sido una persona perspicaz. Nunca olvida una fecha, por más insípida que sea. Es como si su mente tuviera un calendario invisible, uno donde los recuerdos más punzantes se marcan con tinta indeleble, reapareciendo año tras año con una precisión cruel. 

Cada otoño, cuando las hojas comienzan a oxidarse y a desprenderse de las ramas con una resignación melancólica, Severus recuerda. Es imposible no hacerlo. La brisa fresca trae consigo el eco de aquel día, el instante en que su amistad con Lily Evans se rompió para siempre. El crujir de las hojas bajo sus pasos es como el sonido de las palabras que no pudo retirar, de las miradas que no pudo sostener. No importa cuánto tiempo pase, cada vez que el cielo se tiñe de tonos dorados y rojizos, el dolor regresa. No puede evitarlo; su memoria lo ha fijado en su interior como un recordatorio implacable. 

El invierno, en cambio, lo arrastra hacia otra ausencia. El frío, que se cuela por cada resquicio, que muerde la piel y entumece los huesos, le recuerda a su madre. A lo último que le dijo antes de morir. A la calidez de su mano rozando su rostro, una caricia tardía, frágil, un gesto que no volverá a sentir en esta vida. A veces, en las noches más heladas, se pregunta si el tiempo ha desdibujado la sensación de aquel tacto, si su piel olvidará la única ternura que llegó a conocer. 

La primavera, en cambio, trae consigo un recuerdo diferente. Es una estación que no debería pertenecerle, demasiado vibrante, demasiado llena de vida para alguien como él. Pero aun así, cuando el aire se impregna del aroma a tierra húmeda y flores recién nacidas, cuando el sol entibia las paredes de piedra y los campos reverdecen con descarada intensidad, su mente viaja a un momento que nunca imaginó vivir.

La primera vez que él y Lucius se encerraron en un armario de escobas. La primera vez que alguien eligió estar tan cerca de él, rozar piel con piel sin asco ni desdén. Fue algo inesperado, furtivo, casi irreal. La penumbra del armario se sintió como un refugio, un espacio donde no era Severus el marginado, el extraño, sino alguien digno de deseo. Nadie le había enseñado que su cuerpo también podía ser querido, que su piel también podía provocar estremecimientos en otro. Y cada primavera, cuando el mundo florece con una osadía que él nunca ha tenido, ese recuerdo vuelve, tibio y palpitante. 

Severus jamás podrá olvidar esas fechas. Porque son simplemente importantes para él. No porque quiera atesorarlas, sino porque su mente se aferra a ellas con la tenacidad de una maldición. Son cicatrices invisibles que el tiempo no puede borrar, estaciones que se suceden sin tregua, como si el universo se empeñara en recordarle que hay momentos que, por más que intente, nunca podrán desvanecerse.

Aunque, aún sobraba el verano... el verano era distinto.

No había en él un rastro de nostalgia punzante ni recuerdos que lo encadenaran a lo que fue. No lo envolvía el frío melancólico del invierno, ni lo acechaba la frescura erótica de la primavera, ni las hojas muertas del otoño susurraban su desgracia al caer. El verano era la única estación donde podía respirar, libre de la sombra de su propio pasado.

El calor acariciaba su piel sin exigirle nada a cambio, la luz del sol no proyectaba fantasmas en el suelo. Era solo él, bajo un cielo despejado, con el sonido de los insectos y el olor a hierba seca flotando en el aire. No había fechas marcadas en su memoria, ni voces susurrándole al oído. Solo la tibieza del viento, el murmullo lejano del río, la sensación de existir sin la carga de lo que fue.

Y aunque nunca lo admitiría, en esos días dorados de verano, Severus se permitía un lujo que de otra forma no conocía: la paz.

 

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Primavera

 

 

La vida fuera de Hogwarts era distinta. No mejor, no peor, solo diferente. 

Severus había cruzado las puertas del castillo siendo nada. Un paria, un rostro prescindible entre cientos de estudiantes con destinos preescritos. No tenía riquezas que le abrieran caminos, ni un apellido que susurrara respeto. Su única virtud era la magia, pero incluso eso parecía insuficiente cuando el mundo le exigía más. 

Sin embargo, cuando dejó Hogwarts, ya no era solo un estudiante más. No tenía grandes fortunas ni un estatus incuestionable, pero había aprendido a construir algo igual de valioso, presencia. Y en ciertos círculos, eso valía más que el oro. 

La primavera llegó como siempre, envuelta en su perfume de lujuria. 

Lucius lo había invitado a su mansión familiar en el norte del país, un lugar rodeado de colinas esmeralda y cielos tan abiertos que parecían devorar el mundo. Para entonces, Lucius ya no era solo el joven aristócrata de cabello pulcro y palabras encantadoras. Era un hombre consolidado, con poder tanto en la política como en la clandestinidad. Un mortífago influyente, un estratega en los negocios mágicos internacionales, un nombre que resonaba con respeto y temor en igual medida. 

Severus lo asistía en ciertos asuntos. Pequeños encargos, le gustaba pensar. Clasificar pociones raras, identificar ingredientes en pedidos sospechosos, evitarle pérdidas innecesarias. Detalles que, aunque modestos, hacían la diferencia entre cerrar un trato próspero o ser embaucado por comerciantes oportunistas. 

Le gustaba ser útil. No solo por el dinero que ahora le pertenecía y que le otorgaba cierta dignidad en el mundo. No solo por la estabilidad que su presencia a su lado le brindaba. Le gustaba porque Lucius lo necesitaba.

Y sobre todo, porque le encantaba la manera en que Lucius le agradecía sus servicios.

"Quiero que me folles."

La voz de Lucius rompió el silencio de su oficina con un tono tan autoritario como desesperado. Severus apenas tuvo tiempo de empujarlo contra el escritorio antes de que el rubio se aferrara a él con la urgencia de alguien que lleva demasiado tiempo conteniéndose.

Era un día brillante, inusualmente claro para un encuentro como este. La luz dorada se filtraba por los ventanales altos, iluminando la estancia con una calidez casi irónica. El santuario del hombre de negocios, el lugar donde se cerraban tratos millonarios y se decidía el futuro de generaciones, convertido ahora en el escenario de su deseo más primario.

Lucius Malfoy, el hombre imponente de las alto estatus, suplicaba como un mendigo en celo.

"Oh, vamos, Luc," Severus sonrió con lentitud, disfrutando del momento, saboreando el poder. "Sabes mejor que nadie que así no se piden las cosas."

Era un juego que conocían bien. Ante el mundo, Lucius era intocable, frío, inquebrantable. Pero con él, con Severus, la máscara se desmoronaba. Y no importaba cuántas veces lo viera inclinarse, aferrarse a su ropa, pegarse a su cuerpo con necesidad evidente, nunca dejaba de ser embriagador.

Las manos de Lucius ya estaban en sus hombros. Su voz descendió a un susurro, su aliento cálido contra su oído, la entonación exacta entre súplica y provocación.

"Fóllame, por favor." Una pausa cargada de deseo. "Necesito sentirte tan profundo que mañana no pueda caminar."

Severus cerró los ojos un instante, atrapado en la intensidad de esa imagen. La rendición de Lucius Malfoy, un espectáculo reservado solo para él.

No sabía si aquello era algo en lo que pudiera confiar, si esta relación seguiría deslizándose con la misma facilidad entre el placer y la costumbre. Pero en este momento, nada importaba más que el cuerpo contra el suyo, la piel caliente bajo sus manos, la súplica disfrazada de exigencia en aquellos labios.

Lucius gimió cuando Severus tomó un puñado de su cabello rubio, jalándolo con firmeza para apartarlo de su oído. Un recordatorio de quién tenía el control. Sus miradas se encontraron. Lucius no protestó, no se molestó. Solo lo miró con ojos entornados y una ligera sonrisa en el rostro.

Solo unos segundos más antes de que Severus se inclinara y lo besara. Un beso áspero, sin dulzura ni delicadeza, solo la lujuria que ardía entre ellos. Mordió su labio inferior con la suficiente fuerza para arrancarle un gruñido, para dejar huella, para que el eco de su nombre aún estuviera en la garganta de Lucius mucho después de que la mañana terminara.

Y luego Severus lo suelta abruptamente, dejando que Lucius se inclinara sobre el escritorio esta vez, dándole la espalda, con tanta elegancia como hace todo lo demás. Apoya sus sus brazos sobre la mesa de madera, arqueando su espalda, dejando ese perfecto culo en exhibición.

Lucius mira sobre su hombro a Severus, expectante, sonriendo como el idiota condescendiente que es.

Era bastante intimidante tener a Lucius de esa manera, mostrando su punto más vulnerable, inclinado solo para el. Severus se detuvo a admirarlo más tiempo, mientras le priva de cualquier prenda que pudiera ocultar su cuerpo.

Sin perder más el tiempo, invoca su varita, que estaba en su túnica olvidada en el suelo, y lanza un hechizo de limpieza. Aquello le provoca un ligero temblor a Lucius, a lo largo de toda su columna recta, haciendo que cada músculo se flexione.

Era simplemente, delicioso.

“Estúpido mestizo, ¿adoras tenerme así, verdad?” Lucius pregunta, y solo entonces Severus se percata de que tanto tiempo estuvo observándolo.

“Adoro, poder hacer lo que quiera y aún así sentirme satisfecho,” dice, sin sentido.

La sonrisa de Lucius se vuelve más suave, pero se convierte en una mueca de placer, cuando los dedos de Severus se entierran fácilmente en la firma carne de Lucius.

Y aunque a Severus le gustaba tener el control, habían veces en que no sabía qué tocar, mantener sus manos donde están es terriblemente tentador; pero luego la espalda de Lucius también es muy tentadora. Y ese cabello, que se derrama sobre un hombro ancho, como una cortina brillante y sedosa.

Le recuerda como una vez su padre lo llevó a una juguetería, después de darle una paliza a Severus y sentirse tan mal por ello, dijo que le compraría un juguete.

"Elige lo que quieras", había dicho al entrar en la tienda.

Severus miró a su alrededor y no pudo decidir lo que quería, abrumado por las opciones, con el conocimiento de que esta podría ser la única oportunidad que tiene de recibir cualquier juguete que quisiera.

Él extiende sus dedos en la cavidad de Lucius.

Obviamente sabe lo que está haciendo, solo le tomaba tiempo buscar ideas, que no fuera tan raro, algo que hiciera la gente normalmente en el sexo, todo es instinto y lujuria ardiente, en ese momento saca los dedos y se arrodilla detras de Lucius, se inclina y besa su agujero.

“¡Mierda!” Lucius gruñe, y Severus puede sentir el temblor de su cuerpo.

Naturalmente, Severus lo lame, luego, una línea recta desde su agujero hasta sus bolas, y luego de vuelta.

"¡Pequeña mierda!”

Lucius amaba decir maldiciones durante el sexo, a veces lo insultaba de mil y un formas, pero eso solo le demostraba a Severus que realmente le gustaba lo que estaba haciendo.

Es deficil meter la lengua en ese pequeño agujero, pero persiste, lame, chupa, presiona, hasta poder escuchar de nuevo esa linda voz suplicante.

“¡Mierda, si! Sigue con eso, justo ahí,” su voz se desliza entre los gemidos.

Y le gusta, como Lucius empuja su rostro, entrelaza sus dedos en el cabello fino de Severus. Como en todo, Lucius no decepciona con sus reacciones, con los ruidos que hace. Gemidos profundos, un gruñido o dos, es quien más hace ruido de los dos.

Escuchar a Lucius perder la compostura así, es emocionante.

Severus siempre se impresionará en cómo ese culo es suave, apretado, apasionante pero sedoso.

Lucius es un desastre andante para cuando la mandíbula de Severus se entumece. Cuando los movimientos fueron menos precisos, Lucius llevó una mano hacia la curva de su polla, acariciandose unas cuantas veces, pero solo un segundo o dos, agarrando con fuerza la base, tal vez para evitar que se corriera antes de si quiera haber empezado.

Con una última lamida, Severus se pone de pie y desabrocha su pantalón, dejando al aire su polla tan firme que Severus sentía que podía venirse en cualquier instante.

“¿Quieres que lubrique más?” le preguntó, dándole ligeros golpes en la entrada con su polla.

“No,” responde con facilidad. “Solo dame tu polla.”

Lucius no era alguien discreto, siempre decía claramente que era lo que quería, como le gustaba, eso lo hace más fácil.

Pero cuando Severus se posiciona y presiona, se da cuenta que un par de segundos jugueteando con sus dedos y su lengua, no eran suficientes. Lucius estaba tenso y apretado.

“Vamos, sabes que no soy tan frágil como crees,” exigió, para después soltar un grito desesperado.

Severus entra con fuerza, completó, sin darle tiempo de seguir exigiendo o discutiendo. Se sentía estúpidamente placentero, como aquella cavidad apretaba su polla, parecía que estaba hecho para que encajara, para que entrara y los satisfaciera a ambos.

“Más rápido, tengo una reunion en quince minutos,” murmuró como pudo.

“Entonces tenemos que apurarnos,” Severus sale lentamente para empujarse, mirando como Lucius se traga toda su polla. “Merlin, te sientes increíble.”

Lucius apenas podía articular palabra, sus labios entreabiertos, su respiración pesada.

Cuando Severus disminuyó el ritmo, como si quisiera saborear cada momento, Lucius no pudo evitar mirar hacia atrás, buscando en los ojos de Severus algo más que lujuria. Había algo en su mirada, como se mezclaban el deseo y la devoción, que lo hizo sentirse vulnerable de una forma que nunca antes había experimentado. Era hermoso, pensó Severus. No solo la perfección de su rostro, ni el brillo dorado de su cabello, sino esa dualidad en él, tan delicada y, sin embargo, tan firme, tan masculina. En ese momento, Severus comprendió que nunca había conocido a alguien como Lucius. Su belleza no era solo física, era un todo que desbordaba incluso el deseo.

El tiempo parecía desvanecerse. Cada jadeo, cada movimiento, se entrelazaban como si no pudieran existir el uno sin el otro. Era una danza que solo ellos dos conocían, una coreografía única de cuerpos que se unían con tal precisión que parecía que nacieron para ser así, juntos. Ninguno de los dos había mostrado nunca estos lados de sí mismos a nadie más. En esos momentos, en ese espacio privado, compartían algo que no podían dar ni esperar de otro ser humano: su vulnerabilidad.

El calor de sus cuerpos, entrelazados en la quietud, se disipó lentamente, y la habitación quedó envuelta en un aire tenso pero confortable. Los latidos de sus corazones resonaban en la quietud de la habitación, rápidos y fuertes, como si en ese ritmo compartido se encontrara una verdad mayor, un entendimiento que solo ellos dos podían comprender. No hacía falta decir nada; sus cuerpos hablaban con un lenguaje que solo ellos conocían.

Y entonces, después del suspiro final, mientras ambos luchaban por recuperar la calma, Severus sintió un alivio profundo. Un alivio no solo físico, sino algo más, algo que no podía describir. Lo que compartían no era solo un momento fugaz. A pesar de que la euforia había disminuido, un brillo distinto se reflejaba en los ojos de Lucius. Una sonrisa que no era solo de satisfacción. ¿Era gratitud? ¿Era cariño? Severus no podía decirlo, pero lo sentía.

En esos instantes, mientras los dos se quedaban allí, mirando el uno al otro, respirando el mismo aire, Severus se dio cuenta de que, a pesar de todo lo que había esperado de la vida, nunca imaginó que algo tan profundo y verdadero podría nacer de una relación tan prohibida, tan inesperada. Y aunque sus corazones seguían latiendo con fuerza, Severus no podía evitar pensar que había encontrado una conexión real, en toda su vulnerabilidad, con Lucius Malfoy.

“¿Te reunirás con el empresario de Japón?” preguntó Severus, mientras ambos se vestían, cada uno recuperando lentamente su espacio personal después de lo compartido.

Lucius lanzó un hechizo de limpieza, y el desorden que había quedado en la habitación desapareció en un parpadeo, como si nunca hubiera existido. Luego, con la misma destreza, lanzó otro hechizo propio, uno que parecía mantener la calma en su entorno. Todo estaba bajo control, como siempre.

“No, mi padre vendrá a hablar conmigo. Dice que es un tema que ya no puedo postergar,” respondió Lucius con un tono que dejaba claro cuánto deseaba evitar la visita de Abraxas. Su rostro, normalmente implacable, reflejaba una leve sombra de incomodidad.

Severus asintió en silencio, deshaciéndose de cualquier resto de suciedad que quedaba en su cuerpo, el roce del tejido de su túnica contra su piel una sensación familiar y reconfortante. No solía estar presente cuando Abraxas llegaba a la mansión. Lucius siempre había logrado mantener a su padre a distancia, una distancia que Severus no cuestionaba. Abraxas era una presencia que opacaba todo, que se imponía de manera insoportable, y Lucius siempre se aseguraba de evitarlo tanto como fuera posible.

Severus no solía involucrarse en esas dinámicas familiares. No le importaba en lo absoluto la intrincada red de costumbres que definían la relación entre padre e hijo en la familia Malfoy. Nunca le había atraído el drama familiar, mucho menos cuando se trataba de asuntos que no le concernían directamente.

Además, no quería ser una carga para Lucius, ni entrometerse en los aspectos más oscuros de su vida, aquellos que se mantenían ocultos detrás de puertas cerradas.

Así que, cuando terminó de vestirse, simplemente se desvaneció en Diagon Alley, sin un destino específico. Podía haber ido a comprar algo, o tal vez solo pasear sin rumbo, dejando que las calles lo absorbieran.

Lo único que realmente necesitaba saber era que aún podía estar cerca de Lucius, que aún compartían este espacio, aunque a veces, la presencia de ambos pareciera ser más un acto de respeto mutuo que una necesidad de compañía. Mientras estuviera a su lado, lo demás no importaba, no aún.

El tiempo pasó rápidamente, como la estación misma. La primavera, con su aire fresco y el constante susurro del polen que parecía llenar cada rincón, se despidió más rápido de lo que uno podría haber anticipado. Lo que antes era suave y florido se desvaneció, reemplazado por el clima árido y abrasador del verano. El calor llegó con fuerza, secando el aire, y con ello, también los momentos compartidos, aunque nunca dejaban de ser lo que eran, efímeros y preciosos, incluso cuando la estación cambió y la vida continuó su curso.

 

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Verano.

 

En algún momento de aquellos meses calurosos, la relación entre Lucius y Severus dejó de ser únicamente encuentros furtivos, donde el deseo y la lujuria se apoderaban de ellos sin previo aviso. Aunque seguían existiendo esos días donde el ardor y la pasión los desbordaban, también comenzaron a surgir otros días, aquellos en los que no era necesario juntar sus cuerpos ni dejarlos consumir por la desesperación de un encuentro íntimo.

No era la prisa lo que los movía, sino la comodidad de estar juntos sin necesidad de hablar o de hacer nada en particular. En esos momentos, simplemente se encontraban, se observaban y se sentían, sin la necesidad de los ardientes impulsos de antaño.

Comenzaron a disfrutar de la simpleza de la compañía mutua, fuera de las habitaciones cerradas que solían ser su refugio.

Seguían trabajando juntos, compartían las mismas reuniones de Mortífagos, pero algo había cambiado. Despertaban juntos, con la luz del sol entrando suavemente por la ventana, tan serenos como la calma de un día sin disturbios. Almorzaban en la misma mesa, compartiendo más que simples comidas, sino también risas, miradas furtivas, y silencios que no necesitaban ser llenados con palabras. En los descansos, tomaban té, sin prisas, sin expectativas, solo disfrutando de la quietud del momento. Y, por la noche, observaban cómo la luz del sol se desvanecía, dando paso a un cielo lleno de estrellas que brillaban solo para ellos.

Severus no estaba seguro de si eso estaba bien. Nunca se permitió soñar con una vida así, tranquila y plena, porque su historia, su vida, siempre había estado marcada por el fracaso y la oscuridad.

Desde su infancia, acosado por sus compañeros de escuela, distante de su mejor amiga, y marcado por la pérdida temprana de sus padres, la vida le había enseñado que la felicidad era algo inalcanzable, reservado para otros, pero nunca para él. Había enterrado a sus padres antes de siquiera graduarse como mago, y cada paso en su vida parecía más un acto de supervivencia que un esfuerzo por buscar la tranquilidad o la alegría.

Así que, incluso en esos momentos de calma junto a Lucius, algo en su interior le decía que no merecía tanto. Que esa tranquilidad, esa sencillez, era algo ajeno a su naturaleza. Sentía que aún no debía acostumbrarse, que todo esto podía desaparecer en cualquier momento, como siempre había sucedido con todo lo que había tenido. Sin embargo, en su corazón, algo comenzó a asentarse, como una idea tenue pero creciente. Quizás, solo quizás, la vida podía ser algo más que lo que siempre había conocido.

Un día en particular, el sol no estaba tan fuerte, y los rayos no quemaban como solían hacerlo. Tal vez, pensó Severus, era porque el otoño se acercaba a paso rápido, trayendo consigo una brisa fresca que ya comenzaba a presagiar los cambios.

Fue extraño, como una necesidad repentina lo impulsó a salir corriendo de la mansión, buscando la libertad que solo se encontraba en el aire fresco y la hierba recién cortada. Al llegar a un rincón del jardín, se tumbó en la tierra con un suspiro, sintiendo la suavidad bajo su espalda.

"Bueno, eso fue inesperado," Lucius lo siguió, caminando a un paso más tranquilo, como si no tuviera prisa por unirse a su espontáneo momento. "¿Qué intentas hacer, fotosíntesis?" dijo, con una sonrisa traviesa mientras se colocaba ambas manos a los costados de la cadera.

Severus soltó una carcajada, algo que no sucedía con frecuencia. La risa sorprendió a Lucius, que alzó una ceja, curiosamente intrigado por esa reacción inusual.

"Creo que has perdido la cabeza," dijo Lucius, aún de pie. Severus sonrió, mientras sus ojos buscaban la silueta de Lucius que lo miraba desde arriba. Lucius, con la luz del sol justo detrás de él, creaba una sombra que cubría parcialmente el rostro de Severus.

"Ven, acuéstate a mi lado," Severus extendió los brazos, con un gesto casi infantil, como si tratara de alcanzar algo tan simple y tan necesario en ese momento.

"Estás demente," respondió Lucius, su tono afectado mientras miraba su traje con una ligera repulsión. "Traigo puesto el traje que compré en Francia. No lo ensuciaré con la tierra," dijo con un aire de superioridad, cerrando los ojos y apartándose un poco, cegando momentáneamente a Severus, quien no esperaba ese gesto tan despreocupado.

"Unos minutos aquí no harán que tu traje fino se arruine. Vamos," insistió Severus, decidido a disfrutar de ese momento, usando su antebrazo para protegerse del sol mientras miraba con una sonrisa desafiante a Lucius.

Lucius se quedó en silencio por un momento, observando el terreno con una leve mueca, como si pesara la opción en su mente. Severus pensaba levantarse en unos segundos, pero para su sorpresa, Lucius se sentó a su lado, primero tanteando la hierba con una ligera incomodidad, como si el terreno fuera una novedad para él. Pero, tras un leve suspiro, finalmente se tumbó junto a Severus, abandonando su postura de indiferencia.

“Tanto drama para que al final hicieras lo que te pedí,” Severus sonrió, sintiendo la ligera satisfacción de su pequeña victoria. Ante una protesta de Lucius, Severus acarició suavemente la mejilla de su compañero. “Gracias,” susurró, y la respuesta fue una mueca de desagrado de Lucius, aunque no podía evitar sonrojarse ligeramente bajo su fachada.

“No entiendo lo grandioso de esto,” dijo, cruzando los brazos y cerrando los ojos para disfrutar del sol, aunque el ceño fruncido no dejaba de delatar su desaprobación.

Severus se recostó de lado, mirando a Lucius con una ligera fascinación. Los largos y rubios cabellos de Lucius caían sobre su rostro, haciendo que sus pestañas parecieran aún más largas, casi femeninas, pero su rostro era tan firme, tan toscamente masculino, que la mezcla era cautivadora. Severus lo observaba como si estuviera ante una obra maestra, una pintura que cobraba vida, con sus ojos siguiéndolo con una intensidad silenciosa.

“Deja de verme, puedo sentirte,” dijo Lucius, entreabriendo los ojos y notando la mirada fija de Severus.

“No puedo evitar admirar tu belleza,” respondió Severus con una seguridad que, incluso para él, sonaba desconcertante. Las palabras nunca le habían sido fáciles, pero de alguna forma, esa era la verdad que había aprendido a expresar. A Lucius le gustaba ser alabado, le gustaba sentirse admirado, y Severus no podía evitar ofrecerle ese reconocimiento.

“Sé que soy hermoso,” dijo Lucius, con una sonrisa que apenas rozaba sus labios. “Podrías desgastarme con tus miradas eternas,” añadió, con un toque de arrogancia, pero su expresión fruncida, su rostro ligeramente arrugado por el sol, hacía que todo pareciera casi adorable.

Hubo un silencio entonces, no incómodo, sino uno que era cómodo, familiar. El tipo de silencio que se disfrutaba con alguien a tu lado, que hacía que el tiempo pareciera detenerse. Mientras Lucius cerraba los ojos para adaptarse a la luz del sol, Severus lo miraba, observando los pequeños detalles de su rostro, su postura, sus gestos. Los dos estaban tendidos en la hierba, en medio de un campo que parecía sacado de un sueño. La luz dorada del atardecer bañaba todo, y parecía que el mundo se había reducido a esa pequeña franja de tiempo y espacio, donde nada más importaba.

Era como si todo lo que habían vivido los hubiera llevado a este momento, en este lugar, permitiéndose ambos algo tan perfecto.

“Severus,” la voz suave de Lucius rompió el silencio, llamando su atención. Severus solo respondió con un leve sonido, una vibración en su garganta, como si su mente estuviera absorta en el momento, contemplando aún las sombras de la tarde que danzaban a su alrededor.

Lucius seguía allí, con los ojos cerrados, y Severus podía ver cómo la incomodidad inicial provocada por el sol había desaparecido, reemplazada por una calma tranquila, tan inesperada como agradable.

Lucius alzó su antebrazo, cubriéndose parcialmente del sol, y lentamente abrió los ojos. Al principio, sus pupilas se adaptaron a la luz, pero pronto, sus ojos encontraron los de Severus. En su mirada, había algo que no podía describir con precisión, pero que Severus reconoció al instante. Era algo similar a lo que alguna vez había visto en los ojos de Lily, una ternura que había recibido en momentos muy específicos, en tiempos de amistad pura y sincera. Pero esta vez, no era Lily quien le dedicaba esa mirada. Era Lucius.

Era curioso, pero sin duda había ternura en esos ojos. Aunque Severus nunca había permitido que esos sentimientos se adentraran demasiado en su corazón, podía sentir que su interior le decía que estaba viendo algo más, algo que no había anticipado pero que sentía real.

En ese instante, se dio cuenta. La relación entre ellos ya no era solo deseo, ni esa tensión que siempre había predominado. Había trascendido esas etapas, y lo que había nacido entre ellos era mucho más profundo, más complicado, más auténtico. Ya no se trataba de pasión desbordante, sino de una conexión que había echado raíces, algo más duradero.

“Ya levantémonos, el sol me está asando,” dijo Lucius de repente, rompiendo el silencio. Se levantó de golpe, como si el peso de la quietud le hubiera resultado insoportable. “Vamos, ayúdame a ordenar unos documentos.”

Severus se levantó lentamente, sacudiendo su pantalón, mirando a Lucius alejarse. El gesto de levantarse tan repentinamente lo hizo sonreír suavemente. En cualquier otro momento, habría sentido esa urgencia y ansiedad que solía perseguirlo en su vida, ese miedo a no ser suficiente o a que todo fuera un sueño pasajero. Pero no ahora. No con Lucius. Esta vez, no necesitaba que le dijeran nada en voz alta, porque sabía que estaba allí, con él, y que no había nada que temer.

A medida que caminaba detrás de él, su corazón se sentía ligero, el amor que había comenzado a florecer entre ellos crecía sin esfuerzo, sin presiones. Lo comprendía con claridad, si debía ponerle un nombre a lo que compartían, ese nombre era amor. Un sentimiento que, en su vida, nunca había considerado posible, pero que ahora se presentaba ante él como la verdad más sencilla.

El verano pasó rápido, mucho más rápido que la primavera, y por un momento, Severus se sintió como si todo hubiera sido solo un suspiro, una fracción de tiempo que no se podría volver a recuperar. Pero, al mismo tiempo, no le importaba. Ese verano había sido suyo. Había sido un verano sin miedos, sin sombras del pasado que pudieran empañarlo. Había sido un tiempo lleno de luz, solo ellos dos, viviendo el presente sin más preocupaciones. Solo el sol que iluminaba sus días, calentando el aire y a sus corazones, mientras juntos construían algo más grande que cualquier deseo fugaz.

Y aunque el otoño ya asomaba en el horizonte, Severus no sentía que el tiempo se les escapara. Al contrario, sentía que había encontrado algo que, aunque efímero en apariencia, era eterno en su esencia.

 

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Otoño.

 

La despedida de los días calurosos no fue tan grata como Severus pensó que sería. Con la llegada del otoño, una estación que le recordaba a cómo las hojas morían mientras caían al suelo, a las cosas que le arrebataban, también llegó la frialdad de la distancia entre él y Lucius.

Severus sabía que algo había cambiado, y podía identificar el momento exacto en que todo empezó a declinar. Fue cuando las visitas de Abraxas y Perséfone se hicieron tan habituales dentro de la mansión, como si su presencia se hubiera convertido en una constante diaria. Antes, las visitas eran esporádicas, invasivas, pero ahora tenían una regularidad que perturbaba la rutina de Severus.

A partir de entonces, Lucius comenzó a mostrar signos de mal humor, algo que Severus había aprendido a reconocer. La mansión, que antes había sido su refugio, se llenó de conversaciones interminables, risas y charlas que lo dejaban al margen. En cuanto llegaban los invitados, Severus no tenía más opción que apartarse, buscando rincones en los que pudiera quedarse a solas, en donde la presencia de los demás no le rozara la piel ni invadiera su espacio.

Al principio, estos cambios fueron pequeños, casi imperceptibles, pero con el paso de los días, Severus comenzó a sentir la presión del ambiente. A veces, se refugiaba en el silencio del estudio, otras veces se retiraba a la biblioteca, pero en su interior siempre rondaba la sensación de que algo se estaba desmoronando.

A pesar de eso, aún había momentos que compartían juntos, y Severus valoraba esos instantes en que, a solas, podían disfrutar de la cercanía sin que nadie los interrumpiera. No solo se trataba de los encuentros físicos, de esos momentos fugaces de intimidad, sino de algo más profundo. En esas pequeñas ventanas de tiempo, podían mirarse y saber que algo seguía intacto entre ellos: el cariño, esa conexión que no se podía explicar con palabras.

Pero lo que más le llamaba la atención era lo que no decían. Lucius nunca había hablado de la naturaleza de su relación, nunca se había sentado a discutir lo que significaba estar juntos. No había necesidad, pensaba Severus. A nadie más le interesaba, y si a él le importaba, nunca lo admitió en voz alta. ¿Qué importaba cómo le llamaran a lo que compartían? Si seguían juntos, si esos momentos seguían siendo suyos, no importaba si el mundo lo veía como algo serio o no. Para Severus, todo seguía siendo suficiente, aunque algo en su pecho comenzaba a pesar un poco más con cada día que pasaba en silencio, en incertidumbre.

Relación, pareja, amigos furtivos, colegas… mientras observaba la caída de una hoja frente a su ventana. Cualquiera estaba bien para él, siempre y cuando Lucius estuviera allí.

 

(…)

 

El vapor ascendía en espirales perezosas, llenando el baño con un calor reconfortante que contrastaba con el aire frío del otoño. La luz de las velas titilaba en la superficie del agua, proyectando sombras suaves sobre las paredes de mármol. Severus deslizaba sus manos con paciencia por la espalda de Lucius, extendiendo la espuma con movimientos lentos, meticulosos, masajeando con la yema de los dedos las zonas donde la tensión se acumulaba. 

Lucius suspiró, cerrando los ojos por un momento. 

“Están comenzando a agotarme”, murmuró, su voz amortiguada por el vapor. 

Severus no respondió de inmediato, esperando a que continuara. Con el tiempo, había aprendido a darle espacio para desahogarse, a no apresurarlo cuando necesitaba soltar sus pensamientos. 

“Madre solo está aquí para criticar cada decisión que tomo, y padre comienza a meterse en los asuntos del trabajo”, prosiguió, exhalando un suspiro más profundo cuando los dedos de Severus presionaron un punto especialmente tenso en su espalda. 

Severus entendía su frustración. Desde que los señores Malfoy habían convertido la mansión en su segunda residencia, la atmósfera se había vuelto asfixiante. Todo giraba en torno a sus opiniones, sus exigencias, su constante escrutinio. Y Lucius, por más que intentara mantener la compostura, estaba empezando a quebrarse. 

“Es tu mansión”, dijo Severus con simpleza, deslizando sus manos con un poco más de firmeza. “No dejes que decidan por ti. Ponles un límite.” 

Lucius soltó una risa breve y amarga, ladeando apenas la cabeza. 

“Como si fuera tan fácil”, susurró, y de repente, sin previo aviso, se separó del contacto de Severus. Se movió hasta el escalón de mármol cercano y se sentó, dejando que el agua le cubriera hasta el torso. 

La luz dorada de las velas resaltaba los ángulos afilados de su rostro. Había algo cansado en su expresión, una vulnerabilidad que rara vez dejaba ver. 

“No puedes opinar cuando ya no tienes padres que estén ahogándote con su presencia.” 

Severus sintió cómo el aire en la habitación se volvía denso. No era que hablar de sus padres le resultara insoportable. Habían pasado años desde que ambos murieron, y el dolor de su ausencia ya no le atravesaba como antes. Pero era otra cosa cuando Lucius usaba ese hecho como un arma, cuando lo empuñaba como si fuera un filo preciso, dirigido justo a su punto más blando. 

No respondió de inmediato. El silencio que se instaló fue incómodo, punzante, un eco de algo que Severus nunca creyó que existiría entre ellos. 

Pensó que ya no necesitaban protegerse el uno del otro. Que habían dejado de lado la necesidad de atacarse cuando la vulnerabilidad se hacía presente. Pero ahí estaba, el instinto de Lucius de herir cuando se sentía acorralado. 

El sonido del agua moviéndose lentamente fue lo único que llenó el espacio entre ellos. Severus observó a Lucius, su perfil iluminado tenuemente por la luz de las velas, los mechones dorados pegados a su frente húmeda. Era un rostro que conocía bien, pero en ese instante parecía lejano, como si estuviera mirando a alguien que ya no le pertenecía. 

“Lo siento, eso fue grosero”, murmuró Lucius al final, desviando la mirada. 

Severus no dijo nada de inmediato. Odiaba cuando Lucius lo evitaba de esa manera, cuando ya no compartían miradas confidentes, cuando el peso de las palabras no dichas se interponía entre ellos. 

“Es solo que ellos me vuelven loco. Y mi humor es ligeramente peor”, suspiró Lucius antes de reclinarse en el agua, hundiendo parcialmente su rostro como si quisiera desaparecer por un instante. 

“Un poco”, se burló Severus con suavidad, lo suficiente para provocar que Lucius entrecerrara los ojos en su dirección. 

La tensión entre ellos no desapareció. Severus podía sentirla en el aire, espesa e incómoda. 

“A mí tampoco me agrada que estén aquí”, admitió, pasándose una mano por el cabello húmedo. “Es como si ya no pudiéramos estar juntos.” 

Lucius no respondió. Solo se incorporó lentamente y salió de la bañera, dejando un rastro de gotas de agua en el suelo de mármol. Severus lo observó alejarse, sorprendido por su repentina partida. 

Durante un instante, estuvo tentado a seguirlo. Pero no lo hizo. Sabía que Lucius necesitaba espacio, y él se lo daría.

Sin embargo, conforme pasaban los minutos y el agua a su alrededor se iba enfriando, una ansiedad inquietante se instaló en su pecho. No era solo la distancia lo que le preocupaba, sino la certeza de que algo más estaba ocurriendo. 

Ató los hilos en su mente, repasando cada conversación, cada momento en el que los señores Malfoy habían insistido en visitar la mansión con más frecuencia de lo habitual. No era por negocios, pues Lucius tenía todo bajo control. No era un tema decorativo, ya que los elfos se encargaban de ello sin quejas. 

Entonces, ¿por qué? 

¿Cuál era la razón por la que sus padres insistían tanto en hablar con Lucius? ¿Qué era lo que él rechazaba con tanta firmeza pero que, al mismo tiempo, lo atormentaba hasta el punto de empeorar su humor? 

El agua aún se agitaba levemente en la tina cuando Severus comprendió la verdad. No necesitaba que Lucius se lo dijera. Lo supo con la misma claridad con la que sabía que el otoño traía consigo el frío inevitable del invierno. 

Y lo más doloroso de todo no era el motivo en sí. Era el silencio de Lucius. 

Las semanas pasaban y él se alejaba más y más, como si estuviera preparando el terreno para algo que Severus no quería enfrentar. 

¿Era así como pretendía manejarlo? ¿Distanciarse poco a poco hasta que Severus se hartara y se marchara por su cuenta? 

Era un pensamiento cruel. Egoísta. Y, sobre todo, hacía que su corazón se hundiera como una piedra en el agua fría.

 

(…)

 

La mansión estaba más fría de lo habitual. El otoño agonizaba, dejando tras de sí un aire gélido que se filtraba por los pasillos y calaba en los huesos. Severus podía sentirlo en la rigidez de sus músculos, en la manera en que el mármol parecía absorber el calor de su piel. La transición hacia el invierno traía consigo una ventisca helada que no solo invadía la casa, sino también el ambiente entre sus muros. 

Las palabras de Perséfone eran aún más filosas que el frío. Se volvía cada vez más insistente en sus comentarios, cuestionando abiertamente la presencia de Severus en la mansión. Lo hacía con una amabilidad fingida, con ese tono educado que en realidad ocultaba una orden disfrazada: “¿Hasta cuándo estará aquí?" “No entiendo por qué su estancia se ha extendido tanto."

Cada frase era una daga que, aunque no lo demostrara, se clavaba en el orgullo de Severus. Pero él no era alguien que respondiera con impulsividad. Su forma de lucha siempre había sido el silencio. Evitaba a los señores Malfoy tanto como podía, se escabullía en las horas del día en que la casa estaba más concurrida y pasaba el tiempo en las afueras de la finca, alejándose de miradas intrusas. 

Ese día no fue diferente. Había pasado casi toda la jornada afuera, permitiendo que el aire gélido entumeciera su piel antes que soportar la tensión dentro de la mansión. Sin embargo, al regresar, algo en el ambiente le hizo detenerse por un instante en la entrada. Había más ruido del habitual, más voces entrelazándose en una conversación animada. 

Y entonces la vio. 

Narcissa Black estaba sentada en el gran salón, con la elegancia característica de su linaje, su cabello rubio cayendo en cascada sobre su hombro mientras hablaba con una melodía hipnotizante. A su alrededor, las familias Malfoy y Black compartían palabras llenas de cortesía, frases que en realidad ocultaban alianzas forjadas en oro y sangre. 

Lucius estaba a un costado, en silencio, observándola con la atención de alguien que escucha una sinfonía perfectamente compuesta. 

Severus no necesitó más. 

La realidad lo golpeó de lleno, como una ráfaga de viento cortante. 

Sabía que esto pasaría. Lo supo el día en que los señores Malfoy comenzaron a aparecer con más frecuencia, cuando sus conversaciones con Lucius se volvieron esquivas, cuando la tensión en su ceño se hizo una constante. 

Pero Lucius nunca dijo nada. Nunca le habló de la elección que sus padres querían imponerle, nunca mencionó que estaban buscando un matrimonio. Durante meses, Severus esperó esas palabras, aguardó en silencio a que Lucius le diera una respuesta, aunque fuera para decirle que se negaba, que pondría un nombre a lo que tenían. 

Pero ese momento nunca llegó. 

Y ahora estaba aquí, presenciando la escena con sus propios ojos. Viendo la manera en que Lucius parecía formar parte de ese cuadro perfecto, encajando a la perfección en la imagen de un futuro esposo ideal. Y Severus... Severus no existía en esa ecuación. 

El despecho se alojó en su pecho como un hierro candente. Hacía mucho tiempo que no sentía una herida abrirse tan dentro de él, tanto que incluso su mente, siempre racional, comenzó a atacarlo con pensamientos mordaces. ¿Había sido ingenuo? ¿Había creído, aunque fuera por un segundo, que Lucius elegiría otra cosa? ¿Que lo elegiría a él? 

Pero lo que más dolía, lo que realmente hacía que su estómago se revolviera con amargura, no era la certeza de que Lucius iba a casarse con alguien más. 

Era el silencio. Lucius ni siquiera tuvo la decencia de decirlo en voz alta. Nunca lo mencionó. Nunca le advirtió. Como si Severus no importara. Como si lo que tenían nunca hubiera sido real. 

Y Severus ante tal verdad, no dijo nada. No hizo una escena, no reclamó, no permitió que su orgullo se hiciera añicos frente a ellos. Simplemente se dio la vuelta y subió a su habitación, cerrando la puerta tras de sí. 

Y ahí se quedó, con el eco de la conversación resonando en su mente, con el aire helado llenando el vacío que Lucius había dejado en su pecho. 

No supo cuánto tiempo pasó hasta que la noche cayó y el sonido de unos pasos familiares se detuvo frente a su puerta. Lucius había venido. Pero para Severus, era demasiado tarde.

El aire en la habitación era pesado.

No por el frío que se filtraba entre las paredes de la mansión Malfoy, ni por la noche que caía con un silencio opresivo, sino por la conversación que aún no se había dicho, pero que Severus sentía en cada uno de sus huesos. 

Lucius, en cambio, parecía inmune a todo eso. Se desvestía con la misma tranquilidad de siempre, desatando el listón que ataba su cabello y dejándolo caer sobre sus hombros. Severus lo observó sin querer hacerlo. Cuántas veces había amado esa imagen, cuántas veces había pensado que nada en el mundo podía compararse con la belleza de Lucius Malfoy en la intimidad. Ahora, sin embargo, verlo era casi un castigo. 

“No supe cuándo entraste,” comentó Lucius con indiferencia, como si nada estuviera fuera de lugar. “¿Terminaste el libro que me dijiste?” 

Severus no respondió de inmediato. Observó cómo Lucius se acercaba, apenas vestido, con la seguridad de quien sabe que su sola presencia es suficiente para obtener lo que desea. Lo rodeó con su cuerpo, buscando ese contacto familiar. 

Pero Severus no se movió. 

“Creo que me mudaré,” dice Severus mientras no aleja la mirada.

El roce de Lucius se rompió en un instante. Se apartó solo lo suficiente para mirarlo con el ceño fruncido. 

“¿Qué?” 

“Ya he dado demasiados problemas con mi presencia,” continuó Severus, con voz firme, aunque por dentro sintiera que las palabras le arañaban la garganta. “Me diste un lugar donde dormir y ni siquiera he pagado por ello.” 

Lucius suspiró, como si la sola idea le pareciera absurda. 

“Sabes que el dinero es lo de menos, tengo suficiente.” Con suavidad, deslizó los dedos por el rostro de Severus, con una caricia que antes habría sido reconfortante. “Me gusta que estés aquí. Eres la única compañía realmente agradable estos últimos meses.” 

La herida se hizo más profunda. Era cruel cómo las palabras dulces podían doler tanto cuando se teñían de verdad. Severus no era ingenuo. Comenzaba a hacerse de la idea que, para Lucius, él había sido un refugio, un escape, una distracción. Pero ahora entendía que nunca había sido suficiente. No era un amante, ni un compañero. Solo un respiro entre obligaciones.

Alejó la mano de Lucius con un gesto brusco. “Ya lo decidí. Ya no quiero ser una molestia.” 

Lucius tomó una postura más rígida, su rostro perdió la suavidad y adquirió la altivez de un Malfoy ofendido. 

“¿Esto es por mis padres? Ellos no tienen por qué decirte nada.” 

“Y sin embargo, nunca los detienes,” replicó Severus, sintiendo cómo la furia que había contenido durante meses empezaba a desbordarse. “Tú has estado ahí cada vez que tu madre gruñe sobre mi presencia, cada vez que tu padre deja claro que no soy bienvenido. Has visto sus miradas de desaprobación, sus comentarios disfrazados de educación, y nunca dices nada.”

El ambiente se volvió aún más denso. Por primera vez, se estaban diciendo las cosas que siempre habían evitado. Severus apenas comenzaba a comprender lo asfixiante que era la burbuja en la que habían vivido.

“¿Me estás reprochando algo?” La voz de Lucius se volvió cortante. “Vaya, no pensé que fueras así de malagradecido.” 

Severus cerró los ojos un instante y suspiró. No era el momento.

“Dormiré en otra habitación.” 

Se levantó, pero apenas había dado un paso cuando sintió la mano de Lucius sujetándolo. Un agarre suave, casi suplicante. 

“No hagas esto. Nosotros no somos así.” 

Severus lo miró de reojo. Lucius no solía pedir, nunca lo hacía a menos que fuera en la intimidad. La súplica en su voz fue suficiente para que una parte de él quisiera olvidar todo. Ignorar el futuro, como siempre lo habían hecho. Pretender que nada cambiaría. 

Pero la imagen de Narcissa Black, sentada en el gran salón, sonriendo con elegancia, no podía borrarse de su mente. El matrimonio que nunca fue mencionado, la mentira que nunca se dijo en voz alta.

“Lucius,” murmuró con firmeza. “Basta. ¿Qué vas a hacer cuando te cases? ¿Pretender que los tres durmamos en la misma cama? ¿O tienes la osadía de imaginar que yo viviré aquí, en otra habitación, esperando cada noche a que decidas visitarme a escondidas?” 

La mano de Lucius lo soltó de inmediato, como si el contacto quemara. Severus casi se reía. ¿En serio Lucius creía que no lo sabía? ¿Qué tan estúpido pensaba que era?

Lucius lo miró sorprendido. “¿Cómo sabes sobre el matrimonio?”, preguntó, y por un instante, en su rostro se dibujó algo que Severus no supo interpretar del todo. ¿Era dolor? ¿Remordimiento? ¿O solo el pesar de haber sido descubierto? Quizá ni siquiera importaba. 

Severus mantuvo su postura firme, sin ceder ante la súbita fragilidad en los ojos de Lucius. “Es lógica pura”, respondió con calma. “Tus padres viniendo aquí con más frecuencia, susurros tras las puertas, su insistencia cada vez más descarada. Noté cómo tu humor empeoraba con cada petición. Y hoy... vi a la familia Black, vi cómo hablabas con Narcissa. ¿Qué pensabas que ocurriría?” 

Lucius desvió la mirada apenas un segundo. “Yo... pensaba que podría hacerlos entrar en razón, que no necesitaba casarme, que podía vivir así pero…” 

Su voz se apagó, y Severus notó la forma en que sus hombros, siempre erguidos con una elegancia imponente, se hundían levemente. Lucius Malfoy, el heredero de una de las familias más poderosas, se veía frágil. Vulnerable. Como si intentara explicarse, como si realmente le importara lo que Severus pensara. 

Y por un instante, Severus quiso creerle. Quiso pensar que todo esto significaba algo, que Lucius sentía por él algo más que deseo o compañía. 

Pero la cruel verdad era que, tal vez, no era así. Había tantos pensamientos, tantas hipótesis y, al final, en ninguna Severus se sentía plenamente como antes

Severus dejó escapar una risa seca, sin rastro de alegría. “Pudiste habérmelo dicho.” Su voz no era más que un susurro. “Sabes que no te habría juzgado. Si realmente no querías casarte, podríamos haber huido. Estar lejos, pero juntos.” 

Lucius recobró la compostura casi de inmediato, como si las palabras de Severus hubieran sido un golpe que lo obligaba a recordar quién era. Lo miró con la altivez de siempre, con esa misma expresión que Severus odiaba porque significaba que el momento de sinceridad había terminado. Y, sin embargo, también la amaba, porque mostraba la grandeza de Lucius, el poder que transmitía incluso en su silencio.

“Yo no puedo hacer eso”, dijo, con una seguridad que le heló la sangre a Severus. “Soy un Malfoy. Llevo el linaje en mi sangre. No puedo simplemente huir.” 

Y ahí estaba la verdad.

Severus lo había sospechado desde que todo este alboroto comenzó, pero se había negado a aceptarla. Siempre hubo razones por las que lo suyo nunca tuvo nombre, por las que jamás se mencionaba en voz alta, por las que tenía que desaparecer cuando los señores Malfoy llegaban a la mansión.

Él nunca podría competir con el honor de una familia pura. Nunca podría ser más importante que un apellido.

No podía engañarse más. No era cuestión de amor, sino de herencia. Y Severus, por más que intentara negarlo, siempre supo que su sangre no era lo suficientemente digna para quedarse.

Y, aun así, quería aferrarse a la posibilidad de que algo de lo que compartieron fuera real. Quería pensar que, detrás de todas las noches compartidas, de las risas, de los bailes, de los besos, sí existía un amor verdadero.

Pero no podía vivir de anhelos. No podía conformarse con migajas solo porque nunca en su vida tuvo algo más grande.

“Espero que comprendas que es mi deber,” continuó Lucius. “Pero me gustaría que siguieras a mi lado.”

Severus sintió su presencia acercarse, la calidez de su aliento antes de que sus labios se encontraran. No fue un beso dulce ni tranquilo. Fue desesperado, sofocante, como si Lucius intentara transmitir algo que nunca se atrevería a decir en voz alta.

Severus no lo rechazó. No peleó. No le rogó que luchara por él. No dijo nada cuando regresaron a la cama, cuando las caricias intentaron borrar lo inevitable.

Porque en el fondo, siempre supo que él no era alguien que luchaba. No lo hizo por Lily. No lo haría ahora por Lucius.

 

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Invierno

 

Con la llegada del invierno, también lo hizo el compromiso de Lucius. No fue una sorpresa. Ambas familias llevaban años esperando el momento, con la urgencia de quienes entienden que la sangre debe perpetuarse, que el linaje no puede arriesgarse a desvanecerse. Ya habían pasado demasiado tiempo fuera de Hogwarts, y los Malfoy y los Black no estaban dispuestos a seguir esperando. 

Severus permaneció en la mansión, aunque su presencia era cada vez más incómoda. Había sido fácil engañarse cuando aún tenía las mañanas, cuando los rayos del sol se filtraban por las cortinas y los despertaban entre murmullos y caricias. Cuando las tardes transcurrían entre libros y té, y las noches eran silenciosas y tranquilas, con ambos contemplando las estrellas desde los ventanales altos, como si el mundo fuera solo suyo. 

Pero esos días se habían desvanecido. 

Ahora, Severus podía contar con los dedos de una mano las veces que había estado a solas con Lucius. Las puertas se cerraban más seguido. Los pasillos se sentían fríos y ajenos. Y en cada uno de esos rincones oscuros, siempre aparecía la misma imagen: Lucius y Narcissa paseando por la mansión, compartiendo almuerzos que antes le pertenecían solo a ellos, desapareciendo juntos entre murmullos de compromiso y promesas que no le incluían. 

Severus lo soportó. Hasta que no pudo más. 

Y así, en el día más helado del invierno, empacó sus cosas y desapareció. 

No dejó una nota. No avisó a nadie. No se despidió de Lucius ni le concedió la oportunidad de decir algo que, de cualquier forma, no cambiaría nada. Simplemente cerró la puerta tras de sí y dejó tras ella la sombra de lo que alguna vez fue. 

Regresó al único otro hogar que conocía: una casa vieja y deteriorada en un barrio pobre, donde la humedad impregnaba las paredes y el aire era denso con el olor a polvo y abandono. No era un palacio, no era cálida ni acogedora, pero al menos allí no era un adorno en la vida de nadie. 

Quizá tendría que empezar de cero. Quizá sería difícil. Pero no sentiría que solo estaba esperando a ser olvidado.

 

(…)

 

El invierno nunca fue su estación favorita. La frialdad lo atravesaba con crueldad, se filtraba en sus huesos y lo hacía más quebradizo, como si el mismo aire quisiera desmoronarlo. Pero no era solo el clima. El invierno traía consigo el peso de los recuerdos, de la ausencia. Cuando la nieve cubría el mundo con su manto blanco, llegaba también el aniversario de la muerte de su madre. 

Ahora que pasaba más tiempo a solas, recordaba. Solo eso podía hacer. Recordaba cada momento que compartió con ella, lo bueno y lo malo, lo dulce y lo amargo. Quería mantener su mente ocupada, alejarse de esa melancolía que lo acechaba, pero todo lo demás era peor. Era preferible escuchar, en la memoria, la suave melodía que Eileen Prince cantaba mientras peinaba su cabello. 

El invierno fue una estación extraña, una de transición. Comenzó sumido en el desastre, sin un hogar que pudiera llamar propio, sin un trabajo real, sin un propósito claro para seguir adelante. Pero, conforme los meses pasaban, la tormenta interna comenzó a apaciguarse. 

Consiguió un empleo como profesor en Hogwarts. No era lo que soñaba, ni lo que hubiera elegido de haber tenido opciones, pero al menos lo mantenía ocupado. Se obligó a reconstruir la casa de su infancia, ese lugar gris que nunca se sintió como un hogar. Pintó las paredes, reparó lo que pudo y le dio algo de vida a las sombras que lo habitaban. 

Sin embargo, con cada nuevo cimiento, con cada paso hacia adelante, los fantasmas del pasado seguían acechándolo. Y entre todos ellos, Lucius era el que más dolía. 

Nunca lo buscó. Ni una carta, ni un mensaje. Ni siquiera un reproche por su partida. Su relación terminó de la forma más cruel: no con un grito, no con una súplica, sino con un silencio absoluto. Fría y cortante, como el invierno mismo. 

Algunas noches, cuando la soledad pesaba más de lo habitual, Severus recordaba los momentos hermosos, esos instantes en los que el mundo parecía desvanecerse y solo existían ellos dos. Recordaba la voz de Lucius susurrando su nombre con ternura, la calidez de su aliento en su piel antes de alejarse, las madrugadas compartidas entre sábanas revueltas y caricias que prometían lo que nunca se atrevieron a decir en voz alta. 

Y era triste. 

Triste despertar y ver que todo se había convertido en un eco lejano. Triste saber que, por más que extrañara, por más que la memoria le jugara malas pasadas, Lucius ya no era parte de su vida. 

Pero incluso con esa tristeza, Severus entendía. 

La vida sigue, como la nieve que cae sin mirar atrás, cubriendo el mundo hasta borrar las huellas de lo que alguna vez fue.

 

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Primavera

 

 

La primavera siempre había sido una estación de pasión. Para Severus, su llegada significaba noches febriles, caricias robadas sin vacilación, besos que devoraban más que acariciaban. La brisa traía consigo el eco de jadeos y el roce de pieles, y todo en esa estación parecía arder, desbordarse, reclamar. 

Pero ahora todo se sentía diferente. La primavera en Hogwarts tenía un color distinto, menos abrasador, más sereno. El jardín se cubría de pasto fresco y flores dispersas, y el Bosque Prohibido escondía plantas que solo florecían en esta época del año. Había algo en ese renacer que ya no evocaba el deseo febril de antes, sino una calma desconocida, una belleza que no exigía ser poseída, sino simplemente contemplada. 

Sin embargo, la tranquilidad no siempre era su aliada. Durante las vacaciones de Pascua, mientras caminaba por el Callejón Diagon, Severus sentía el silencio. Su mente, siempre dispuesta a traicionarlo, intentaba llenarlo con recuerdos no deseados. Pero al menos aquí, rodeado de ruido y movimiento, podía perderse en la multitud, dejarse arrastrar por el ritmo ajeno. 

“¿Severus Snape?” 

La voz lo hizo detenerse. Giró apenas lo suficiente para ver a Barty Crouch Jr. salir de una tienda con su característica sonrisa descarada. 

“Mierda, hace años que no te veo.” 

Severus frunció el ceño. “Hace unos meses nos vimos en la reunión.” 

Barty soltó una risa ligera. “Sí, bueno, pero me refiero a un lugar donde podamos hablar sin magos malvados rondando por ahí.” 

Severus suspiró y siguió caminando. No tenía paciencia para la imprudencia, y Barty Crouch Jr. era la personificación de ella. Pero también era persistente. Ahí estaba, caminando a su lado como si nada, siguiéndolo sin el menor disimulo. 

“¿Por qué me sigues?” 

“No tengo nada mejor que hacer.” Barty se encogió de hombros, con la misma expresión despreocupada de siempre. “¿Vamos por un trago?” 

Severus iba a negarse, pero antes de que pudiera abrir la boca, ya estaba siendo arrastrado al bar más cercano. Se maldijo por no haber sido más tajante. No le gustaban esos lugares. El alcohol lo volvía torpe, hablador, y lo odiaba. 

Se sentó con rigidez mientras Barty pedía la primera ronda, como si su aceptación fuera implícita. Un recuerdo fugaz de Lucius y él, bebiendo en una noche cualquiera, apareció sin aviso. Severus lo borró de inmediato. No tenía intenciones de ponerse melancólico, y mucho menos con Barty. 

Tomó su trago en silencio, resignado.

Barty, por supuesto, no tenía la menor intención de permitirle disfrutar de ese silencio. 

"Siempre tan amargado, Snape. Me sorprende que no te hayan tallado en piedra y dejado como estatua en la entrada de Hogwarts.” 

Severus lo miró sin mucho humor antes de llevarse la copa a los labios. "Quizá lo hagan cuando muera. Será un alivio para todos." 

Barty soltó una carcajada. "Merlín, qué deprimente. Ni siquiera hemos llegado al tercer trago y ya estás filosofando sobre tu muerte." 

Severus rodó los ojos y bebió sin responder. Sabía que discutir con Barty era tan inútil como intentar contener la primavera misma. La conversación siguió un rumbo errático, llena de bromas mordaces y comentarios afilados que, con el paso de los minutos y el efecto del alcohol, fueron perdiendo su filo. La tensión en sus hombros se disipó poco a poco, y cuando menos lo notó, su ceño no estaba tan fruncido. 

Fue entonces cuando Barty cambió el rumbo de la conversación. 

"Por cierto, ¿vas a la boda de Lucius y Narcissa?" 

El comentario le cayó como un mal trago de whisky. 

"Mis padres creen que será el evento del año," continuó Barty, apoyando un codo en la mesa. "Puro linaje sagrado, pura belleza y elegancia. La sociedad mágica hecha carne.” Le dio un sorbo a su bebida y luego añadió, con tono casual: “Supongo que te invitaron.” 

Severus soltó una risa seca. El alcohol le dio el valor que la sobriedad le habría negado. 

“No tengo ningún negocio ahí. Y si no fui invitado, fue por una buena razón.” 

Barty lo observó con curiosidad, girando su vaso entre los dedos. "Bueno, ¿y si te hubieran invitado?" 

Severus no respondió. Sus ojos oscuros se perdieron en el líquido ámbar de su copa. A veces, cuando estaba solo, cuando el silencio no tenía piedad, su mente jugaba con las posibilidades. No realmente con esa pregunta, sino con otro tipo de preguntas.

¿Qué habría pasado si se hubiera quedado en la mansión Malfoy? ¿Sería solo el amante de Lucius, un secreto bien guardado entre las paredes de mármol? ¿Viviría ahí hasta que su propia existencia se volviera irrelevante? ¿Observaría a los hijos de Lucius crecer, mientras él seguía siendo solo una sombra en su vida, un placer fugaz entre sus deberes matrimoniales? 

No había respuesta que le satisficiera. No le agradaba cómo terminó todo, pero tampoco podía imaginarse atrapado en un papel ornamental, usado y olvidado según la conveniencia de Lucius. 

Barty lo sacó de sus pensamientos con una sonrisa torcida. “Tal vez solo olvidó enviarte la invitación. Aunque sería raro, después de todo lo que fueron. Siempre juntos en Hogwarts, luego viviendo bajo el mismo techo…” Hizo una pausa dramática antes de añadir: “Si no tienes una, ven conmigo. No quiero ir solo, y seguro será un fastidio si no tengo con quién reírme de los pomposos discursos.” 

Severus bajó la mirada a su vaso. Observó cómo el alcohol creaba ondas suaves, reflejando luces doradas y ámbar en la superficie. 

“Lo pensaré.” 

Barty no insistió. La conversación fluyó hacia otros temas, más ligeros, más fáciles de tragar con el whisky. Y así, entre copas y palabras sin importancia, la primavera siguió su curso, rápida e inevitable. 

La primavera pasó rápidamente, como siempre lo hacía. 

Los días se alargaron sin pedir permiso, las flores brotaron y se marchitaron en un suspiro, y Severus apenas tuvo tiempo de notarlo. Su vida avanzaba en un ritmo mecánico, entre pociones, libros y sus propios pensamientos. Sin embargo, en las noches en que el silencio se volvía insoportable, su mente regresaba a aquel bar, a la conversación con Barty, al roce del vaso entre sus dedos, a la amargura del alcohol quemándole la garganta. 

No era que el recuerdo le doliera, al menos, eso se repetía, pero sí lo dejaba con una sensación extraña, como si algo se hubiera roto y no supiera si era para bien o para mal. 

Tal vez la verdadera herida no era la ausencia de Lucius, sino la costumbre de aferrarse a un pasado que nunca cambiaría. 

El tiempo pasó con la indiferencia de quien no espera a nadie. Y Severus, sin siquiera darse cuenta, dejó de preguntarse qué habría sido de él si hubiera elegido otro camino. 

Lucius nunca volvería.  Y estaba bien con eso.

 

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Verano

 

El verano siempre había sido un fuego abrasador, un sol despiadado que consumía la piel y dejaba tras de sí un rastro de cenizas. Para Severus, era la estación del fulgor implacable, del calor que envolvía el cuerpo y derretía lo que aún quedara en pie. Ese verano, sin embargo, ardía de una manera distinta, con un fuego que no provenía del sol ni de la fragua, sino de algo más profundo, más antiguo. 

Por eso, cuando Barty volvió a extender la  invitación, con esa sonrisa burlona y ojos brillantes de curiosidad, esta vez, Severus dijo que sí. No porque esperara algo, no porque creyera que encontraría respuestas en el altar donde Lucius pronunciaría sus votos, sino porque necesitaba ver el final con sus propios ojos. 

El día de la boda, el cielo era una burla: despejado, vasto, radiante. No había nubes que atenuaran el resplandor, ningún resquicio de sombra donde pudiera ocultarse de lo inevitable. Severus se quedó en la distancia, entre los asistentes que observaban con admiración el enlace de dos linajes perfectos. Allí estaba Narcissa, impecable, etérea, con una sonrisa feliz, que solo alguien realmente contenta por su boda podía transmitir. Y allí estaba Lucius, con la mandíbula tensa y los ojos serenos, con la expresión de quien sabe que el destino ya ha hablado y no queda más que seguir el guion. 

El sol lo iluminaba todo con una crueldad exquisita, revelando cada detalle con la precisión de un bisturí. No había sombras donde esconderse, no había excusas que disfrazaran la verdad. 

Lucius no lo miró. Ni una sola vez. 

Pero Severus lo sabía. Sabía que, detrás de esa máscara de compostura, Lucius estaba sufriendo. No por amor, no por nostalgia, sino porque entendía, igual que él, que nunca volvería a ser el mismo. Que a partir de ese momento quedaría atrapado en una rutina de deberes, de apariencias, de noches frías en una cama demasiado grande. Y jamás tendría el valor de romperla. 

Y así fue. Porque ninguno de los dos hizo nada. Ninguno luchó.

El amor más grande de sus vidas se desvaneció sin una palabra, sin una batalla, solo con el calor implacable del verano marcando el final. Severus lo sintió en la piel, en los huesos, en el aire pesado que lo envolvía mientras el aplauso de los invitados sellaba el destino de Lucius Malfoy. 

Era un recuerdo que jamás podría olvidar.

 

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Eclipse

 

Las estaciones siguen su curso, indiferentes al sufrimiento humano, ajenas a los recuerdos que impregnan el aire con su propio peso. El invierno pasó y, con él, la frialdad de una despedida que nunca se pronunció. La primavera llegó como un susurro, trayendo consigo la falsa promesa de un renacimiento. Ahora, cuando el calor del verano se instala en la tierra, Severus recuerda. 

El verano ya no es su refugio. Antes, la calidez le ofrecía una tregua, un respiro entre las sombras de su existencia. Pero ahora, el sol ardiente solo le recuerda lo que perdió. Cada estación trae consigo un recuerdo imborrable: el invierno fue la despedida, la primavera la aceptación, y el verano, su última oportunidad de olvidar… pero falló. 

Porque el verano fue de Lucius. Fue el resplandor dorado de su cabello reflejando la luz del sol, las tardes ociosas entre murmullos secretos, las noches donde el calor no solo venía de la estación, sino del roce de sus cuerpos, de la intensidad de lo no dicho. Pero todo eso terminó. Y el verano, su única tregua, terminó por romperle el alma. 

Severus cierra los ojos y respira. Ha aprendido a no luchar contra los recuerdos, a dejar que vengan como las estaciones mismas: ineludibles, efímeros, siempre cambiantes. 

Aunque doliera, Severus se alegraba de no olvidar las estaciones. Porque sin importar que pasara, en cada una vivirán momentos que compartió con personas. Y eso, sin duda, son recuerdos memorables.

Las estaciones seguirán avanzando, girando en su eterno ciclo, pero Severus no será el mismo. Algo ha cambiado en él, un nuevo comienzo se asoma en el horizonte. 

El eclipse está por llegar. 

Porque, así como las estaciones, también existen momentos donde la luz y la sombra se encuentran, donde el pasado y el futuro se tocan por un breve instante. Y Severus, que ha vivido demasiado tiempo entre sombras, comprende que quizás, después de la oscuridad, siempre hay espacio para una nueva luz.

 

 

FIN

 

 

Notes:

Buenooo esto solo fue una pequeña historia que quise crear jaja, porque me gusta explorar con distintas parejas. Y aunque adore la pareja de Lucius y Severus, tenía muchas ganas de crear algo sin final feliz. Algunas de las parejas que tenía en mente eran el Drarry y el Blaron (Blaise y Ron) porque así como esta pareja de Lucius y Severus, puedes crear algo trágico debido a su historia en el canon jaja

Pero bueno, hablando un poco de la historia. Elegí las estaciones para contar esta trágica historia porque marcan el paso del tiempo, pero también de los sentimientos. El amor de Severus y Lucius fue así: ardió con la primavera, se volvió insoportable en el verano, se marchitó en otoño y quedó enterrado en el invierno. Elegí a Severus porque es mi elegido para todo lo que escribo jaja y porque siempre ha sido un hombre atrapado en el pasado, aferrado a lo que no pudo ser. Pero aquí, al menos, le doy la oportunidad de cerrar un ciclo.

El eclipse es el final inevitable, la sombra que cubre lo que alguna vez brilló. No es una batalla ni un desenlace dramático, solo un instante de oscuridad que deja en claro que lo suyo, por más intenso que fue, nunca podría haber durado.

En fin, fue lindo y me divertí, seguiré creando historias de un solo capítulo aunque no tengan mucho reflector. Gracias por llegar hasta aquí, siempre agradeceré que lean lo que escribo.

Adiós, los tqm!!